¿Y si mi destino no era ser novelista?

Aaron Shulman al darse cuenta que lo que más quería en el mundo tal vez no era para él

 

Original por Aaron Shulman

Traducción por Montserrat Tavitas

 

Desde los 17 años de edad, hasta que cumplí 33, mi vida giraba en torno a una principal y, según parece, gran obsesión: la ficción, leer, escribir y creer en ella como una religión.

Después de terminar la universidad, lo que más quería en la vida, lo que quemaba en mi pecho un hoyo doloroso y agradable cada día al despertar, era terminar una novela. Sabía que hasta que no cumpliera esta meta, me llenaría de un inextinguible e inquieto anhelo. Entonces, en retrospectiva, a lo que ahora parece una impactante falta de reflexión, sacrifiqué muchas cosas en su búsqueda: seguridad financiera, un estado claro en mi carrera profesional y cualquier tipo de plan considerado a largo plazo. ¿Por qué lo haría de otra forma? Tenía un plan a largo plazo: terminar mi novela y después todo lo demás se acomodaría por sí solo como es debido. (En la continua entrevista de trabajo que es la vida, he aprendido que mi mayor fortaleza, es de hecho, mi mayor debilidad: el optimismo patológico).

Pese a que no lo sabía en ese momento, ahora veo que me encontraba en el comienzo de la embestida devocional que es la vida literaria. No tenía ningún modelo confiable para construir una, solo mi devoradora necesidad para mantener ocupada la cámara liminal entre mi mente y las palabras que salen de ella. Estaba muy seguro de que mi visión sobre vivir de lo literario llegaría al éxito.

¿Qué era el éxito para mí? Primero: una brillante novela. Segundo: su publicación, por supuesto.

Días antes de cumplir los 30, después de terminar la maestría en bellas artes, extender una beca decente de un año a dos años y luego gastar mis ahorros y mis escasos ingresos como freelancer, completé por fin mi borrador. Me había costado tres años (sin contar los cinco años de intentos fallidos con otras novelas) de soledad reglamentada que era estimulante y agotadora, de un torrencial autodesprecio cuando no era productivo y de estar demasiado tiempo sentado.

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El producto fueron unas esbeltas… 600 páginas, estaba seguro de que había estado destruyendo a mi tesoro sin piedad al recortarlo hasta este punto.  La compleja narrativa y los ricos personajes que había creado, sin importar las cosas importantes y artísticas que tenía que decir, requerían —no, exigían— dimensiones maximalistas. En retrospectiva, veo que era víctima del paradigma creativo del que habla Ira Glass: la complejidad de mi gusto sobrepasó por mucho mi capacidad de crear por mí mismo obras de calidad. No obstante, aún recuerdo el día empapado de alegría. A pesar de mi naturaleza panglossiana, todos esos años algo en mí había dudado que llegaría al final, que a pesar de las abundantes pruebas de que muchas personas terminaban novelas, persistía la sospecha de que yo no sería uno de ellos.  Sin embargo, lo hice. Esa noche fui a un abarrotado bar con amigos, mareado de euforia. Me sentía como un globo lleno de helio danzando contra el techo.

Mi éxito, sin embargo, terminó siendo el inicio de mi fracaso, la primera agonía de un sueño. Después de todo, si no terminas una novela, te salvas de saber si siquiera es buena o si alguien quiere publicarla. A menos que termines, no puedes fracasar de verdad.

Me las arreglé para conseguir un agente lo antes posible que, tan pronto como ella me firmó, de aquí en adelante cesó casi todo contacto. Después de un año despedí a la agente, seguro de que ahora encontraría al partidario correcto para el libro en el que había puesto mis veintes. Excepto que no lo hice. A lo largo de los próximos dos años revisé y corté poco a poco más de 250 páginas, extraje más de dos docenas de solicitudes de agentes para diferentes versiones del manuscrito, pero cada una de ellas rechazó mi novela. La banalidad de mi situación era destripadora: no había nada excepcional en mi fracaso, solo era otro supuesto novelista con un libro mediocre. Esto contradecía la narrativa que me había estado diciendo por mucho tiempo, la cual se reveló como otra ficción que no había podido manifestar de manera convincente.

¿Había gastado años de mi vida en una ilusión? Aunque siempre me dije a mí mismo que el proceso era la razón por la que escribía, no el resultado final, ahora me topé de narices con la verdad: sentí que todo mi trabajo no tendría sentido si no se publicaba de la manera que lo había imaginado. La ficción se crea en el vientre ilimitado de la mente, pero la idea de que permanezca ahí me hacía sentir como un niño atrapado en su fantasiosa imaginación.

En un giro inesperado de suerte, mientras mi novela hacía su gira de rechazos de los agentes, aterricé en el campo de la escritura colaborativa. En mi caso, ha significado escribir para otros y otras veces en asesoramiento editorial, pero la mayoría de las veces algo intermedio. Y resultó que era muy bueno en eso. Para mi primera salida en este nuevo campo escribí una propuesta para un científico que vendió en un importante acuerdo, y después escribí el libro con él. Terminaría escribiendo otro libro con otro científico, luego otro y otro.

En algún punto del camino, después de que los últimos rechazos disminuyeran y parecía que debería de hacer otra revisión de mi novela (si de hecho lo tenía en mí), colapsé en lágrimas en la cama. Mi esposa me consoló. Ella ya había pasado por esto antes conmigo cuando abandoné la tesis de la maestría para reiniciar mi novela. Esta vez, sin embargo, era diferente. No era sobre si un proyecto era digno, era sobre si yo era digno. Todo lo que siempre quise fue escribir mi propio libro, y aunque había encontrado una profesión que pagara las facturas, era lo contrario a mis sueños: tenía éxito escribiendo los libros de otros en lugar de los míos.

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¿Era esto una vida literaria? Tal vez en el mundo actual de la escritura y estaba agradecido de poder ganarme la vida, pero no era la que yo quería. Me había entregado por completo a mi identidad como novelista que no tenía mucho con que apoyar mi sentido de identidad cuando esa identificación hizo corto circuito. Mi futuro como escritor se veía como una desolada hoja en blanco. Entonces, en la primavera de mis 33 años (en la edad de Cristo, durante la cual, en lugar de tener ambiciones mesiánicas, esperaba resucitar mis sueños de publicar un libro) tuve una idea.

Era 2015 y tres años antes había escrito un ensayo para The Believer sobre El Desencanto, un documental de culto español que se estrenó en 1976.  Era acerca de una excéntrica y atormentada familia de escritores, los Panero. El padre, Leopoldo Panero, había sido celebrado como poeta por el régimen franquista. Su esposa, Felicidad Blanc, vio aplastados sus sueños de escritora por el sometimiento al ser la musa de su esposo. Sus tres hijos, Juan Luis, Leopoldo María y Michi, se convirtieron en escritores al crecer, cada uno obsesionado con el legado literario familiar y su lugar dentro del mismo.

La cinta se hizo una década después de la muerte de Leopoldo Panero y se lanzó el año siguiente a la muerte de Franco, cuando España se encontraba en medio de una frágil transición hacia la democracia.  Frente a la cámara, los tres hijos y su madre utilizaron sus recuerdos para derribar la fachada de su familia, y así deconstruir la sagrada institución de la familia como una unidad en España. El documental convirtió a los desconocidos Panero en leyendas nacionales.

Me obsesioné con la familia Panero, más que nada, porque ellos estaban tan obsesionados de vivir de la literatura, parecían que valoraban más la literatura que la vida o creían que todas las experiencias deben surgir del arte, en lugar de lo contrario. Todo lo que hicieron y dijeron lo enmarcaron dentro de la literatura, desde la forma en que se explicaban, al invocar a Borges, Hemingway y Artaud, por ejemplo, hasta la manera en que explicaban a su familia, como una saga novelesca en decadencia. Si había tomado la literatura un poco demasiado literal al pensar que todo lo que necesitaba para tener una vida plena y valiosa era ser escritor y publicar mis novelas como mis héroes, los Panero me habían superado por mucho en este aspecto. Vi reflejos de mí mismo en ellos.

Ahora que ya estaba un poco educado en el ámbito de la edición de la no ficción gracias a mi escritura colaborativa, se me ocurrió que podría escribir una historia biográfica de la familia. No era mi novela y nunca me había considerado escritor de no ficción (aunque hubiera disfrutado hacer de manera ocasional artículos para revistas), pero permanecía apasionadamente interesado en la familia desde que escribí el ensayo sobre ellos. ¿Por qué no darle una oportunidad?, pensé. Pasé seis semanas en España investigando archivos y realizando entrevistas, y me puse a trabajar.

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Cuando escribí la propuesta para un libro sobre los Panero me di cuenta de que no había disfrutado tanto el trabajo desde que había completado mi primer borrador de mi novela de 600 páginas. Temprano cada mañana me sentaba en mi escritorio por una o dos horas antes de volver al libro colaborativo con el que tenía un contrato, y los resúmenes de los capítulos parecían como si ya hubieran estado escritos. Cuando consultaba a agentes en otoño, tenía varios de donde elegir y dos meses después encontré a la editora y editorial perfectas.

Este inesperado giro de eventos donde fui del “fracaso” al “éxito” podría resultar molesto. No trato de ser falsamente modesto al hacerme menos para luego levantarme a mí mismo, o mi historia se leería como un prefacio a agradables trivialidades sobre la persistencia con las que ahora los colmaré. Sí, me mantuve en ello, me negué a darme por vencido a crear una vida literaria, pasé tres alegres e intensos años escribiendo mi libro sobre los Panero y ahora un libro con mi nombre está por fin en el mundo. Pero no es ahí donde mis pensamientos aterrizan cuando vuelvo a andar por todo este terreno sobre mi historia de tratar de hacer la escritura una forma de vida. Aún me asusta el conocimiento que tomé de todas estas experiencias, y ese conocimiento es: lo que más amas podría no ser lo que mejor sabes hacer. Y no darse cuenta puede causar estragos.

Amaba la ficción como si fuera una persona y al fracasar en mi novela fue como tener el corazón roto. Tal vez fallé porque elegí la historia incorrecta para contar o porque me comprometí a una estructura en la que no tenía las habilidades para poder sacarla adelante, o porque necesitaba madurar más emocionalmente antes de saber cómo habitar la vida interna de mis personajes. Seguro que estos factores influyeron, sin embargo, sospecho que la verdadera razón es que simplemente no era el escritor que soñaba ser y me encontraba tan deliberadamente ciego a este hecho que por poco echo a perder lo que más quería en la vida: una vida literaria. Solo porque la ficción me haya hecho enamorarme de los libros no significa que mi vida en los libros involucraría la ficción. Y solo porque tuviera la fuerza de voluntad y la pasión para entregarme tan de lleno a terminar mi novela no significa que esos artículos ocasionales en las revistas no salieran mejor que mi ficción. Mi enfoque inquebrantable en mi novela fue de hecho una falta de visión, y el hecho de que fallé al conocerme en algo tan crucial para hacer mis mejores años sobre la Tierra sobrepasó cualquier defecto artístico. Es un error personal, uno inocente y perdonable, pero también una magnífica derrota.

Pero, de acuerdo, un poco de ánimo se cuela por aquí al final. Llegué a amar el escribir no ficción y lo disfruto más de lo que disfrutaba escribir ficción. Me permite tomar mi deseo, como Panero, para visualizar la vida como si fuera literatura, pero lo aplico en el contar y formar las historias ya existentes, en lugar de las que yo invento. Ahora mi vida literaria consiste en encontrar la literatura en la vida real, lo cual me obliga a estar fuera en el mundo, escuchar a otros y perseguir documentos. Hacerlo me hace feliz, como lo hace el leer no ficción, lo cual parece que es lo único que hago estos días. Sin embargo, cada vez que leo una novela siento un anhelo por regresar a la ficción.

Por ahora, en cambio, tengo mucho miedo. Hay una dolorosa y convincente narrativa en mi cabeza que es una imagen algo negativa que el joven optimista patológico me decía. Dice que no debería molestarme en probar con la novela otra vez, que mis fortalezas terminan con la no ficción y mis debilidades empiezan con la ficción. Sé que es probable que no sea tan simple y, además, aprendí mucho al escribir sobre los Panero que esta vez podría estar a la altura de la labor de la ficción. Sin embargo, después de haber arriesgado demasiado una vez, tengo miedo de hacerlo de nuevo. Aprendí que mi vida no era como una novela a la que podía dar forma. Era pura no ficción, lo cual significa que debo adaptarme a lo que me toca en lugar de crear un nuevo lienzo. Y así… hace poco imprimí el último borrador de mi novela y planeé releerlo pronto después de no haberlo visto por más de tres años. Tal vez lo revise otra vez, tal vez no. Y ojalá no sienta que los años que trabajé en ella fueran en vano.

 


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