Los múltiples paisajes literarios de Tokio (parte 1 de 2)

Desde la ciudad de los samuráis a los jardines de la nobleza

 

Original por Anna Sherman

Traducción por Carolina Damián

 

Los extranjeros inventaron el lugar en que se convirtió Tokio.

En antiguos poemas y cuentos, los aristócratas de Kioto siempre plasmaron las regiones occidentales como incivilizadas y desoladas tierras baldías. Al principio las historias fueron ciertas: en el tardío siglo XVI, Edo (como Tokio fue conocido hasta 1868) fue un conjunto de solo unos pocos cientos de casas, “un pueblo rezagado, apenas poco más que una villa”. Detrás de él se encontraba la llanura de Kantō, “donde la Luna se elevó y descendió sobre el pasto, sin ningún pico tras el cual esconderse detrás nunca”.

Pero la región fue cambiando. En 1950, el gran señor Ieyasu Tokugawa intercambió sus tierras ancestrales en el Japón occidental por ocho provincias en el este y gobernó esos territorios desde el castillo Edo. Después de ganar la batalla de Sekigahara en 1603, Ieyasu se convirtió en sogún y gobernó no solamente la llanura de Kantō, sino todo Japón. A pesar de que Kioto permaneció como la capital hasta 1868, Edo fue el centro del poder Tokugawa.

La Gran Paz había comenzado y los austeros versos de la era medieval de los Reinos Combatientes dieron paso a una poesía de languidez, a historias de fantasmas y vendettas samurái del teatro kabuki. Un tema constante fue la fragilidad de la existencia, pues terremotos, inundaciones e incendios habían borrado la ciudad una y otra vez. Aún en el siglo XXI, ese sentido de fragilidad se mantiene, aunque ahora el desarrollo inmobiliario, más que los desastres naturales, es lo que altera el paisaje. Muchos de los vecindarios que vi por primera vez en 2001, se han transformado de tal forma que son apenas reconocibles.

Pero el Tokio al que una vez me mudé, y otros Tokios a los cuales llegué demasiado tarde para conocer, todavía existen en la rica y compleja literatura de la ciudad. Cuando me siento nostálgica de Tokio, regreso a sus libros. Kafū Nagai sobre la ribera este del río Sumida antes del terremoto de 1923, la vista nostálgica de Yukio Mishima sobre la Bella Época del temprano siglo XX, las novelas elegantes de Yasunari Kawabata escritas cuando Estados Unidos ocupó Japón. Y otros Tokios que aún no he visto, como la Isla de los Sueños de Hideo Furukawa, hecha de residuos compactados, o uno de los paisajes de Murakami, con sus lotes baldíos, sus callejones bloqueados, sus antiguos pozos secos.

Puedo ir hacia adelante y puedo volver. En los libros nada se pierde.

I. SENGOKUHARA: LA LLANURA DE LOS PASTIZALES

El día de hoy, a vista de pájaro desde uno de los teleféricos del Monte Takao o desde el mirador de la torre Tokio SkyTree, Tokio y la llanura circundante revelan oleadas de edificios de concreto, carreteras de asfalto, semáforos y postes de luz. Hideo Furukawa, en su novela Slow Boat, señala ocurrentemente: “¿Hasta dónde llega Tokio? Tras dos horas de viaje en tren desde casa, ¿todavía estoy en Tokio?”.

La ciudad y su expansión urbana son tan vastas que las calles y los edificios se borran y desaparecen en el infinito. Como David Spafford escribió una vez, es un acto de voluntad imaginar cómo la llanura Kanto, alguna vez llamada “Musashino”, habría lucido antes de mediados del siglo XVII. Sus poco profundos valles y deltas fueron salvajes, tranquilos, despoblados: el espacio donde ahora está Tokio fue campo tras campo de pastos ondulantes. Cartas medievales y crónicas describen la llanura como un lugar de entrada y de fronteras fluctuantes. Cada viaje fue un cruce.

En una famosa historia, dos enamorados fugitivos se escapan a una gruesa barrera de pampas. Cuando los hombres que los persiguen prenden fuego al campo, la muchacha grita (en verso perfecto, por supuesto): “¡No abrasen Musashino hoy!/Como pasto tierno/Mi esposo se está escondiendo aquí./ Me estoy escondiendo aquí.” El viajero del siglo XXI que quiera experimentar este paisaje prístino de poemas antiguos, lo encontrará en Sengokuhara, al noroeste de la ciudad.

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II. JARDINES DE LA NOBLEZA

Los más brillantes maestros de la ceremonia del té, artistas y filósofos de Japón diseñaron paisajes de fantasía a lo largo de Edo, como fue conocido Tokio hasta 1868. Algunos de estos jardines –pertenecientes a templos y a la nobleza– eran vastos y existían junto a casi un millar de pequeños jardines de paseo. Los visitantes europeos del siglo XIX amaban la miríada de espacios verdes en la ciudad, a pesar de que varios estaban desatendidos y en ruinas después de que el último sogún dejó Edo. El diplomático británico Ernest Satow destacó tales jardines con especial elogio, remarcando que habían ayudado a hacer de Tokio “una de las ciudades más magníficas del Lejano Oriente”.

Yukio Mishima, en su tetralogía El mar de la fertilidad, describe la belleza de una de las grandes propiedades de Tokio. En su primer volumen (Nieve de primavera), su jardín es vasto, con colinas de arces que se reflejan en un gran lago, bosquecillos de olmos, cascadas y zigzagueantes puentes de piedra. Caballos desbocados describe el declive de la propiedad en la década de 1920 y cómo sus terrenos son divididos en pequeños lotes, su lago es rellenado y la colina es nivelada. En El templo del alba, la casa se incendia con los bombardeos de 1945, pero la extensión carbonizada revela extrañamente la grandeza original: “La propiedad había sido restaurada tras el despiadado e imparcialmente destructivo bombardeo”, recuperándose después de los incendios hasta alcanzar “el gran nivel de los días pasados”. El último libro de la tetralogía, La decadencia de un ángel, refleja la propia experiencia de Mishima en el Tokio de los sesentas: un paisaje de agitación civil y edificios prefabricados. Hoteles del amor se apiñan sobre el lago rellenado del jardín, su montaña, sus bosquecillos nivelados. Los paisajes llegan para representar la visión de Mishima sobre Japón mismo: El clásico y elegante jardín es un declive… Las sombras se juntan. La luz muere.

Mishima finaliza El mar de la fertilidad en el patio de un templo: “Más allá de la veranda ardía el verde de un pequeño jardín de té, avivado por cigarras. Un batir de alas pareció casi golpear el muro. Un gorrión salía y entraba desde la galería, su sombra oscilaba sobre los muros blancos”.

Mishima fue a menudo un escritor ácido, cínico, pero este pasaje final de su tetralogía es generoso: para aquellos dispuestos a buscarlos, pequeños paraísos aún existen. En el norte de Tokio, Rikugi-en preserva la atmósfera que Mishima evocó en Nieve de primavera: su nombre significa “Jardín de los Seis Principios” y se refiere a las reglas que gobiernan la poesía china clásica. Ocultas dentro del laberinto de veredas hay alusiones a versos famosos, bromas privadas para los cultos. Mishima habría conocido todos estos poemas e incluso podría haber añadido los suyos.

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