Sobre la urgencia universal de la literatura inmigrante (parte 2 de 2)

Texto original de Christopher Castellani || Traducción de Roberto Lozano Mansilla

 

Segunda parte

El punto de salida de la patria de mis padres no fue un pueblo con puerto, sino un hogar. Ellos no salieron de Italia en un barco de la bahía de Nápoles; ellos salieron de Italia en el momento en que se desenredaron de los brazos de sus madres en los umbrales de las casas de piedra de Sant’Elpidio, la pequeña villa en la cual ambos nacieron y donde esperaban pasar sus vidas enteras. Mis padres no escaparon por dificultad, ellos escaparon de lo predecible, la tradición y la seguridad. Al hacer esto, ellos escaparon de sus familias, la principal fuente de sus identidades, lo que significó abandonarse a sí mismos y al futuro que habían estado imaginando toda su vida.

Este abandono causó dolor y miedo inmensurables, y es importante notar que ni si quiera este miedo, o la incertidumbre de sobrevivir, fue suficiente para detenerlos de irse. Así es de inexorable e intensa la fuerza y empuje del inmigrante que, cuando ha dejado atrás la estabilidad y seguridad por la promesa de un mejor lugar, también dejara atrás la razón.

«Un personaje debe querer y querer intensamente», va otro viejo dicho del taller de escritura, este se le atribuye a Janet Burroway. No hay historia sin deseo, y sin un obstáculo a ese deseo. Aquí, de nuevo, un clásico elemento de la narrativa esta incrustado en el tropo de la literatura inmigrante, ese imparable e improbable deseo, el que lanza al personaje en una aventura sin el beneficio de la razón o seguridad. Este deseo es particularmente potente, claro está, que cuando el inmigrante no está dejando atrás la seguridad o la estabilidad, sino la persecución o la pobreza, entonces se convierte menos en un deseo que una petición de una fuerza vital, un instinto innato a sobrevivir. Y desde este instinto nacen grandes historias.

Todos crecimos con un influjo constante de estas historias; sobre nuestros padres y familias, sobre las infancias que hemos olvidado, sobre nuestros barrios y países; y son las historias mismas, tanto como o aún más de lo que hemos vivido y podemos recordar, las cuales han definido nuestra identidad, nuestra visión del mundo y nuestros valores. Yo argumentaría que basamos nuestras decisiones, incluyendo, de manera importante, nuestros votos, más las historias que hemos internalizado que los hechos que leemos en el periódico. Tal vez por esto los hechos se han vuelto menos convincentes últimamente: las historias que consumimos en las noticias, noticias que están sesgadas a reforzar una sola narrativa, son infinitamente más convincentes para nosotros que las estadísticas, la razón, la teoría, y aún así los precedentes históricos.

old-1130743_960_720.jpg

Podemos ver un hecho en el hecho y decir, «no, eso no es consistente con mi experiencia, entonces yo no lo creo», y olvidar, por un momento crucial, que no fue nuestra experiencia en realidad; fue una historia que leímos o vimos o que nos contó alguien en quien confiamos. Yo no puedo pensar en un solo país que no experimente en la actualidad una crisis de inmigración; a donde quiera que veo, la gente se pregunta, «¿quiénes son estas personas que quieren venir a vivir conmigo y por qué deberían de importarme?» Entre más historias de inmigrantes hay en el mundo, hay más historias de negociaciones culturales y de adaptación y preservación, de resistencia y asimilación, y entre más reflejan e ilustran de manera auténtica la compleja interseccionalidad de la raza, el género, la clase y la identidad sexual, más nos sentiremos como inmigrantes, completos con nuestros propios deseos de salir, explorar e incluso de regresar. Y después, espero, estaremos más informados, emocional y físicamente, sobre nuestras decisiones, nuestros votos y de las historias que transmitimos a otros.

Cuando estaba en primaria, mis dos padres trabajaban en oficios de tiempo completo, mi padre en el departamento de envíos de una panadería comercial, mi madre como una costurera y en las tardes yo quedaba bajo el cuidado de una adolescente negligente que vivía al fondo de la calle. Ella hablaba por teléfono o entretenía a novios, mientras en un cuarto a solas, yo miraba ansiosamente desde mi ventana nuestro auto familiar, cada vez más ansioso de que nunca llegaría, que algo horrible le habría pasado a mi madre y a mi padre, algo que me prohibiría tenerlos junto a mí. El pánico llegaba a su pico acercándose las seis en punto e imaginaba la inevitabilidad de mi vida sin ellos.

Estoy convencido ahora de que mi vida como un escritor inmigrante comenzó ahí, en la ventana del piso de arriba de la casa de la niñera. No el acto físico de poner palabras en papel, pero de la soledad y angustia necesaria para hacerlo, para preservar tiempo en narrativa, para grabar voces e historias, para mantenerlas cerca y protegerlas. De alguna manera, incluso entonces, yo sentía que la única manera de conquistar el tiempo, de tener una maestría sobre él, al menos, cuan más ilusiva sea esa maestría, era a través de la narración. Al recordar de esta manera, no puedo evitar ver un paralelo entre mi madre escuchando la estación de radio italiana en la mesa de la cocina para tener una conexión con su mundo perdido, y yo con mi cara pegada a la ventana de la niñera, rezando que el único mundo que conocía no se perdiera de la misma manera que el de ella.

road-1303617_960_720.jpg

Mis padres cabalgaban su propio guion, una parte de ellos en un lugar lejano y otra de ellos en el mío. Aunque ellos se beneficiaron del privilegio de ser blancos, como yo lo he hecho, ellos se enfrentaron a la discriminación del mundo exterior y en un sentido interno de diferencia y exilio. Ellos eran míos, pero nunca me pertenecieron totalmente; la parte de ellos en ese lugar lejano era y siempre será desconocida para mí, hablando un lenguaje que yo no comprendo. No puedo evitar pensar que cada hijo de inmigrantes nace en este tipo de pérdida, esa pérdida en sí misma está codificada en nuestros genes, que toda historia de inmigrante es una elegía. Porque el hijo de inmigrantes conoce la pérdida como una condición de vida, venimos esperándola y porque sentimos esta pérdida como algo inminente, tendemos a aferrarnos tan fuertemente como sea posible a esas historias con las que crecemos. «Todos los americanos tienen algo solitario en ellos», escribe Ryu Murakami en su novela, In the Miso Soup. «Yo no sé cuál pueda ser la razón, excepto tal vez que todos sean descendientes de inmigrantes».

De acuerdo al autor haitiano-americano Edwidge Danticat: «La idea de esta gran angustia de vivir entre dos mundos ha disminuido en alguna medida para muchos inmigrantes, artistas y no artistas por igual. No porque no haya una dificultad, sino que ya no es la ansiedad más urgente de cada vida de inmigrante. Yo quisiera que nosotros empezáramos a movernos más lejos de estos tropos de hablar a o por, y de solo estar entre dos mundos. Nosotros estamos al mismo tiempo hablándole a todos y a nadie».

Danticat tiene razón, claro está, que el guion no es necesariamente la fuente de la más urgente ansiedad de cada vida de inmigrante; para todos nosotros, nuestra relación con el guion es de grado y a menudo es reemplazada por amenazas reales a nuestra propia existencia en los lugares en que vivimos. Pero donde hay una ansiedad urgente en nuestro trabajo, cuando hay una pregunta de audiencia, o de una voz auténtica, o de escribir para el cambio social, o de las ramificaciones políticas de una pieza particular de arte, entonces depende del guion que cada lector y crítico inevitablemente enfoca. Como artistas, se nos juzga por el éxito con el que hemos negociado e interpretado el guion: la frescura y profundidad que hemos traído a él, los estereotipos que hemos reforzado o desafiado.

 

 

Puedes encontrar la primera parte del texto aquí.

Pueden encontrar el texto original en Lit Hub.