Una perspectiva del cielo: sobre James Turrell y el aislamiento atmosférico

James Tarrell, Arrowhead (2009), Skyspaces

Una perspectiva del cielo: sobre James Turrell y el aislamiento atmosférico

Tobias Carroll escribió sobre la vista, los miradores celestiales y formas de dejar de ser.

 

Traducción de Efrén Ordóñez

 

Vamos a entrar en contexto: hubo un periodo en mis veintipocos cuando el cielo me daba miedo.

Crecí en uno de los suburbios de Nueva Jersey, cerca del campo, bajo cielos repletos de nubes cortados por las ramas de los árboles, pero en la universidad, por entre los corredores enladrillados de la Universidad de Nueva York en Greenwich Village, el conjunto de edificios viejos y nuevos ocluyeron el cielo desde uno y todos los ángulos posibles. De repente, el cielo se había vuelto un ente extraño. Durante una de mis vueltas a casa, justo sobre el puente de Newark Bay, se me apareció un pedazo de cielo por entre las vigas metálicas y me aterrorizó la idea de que aquel azul pudiera absorberme.

Ahora sé que aquello lleva el nombre de casadastrofobia. No es la fobia a que el cielo se nos caiga encima, sino de caer hacia él.

No he vuelto a sentir ese miedo. Terminé la universidad y me quedé a vivir en la ciudad, aunque me mudé a un barrio desde el que podía ver el cielo, sus nubes y franjas grises y azules, ya fuera desde la ventana de un departamento o desde la misma calle. En los días en que trabajaba en lugares que me privaban de la vista del cielo –como los tres años que trabajé en un sótano–, hice lo posible por procurarme mis dosis de cielo: caminatas en los verdes de Prospect Park o un tramo de mi vuelta a casa en el ferry, la vista del cielo y sus nubes sobre los puentes del sur de Manhattan, sobre las aguas libres entre las orillas del río y la línea de la ciudad.

El cielo estaba abierto al público, como las obras de arte en un museo, pero solo yo podía verlo.

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Es un espacio que se presta al silencio. Los tonos neutros de las paredes acentúan la luz natural y, arriba, el cielo. De vez en cuando algún avión cortaba el lienzo y creaba un triángulo implícito en su trayectoria. Las nubes se movían. Aprendí a distinguir las tonalidades de azul, a escuchar los sonidos y también los silencios a mi alrededor. Llegué a sentir la manera en que mi cuerpo reposaba sobre los asientos. Tome consciencia de cosas que de otra forma nunca habría sentido.

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Es difícil explicar el atractivo de los miradores celestiales. Son oblicuos: su valor parte de la experiencia. Aún así, si pienso en amigos y familiares, resulta que muchos de ellos –personas inteligentes, reflexivas– no comprenden el hecho de sentarse en un cuarto oscuro y levantar la vista al cielo.

Pero la suma es más que sus partes; artista o arte.

James Turrell: artista estadounidense; cuáquero; alguna vez opositor de la guerra y encarcelado por ello. En todo el mundo pueden encontrarse los observatorios de Turrell; todos de apariencia distinta, pero bajo el mismo cielo. Me he sentado en varios, aunque en menos de los que quisiera. Algunos son bastante sencillos, otros incluyen algún elemento tecnológico. Lo que comparten es que cuentan con asientos, ya sea en cuadro o formando un círculo, alrededor de un tragaluz. A veces, el mismo diseño del mirador acentúa los azules o grises del cielo; a veces el color o la textura del cielo se mantienen igual, impasible, en espera de nuestra interpretación o proyección. A Turrell quizá lo conozcan mejor por el enorme Roden Crater, obra que lleva décadas en proceso y que quizá abra al público pronto. O no.

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James Tarrell, Deer Shelter (2006), Skyspaces

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La sensación de tiempo y estructura que evoca un mirador celestial es parecida al proceso de fijar la vista sobre la página en blanco y, despacio, con parsimonia, ir creando algo sobre el espacio. También existen diferencias obvias, pero la sensación de conflicto con el vacío es vital. Es aterrador elucidar las posibilidades de una materia prima que, tal cual, podría ser cualquier cosa. Sin pistas, sin sugerencias. Solo yo en medio de la estructura más simple y frente a una página en blanco, en espera de una idea o concepto listos para tomarme por la fuerza.

A veces emociona, pero otras resulta ser un terrible recordatorio de nuestra insignificancia. A veces me paraliza y dudo sobre cuál tendría que ser mi siguiente movimiento. Mientras escribo estas líneas, la idea de seguir escribiendo ficción me parece tan desconcertante como aquellos viajes en carro en mis veintipocos debajo de un cielo sobrecogedor. Antes, como ahora, experimento mi pequeñez. El mundo me jala hacia arriba.

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La primera vez que vi la obra de Turrell fue un cálido enero de 2006, en Mineápolis. Me había llevado un abrigo largo, pues era lo adecuado para los inviernos de las «ciudades gemelas», así que me la pasé sudando. Un día, el amigo a quien visitaba me llevó al Walker Art Center. Paseamos por los jardines del museo y por entre las esculturas en la periferia del recinto, hasta dar con lo que parecía una madriguera enorme. Era el observatorio titulado Sky Pesher.

El espacio por dentro era un cuadrado, con una hilera de asientos recorriendo el perímetro. Habrían cabido con total comodidad cuatro o cinco personas en cada hilera, aunque aquella tarde habían muchas menos. Arriba, un hoyo, un cuadrado de menor tamaño, a través del cual podía verse el cielo. Me senté, absorbí sus sutiles variaciones y me fui satisfecho.

Desde aquel día he visitado: Meeting, en el MoMA PS1, en Queens; Light Reign, en la Henry Art Gallery de Seattle; Aten Reign, en el Guggenheim, en Manhattan durante varios meses en 2013; y Blue Pesher, en los jardines del Cheekwood Botanical Garden y museo de arte en Nashville. A pesar de sus diferencias, la sensación es siempre la misma: me siento anclado en la tierra y al mismo tiempo, me ahogo.

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Turrell ha dicho que el diseño de las casas de reunión cuáqueras le han servido de inspiración para sus observatorios. Dudo que sea coincidencia que mi experiencia con el cuaquerismo se haya dado en la boda del amigo que me llevó a ver Sky Pesher. Mi contacto ha sido limitado –sillas dispuestas de manera que la gente se vea de frente para hacer énfasis en la espera y en el sentido de comunidad– y, de todas formas: la noción de la espera en silencio y hablar solo si el espíritu lo pide me afectó más que la religión que me inculcaron desde la infancia.

Quizá lo que me llama de la obra de Turrell sea su accesibilidad inherente. La única vez que me animé a tomar una clase de arte en la universidad me pidieron darla de baja. (Ni siquiera por una buena razón: me faltó llevar una clase obligatoria que era requisito para matricularla). Y, como muchas cosas en mi vida, la afición por el arte nace de sí misma, la simpatía que siento por ciertas obras y algunos artistas ha sido accidentada, sin lógica alguna. Sin embargo, muchos de los artistas que me atraen han creado obras inmersivas –en algunos casos, en sentido literal. Además de Turrell, pienso en Julie Mehretu y en Janet Cardiff. Hay algo especial en el hecho de sentirse empequeñecido por una obra, en sentir que estoy frente a algo que, si quisiera, me tragaría sin problema. De cierta forma, es una manera de reutilizar aquellas viejas ansiedades, aquellas temibles sensaciones ahora familiares, un viejo rival vuelto vieja amistad.

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James Tarrell, Unseen Blue (2002), Skyspaces

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Una gama de colores, la sensación de algo más grande; si no es un vistazo al infinito, al menos de algo que se acerca. Si el lienzo de estas obras es el cielo, entonces hace que quien las aprecie piense en el cielo como el trabajo visual que alguien hubiera labrado día y noche durante años. Pero si hablamos del cielo, casi siempre vacío, siento la necesidad de llenarlo con algo.

Aunque ya escribía ficción cuando hice el viaje a Mineápolis, ahora que lo pienso, escribí y revisé los primeros textos que publiqué después de aquellos días. Quizá haya sido una manera de ver. Quizá una actualización. Quizá una forma de aprender a ver algo desde una nueva perspectiva. Quizá el descubrir que aquello que me aterró alguna vez se convertiría en mi mejor aliado. Quizá sean solo sillas alrededor de un tragaluz y, encima, el cielo. Un bendito cambio de escala: palabras distantes, imposibles, traídas a la tierra.

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Blue Pesher es, posiblemente, el mirador celestial más grande que haya visitado. Ese día caía una llovizna. Caminé casi dos kilómetros por el bosque y me crucé con varias piezas de arte. El observatorio de Turrell se hallaba al final. Luego de poco más de una hora, lo tenía frente a mí; crucé unas puertas altas. El área principal circular estaba coronada con un tragaluz en el techo y, en el centro, había una carbonera. El letrero en la entrada pedía a los visitantes no caminar sobre el carbón.

Adentro, un puñado de personas posaban para una serie de fotografías. No sé por qué, quizá una boda, algún evento familiar u otra cosa. Entré, me senté y no tardé en darme cuenta de que yo era el único ajeno al grupo. Me quedé en silencio, fijé la vista en el cielo y las paredes ahogaron el sonido del obturador haciendo clic una y otra vez. El fotógrafo pisó sobre el carbón. Experimenté una mezcla de emociones: el sentido de comunidad, de ver a varias personas que claramente estaban encantadas con el espacio, como yo; pero, también, frustración, pues aquellas personas habían contratado a una persona a quien no le importó el deseo del artista.

Ese es el riesgo de adorar una obra de arte: que aquello que para ti lleva un significado importante, para otros es solamente un telón de fondo cool, un obstáculo que sortear, un medio para algún fin.

Y es también el riesgo de crear una obra de arte: ya terminada, se pierde el control sobre la manera en que esta será recibida. La intención del artista no importa frente a cientos de ojos. Cuando la obra ha salido del espacio silente, el artista ya no puede seguir dándole forma.

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En 2013, la Galería Pace de Nueva York celebró una exhibición de los dibujos y modelos de los miradores celestiales de Turrell, los que terminó y los que no, además de una serie de modelos y renders de Roden Crater. El día de la apertura me escapé de la oficina para verla. Crucé toda la isla de Manhattan, en día laboral, por entre masas de turistas en Times Square y pasé por las calles cincuenta y tantas, con banquetas y vistas despejadas por igual.

He bromeado con algunos amigos con la idea de una tarjeta perforable para registrar visitas a los miradores celestiales, con la que se puedan ir sumando y, luego de diez, el usuario reciba una gratis para visitar alguno lejano o difícil de encontrar, como Amarna, ubicado en Hobart, Australia. Pero, dado que varias de los observatorios se construyeron en residencias privadas, la probabilidad de visitarlos todos es baja o nula. Por lo tanto, aquella exposición era la segunda mejor opción, sería como un viaje a Epcot Center en lugar de darle de verdad la vuelta al mundo. Me quedé un rato en el museo, mal vestido para la ocasión, pero agradecido con la vida por al menos estar ahí.

A través de unas vitrinas vi a un hombre de barba blanca charlando con algunos asistentes. Si aquel no era Turrell, era entonces su doble. Sentí un ataque de nervios. Fue la misma sensación de cuando me supe a tres metros de Ian MacKaye en un concierto de punk en Washington, D.C.: la maravillosa cercanía de uno de mis héroes y el temor de hacer algo humillante frente a él o ella. Pero, con alguien cuya esencia radica en el no estar, era otro contexto: a riesgo de dejar de ser, fue aquella una cálida sensación de presencia.

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Tobías Carroll es autor de los libros Reel y Transitory. Es editor en jefe de Vol. 1 Brooklyn y autora de la columna mensual Watchlist, en Words Without Borders.