“Tarantela” (fragmento)

Ediciones Antílope comparte con nosotros un fragmento de Tarantela, la nueva novela de la dibujante, escritora y editora Abril Castillo.

 

RÍOS DE PIEDRA

Tengo cuatro años y se hace tarde para salir. Mi mamá nos da jugo de mandarina y nos dice a mi hermano y a mí que nos lo tomemos rápido, pero el jugo no está colado y yo trato de escupir las semillas. No hay tiempo, me dice, trágatelas, no pasa nada. Y me acabo el jugo y me como todas las semillas.

      Tengo cinco años y vamos en carretera. Mi mamá saca unas mandarinas y me pasa una. Me divierto quitándole la cáscara mien­tras coloco cuidadosa los pelitos en mi muslo. Es lo único que no me como. Cuando me termino la mandarina, mi mamá voltea para tomar la basura y me pregunta por las semillas. ¿Dónde dejaste las semillas?, me dice preocupada. Me las comí, le contesto. Mueve la mirada de mi muslo a mis ojos y me dice que las semillas no se tra­gan. ¿Qué me va a pasar? Suspira y se voltea a ver con mi papá, que maneja. Me mira de nuevo y me asegura que, no siempre pasa, pero podría crecerme un árbol en la panza. Espero paciente todo el día. Si para la noche no me ha atravesado una rama la garganta, expul­saré la semilla y seguiré viva otro día, al día siguiente, y otros más después de eso. Y si eso ocurre, no volveré a comer semillas.

 

Los pies me colgaban aunque tenía las piernas totalmente estiradas. El tío Guillermo me dio una galleta y seguimos esperando en ese pasillo largo con luces blancas. Batas blancas. Piso blanco. Paredes blancas. Cristales que separan los cuartos. No alcanzaba a ver qué había del otro lado, pero la gente se asomaba. No, no quería galleta. Me di cuenta cuando ya la había mordido y sólo la escupí. Guillermo dijo que me la comiera. Lloré. Dejó de insistir. Salió un hombre con bata azul, con la cabeza y la boca cubiertas. Sonrió. No lo supe por su boca, porque no la veía, sino por sus ojos. Eran los ojos de mi papá. Era su voz cuando dijo que Lucas estaba mejor. Guillermo me cargó y a través del cristal vi una pecera con alguien más pequeño que yo. La persona más pequeña que jamás había visto. Vi un pie, quizá era una mano. Vi tubos que salían de su nariz. Su boca clausu­rada. Vi luces falsas y un movimiento muy leve. No vi completa su cara. No alcancé a ver sus ojos. No existían trajes azules de mi tama­ño. O eso me explicó mi tío cuando traté de seguir a mi papá y la puerta se cerró en mi cara.

      Me ofreció otra galleta y esta vez me la comí.

     ¿Cómo se vería la boca de Lucas sin esos tubos?, imaginaba. ¿Y sus ojos, cuando los abra?

 

Mi hermano nació enfermo. No lo había visto, pero ya sabía que se llamaba Lucas. Mi mamá me había dado una muñeca que se llama­ba Lucas también y tenía unos ojos muy bonitos que se le cerraban al acostarla. No había visto a mi mamá tampoco. Guillermo me cui­dó mientras tanto.

      El tío Guillermo tenía muchos animales en su casa. Pájaros, un perrito de la pradera y un oso enorme en las escaleras. Mi papá me dijo que Guillermo los había matado. Mi mamá, que los había caza­do. Todos estaban muertos. Cuando iba a su casa, no podía dejar de ver al oso con el gran hocico abierto y los ojos de canica. Si no hu­biera estado tan alto, habría intentado tocar esos ojos que miraban siempre sin ver nada.

      Como en el súper, en donde me detenía a ver los pescados mientras mi mamá le pedía algo al encargado. Aprendí que pez es cuando está vivo, pescado cuando está muerto. Pez cuando nada, pescado cuando lo sacan del agua. Pescado lo que te comes. ¿Qué palabra se usa para un humano muerto? Tocaba los ojos de los pes­cados. Tocaba su cuerpo frío. Mojados, no sabía si por el hielo en el que los acuestan o porque son ellos mismos de agua. Sus escamas de colores, delicadas, fáciles de quebrar cuando se secan. Apenas rozaba con mi dedo sus cuerpos quietos. Sus diminutos dientes y su boca abierta, igual que la del oso.

      Nunca vi un humano muerto.

 

¿Quieres conocer a tu hermano?

      Mi papá me cargó y juntos recorrimos ese frío camino de mi recámara a su cuarto. Ahí había una cuna blanca con un velo que caía desde el techo, que brillaba solo. No sabía dónde estaba mi mamá, no la había visto en semanas. Mi papá me puso en el piso, como si fuera un pez que dejaba en el río, y con cuidado me acer­qué, sintiendo que lo que estaba a punto de ver iba a cambiarlo todo, después de una larga espera.

      Sólo veía cobijas enredadas, sombras grises entre mantos blan­cos. Noté una mano, pero me dio miedo tocar a mi hermano.

      Después vi una nariz, bajo un gorro que terminó por caerse. Lucas abrió los ojos y me encontré con una mirada frágil que me contaba sin palabras que nacer era tan difícil como morir. Tomé su mano y dejó de preocuparme no ver a mi mamá, porque podía sen­tirla cerca. Y entendí que esa fragilidad ante la que estaba era la felicidad y la muerte, que son una y la misma cosa.

 


“En mi familia hay una maldición.

Porque mi tío se murió por tener el mismo nombre que su tío.

Que también se murió.

A la misma edad.

Pero también hay lo contrario a una maldición.

Una coincidencia.”

 


ABRIL CASTILLO (Morelia, 1984) es curadora, dibujante, escritora y editora. Da clases de escritura para dibujantes y de dibujo para escritores, y cree que ahí en medio habita la ilustración. Le gusta leer en los trayectos y dibujar en libretas. Si fuera un medio de transporte, sería un tren. Dirige su sello editorial independiente, Alacraña. Ha publicado los libros de dibujo: Las mujeres de mi vidaChet Sobremesa. Es socia del estudio Panamá. Tarantela es su primera novela.