Sobre la urgencia universal de la literatura inmigrante (parte 1 de 2)

«Cada hijo de inmigrantes nace sintiéndose perdido».

                                                    -Christopher Castellani

 

Original de Christopher Castellani || Traducción de Roberto Lozano Mansilla

Primera parte

«Solo hay dos posibles historias», va el viejo dicho, con frecuencia atribuido a John Gardner, «un hombre emprende un viaje, o un extranjero viene al pueblo». Es la clase de cosas que he dicho casualmente a mis estudiantes en el transcurso de los años como una manera de ayudarnos a organizar nuestras ideas, pero me asombra ahora que cada historia de inmigrante que conozco cae dentro de uno o, en la mayoría de los casos, ambos de esos arquetipos: un personaje que deja atrás un lugar (una vida, en realidad: un hogar, un lenguaje, una personalidad), para embarcarse en una aventura personal; o un personaje entra a un país desconocido, donde es un extraño para la mayoría y encuentra que debe navegar entre los códigos y la cultura para sobrevivir. El dejar atrás es un tema en estas historias tanto como la navegación, y la aventura es una pérdida tanto como es un viaje de descubrimientos.

Incrustados en los tropos de toda la literatura inmigrante, entonces, estos elementos clásicos de la narrativa, son lo que llegan al corazón de la identidad. Por esta única razón, no sorprende a nadie que la literatura inmigrante es tan rica, variada, irresistible y satisfactoria, incluso aún para los lectores que nunca han salido de su pueblo natal. En The New York Times, Parul Seghal escribió: «¿Qué no son los temas de la literatura inmigrante, es decir, el distanciamiento, la falta de hogar, las identidades fracturadas, la materia de toda la literatura moderna, si no que la vida?».

Visto desde esta perspectiva, podemos incluso considerar El Mago de Oz, el viaje de Dorothy de un blanco y negro al color y de regreso, como una historia de inmigración. Incluso, tal vez Alicia en el país de las Maravillas o Los Viajes de Gulliver. Dorothy, Alicia y Gulliver se encuentran todos en viajes y se ven a sí mismos como extraños que llegan al pueblo. Todas son historias de desubicación, de un tipo de inquietud que va de la mano con la soledad, todas son historias en las que un personaje debe luchar con esa pregunta esencial: «¿cómo puedo vivir?» O, para ser más preciso, «¿cómo puedo vivir aquí?» No estoy insinuando que todas las historias son historias de inmigración, claro está, sino que todas las historias de inmigrantes, todos estos cuentos de ida y venida, luchan con preguntas universales, y por tanto fáciles de identificarse con ellas.

Así como no hay llegada sin salida en estas historias, no hay salida sin el espectro del Regreso. Esto puede significar el regreso a la patria, al origen, al lugar donde la identidad es coherente o por lo menos estable; esto puede también significar el regreso del apenas conocido espacio donde uno comenzó y verlo como si fuera la primera vez. Para algunos inmigrantes, en ambos, ficción y no ficción, el Regreso está lleno de terror muy real: amenazas de persecución, encarcelamiento o violencia indescriptible. Para otros, el Regreso es un bello, vitalicio, ansiado sueño: contiene el potencial para cerrar el círculo de la vida, para reuniones felices, para reclamar un pasado más simple o para ajustar cuentas con un lugar y personas que no pudieron ser entendidas sin haberlas dejado atrás. Para la mayoría, el Regreso es algo entre terror y paz, algo incómodo en el mejor de los casos, y esta frontera que se desdibuja, esta incomodidad, que siempre me ha interesado en la literatura inmigrante y que parece mejor adaptada al escritor literario: la ambivalencia del hogar, su híper determinación y contradicciones, la culpa, la tensión y el misterio de eso.

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Aunque no soy un inmigrante, soy hijo de inmigrantes italianos y he tratado de luchar con esta incomodidad en mis tres primeras novelas, las cuales fueron inspiradas por las experiencias de mis padres al crecer en Italia durante 1930, migrar hacia Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial y criar a la primera generación de hijos. Dichas novelas han sido colocadas en las librerías como literatura inmigrante, una categoría que se ha convertido, sobre todo recientemente, en controversia. Para algunos críticos, la categoría en ambos presupone y refuerza el mito de una persona viajando desde un lugar con una cultura monolítica, una patria, dígase Italia; a otro lugar con una cultura monolítica, un Nuevo Mundo, dígase Estados Unidos; con su identidad cultural monolítica, dígase su “Italianeidad”, atada a la espalda.

Esto tiende a olvidar o minimizar el hecho de que el italiano viene de distintos linajes sanguíneos, de clases y regiones, que Nueva York es un lugar muy diferente de Kansas, que la “Italianeidad” es un constructo, y uno turbio en su respecto, y que las razones de las personas para escoger un hogar sobre otro son tan variadas y contradictorias como las mismas personas. Uno de muchos retos de la categoría de literatura inmigrante es que los libros que encajan con este descriptor son vistos a menudo como documentos históricos de, dígase, la experiencia italo-americana en vez de historias con una visión individual y subjetiva tan únicas e irrepetibles como las personas que las escribieron.

Tenemos una desafortunada, aunque perdonable, propensión a agrupar estos libros por nacionalidad o etnicidad o itinerario, y magnificar en las similitudes y clichés culturales a través de ellas, y después hacer amplias generalizaciones sobre esas similitudes y clichés. Desafortunadamente, yo he hecho lo mismo como lector, este aplanamiento de libros e historias en algo casi utilitario o documentos auto edificables. Yo soy tan culpable como cualquier otro del tipo de estado mental que voltea a Zadie Smith para entender el mundo de Londres contemporáneo o que, al ver que China está en las noticias, considera adquirir The Woman Warrior por Maxine Hong Kingston.

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Aunque, desde mi ser, yo no creo que estas razones utilitarias o auto edificables son por las cuales consumimos literatura. Yo creo que acudimos a los libros, todo tipo de libros, para desacelerar nuestras vidas, no para escapar de ellas o “aprender algo”. Y, como escritor, yo creo que hacemos arte no para entender la condición humana, o para resolver las preguntas del por qué tomamos decisiones, sino para complicar esas decisiones y viajes, para hacerlos más intrincados, menos “planos”.

Para nosotros los escritores de ficción inmigrante, esto inevitablemente llama a la pregunta de la audiencia, una pregunta para la cual, de nuevo, no hay una respuesta correcta o clara. «¿Para quién está escrita mi historia?» nos preguntamos, plagado de las peticiones de la Musa (por lo que me refiero a nuestra propia visión artística), tanto como el marcado (por lo cual me refiero a la demanda comercial de publicar). Estoy más interesado en la Musa, que pregunta: «¿estoy escribiendo para la persona afuera de mi cultura, la persona que está leyendo mi libro para “aprender algo”? ¿O estoy escribiendo para la persona dentro de mi cultura, quien está leyendo para tener una visión hacía nuestra experiencia en común?»

Identificar y acordar sobre esta audiencia hipotética ayuda a responder más preguntas mayores y aparentemente menores, aunque nunca las resuelve por completo. Preguntas como: «¿cuánta historia debo explicar o contextualizar? ¿En qué lenguaje debo de contarla? ¿Pongo en itálicas las palabras ‘extranjeras’?» Por ejemplo, si soy un iraní americano contando una historia de un iraní que escapa del país en los 70s y emigra a Boston, ¿no estoy limitándome si mi audiencia son occidentales con un limitado conocimiento de cualquier cosa, excepto las historias de su país? ¿No debería de querer escribir para mi gente en Irán, en nuestro propio lenguaje, ilustrando para ellos lo extraño de Boston, para tratar a Boston como la cultura y la historia que debe ser contextualizada y explicada? ¿Pero qué es lo que pasa si ese lenguaje, o esa historia, es tan extraño para mí, así como lo es para el occidental promedio? ¿Aun así tengo el derecho de contarla sólo porque tengo sangre iraní?

En su mayoría, lo que nosotros lo escritores terminamos haciendo en cuanto a estas preguntas sobre la audiencia es escoger la opción de ‘Todas las Anteriores’, tratando, con distintos niveles de éxito, de tenerlas de ambas formas, para apelar a todo posible lector, aún así cuando no lo hagamos de manera consciente. Esto desdibuja nuestro foco y diluye el impacto de la historia en el proceso. En este sentido, nuestros libros no pertenecen plenamente a ninguna de las dos culturas; sino que ocupan un lugar a mediación, ese nuevo espacio que nuestra identidad, nuestras perspectivas únicas, nuestras lealtades divididas, nuestro conocimiento limitado y experiencia han creado, el que pertenece a nosotros y a solo nosotros. Yo lo llamo “cabalgar el guion”, el ensillarse en esa pequeña línea negra entre italo-americano, o ruso-germano o, bien, escoge tu híbrido.

Para mí, la petición más emocionante de la literatura inmigrante es ver, no al guion como un puente entre dos identidades fácilmente reconocibles, sino como una cuerda en un estira y afloja. En mi trabajo, yo he tratado de dramatizar ese estira y afloja, todo ese jalar y caer y resbalar en el lodo, al colocarla en el lugar más personal y cargado de contexto de todos: la familia.

 

Puedes leer el texto original en Literary Hub.