Encontré mi sueño americano en las bibliotecas públicas

Encontré mi sueño americano en las bibliotecas públicas
Una carta de amor a las bibliotecas de Daniela Petrova

Original de Daniela Petrova
Traducción de Montserrat Tavitas

El año pasado, en un artículo de opinión para Forbes, Panos Mourdoukoutas, un profesor en economía en Long Island University Post en Nueva York, insinuó que las tiendas de Amazon deberían reemplazar a las bibliotecas para ahorrarles dinero a los contribuyentes.  Debido a la reacción que detonó el comentario tan absurdo, Forbes eliminó el artículo de su sitio. Sin embargo, la efusión de amor por las bibliotecas en respuesta al artículo no tiene precio y reafirmó el papel intrínseco de las bibliotecas en la estructura de las comunidades estadounidenses.

Las bibliotecas fueron fundamentales en mi experiencia como migrante y me llenó de gusto ver que las redes sociales explotaron con mensajes en defensa de la ‘biblioteca local’ como un pilar de nuestra democracia.

Uno de los aspectos más difíciles en la vida de un migrante es el de no pertenecer por completo a ningún lado. Un pie permanece firme en tu país de origen, no importa que tan duro plantes el otro en suelo anfitrión. Aunque he vivido veinticuatro años en Estados Unidos, gracias a mi acento, la primera pregunta que la gente me hace al conocerme es: «¿De dónde eres?». Luego, cuando vuelvo a Bulgaria, todos me llaman «la norteamericana». Pero hay un lugar en el que siempre me siento como en casa: la biblioteca. Cualquier biblioteca, en cualquier lugar del mundo. El olor a libros, los estantes repletos de tomos nuevos y viejos, el personal amable y ansioso por ayudarme.

I. Las bibliotecas locales sirven de refugio y generan comunidad

Crecí en Bulgaria durante los años comunistas y, cuando llegué a Nueva York, en la primavera de 1995, a los veintidós, sabiendo apenas unas cuantas palabras de inglés, el choque cultural casi me manda de espaldas: había rascacielos (el edificio más alto que vi era de veinticuatro pisos), carros (mi familia no tenía y, durante el primer año en Nueva York, salir de la ciudad era para mí un gran lujo, aunque fuera por treinta minutos), pasillos de supermercado repletos de todo tipo de comida, diez diferentes marcas de cada artículo (antes de emigrar, sufríamos la escasez de productos básicos, como leche, y el gobierno había expedido una restricción en el número de botellas que uno podía comprar). No sabía lo que era una tarjeta de crédito o un cheque. No entendía el concepto de seguro médico, ni había tocado una computadora. Nunca había comido una hamburguesa, una dona o un bagel.

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No conocía a nadie, excepto a mi esposo, conserje de un edificio de lujo en el Upper East Side en donde teníamos un pequeño departamento en la planta baja. Nuestros vecinos viajaban en limusinas y, si alguna vez me los encontraba en el lobby, desviaban la mirada sin siquiera saludar con la cabeza. Mi empleo como señora del aseo no ayudaba para conocer gente. Esto fue mucho antes de los celulares y las redes sociales. Mientras que muchos estadounidenses tenían computadoras y algunos de ellos utilizaban sus cuentas de American Online, yo ni siquiera sabía lo que era un correo electrónico. Las cartas que escribía a mi familia y amigos en Bulgaria tardaban dos semanas en llegar de ida y otras dos de vuelta.

Sola y sintiéndome aislada, encontré refugio en la sucursal de Yorkville de la Biblioteca Pública de Nueva York. Era el único lugar familiar en aquella tierra desconocida. Ahí, entre los estantes de libros, incluso si no hablaba con nadie, me sentía cómoda. Como si perteneciera. Quienes la visitábamos éramos una comunidad de lectores, sin importar nuestra lengua madre, nuestra religión, nuestra edad o el color de nuestra piel. La biblioteca de Yorkville era bastante parecida a la de Sofía, de donde saqué mi primer libro de niña. Bastaba era una credencial para poder leer cuantos libros quisiera.

II. Las bibliotecas son gratuitas

Las bibliotecas no excluyen a nadie, pues son gratuitas. Niños, gente con discapacidad, adultos mayores, pobres, ricos, todos pueden afiliarse. Durante mis primeros años en Estados Unidos, cuando compraba mi ropa en tiendas de segunda mano y amueblaba mi departamento con las sillas y alfombras que mis vecinos adinerados desechaban, la biblioteca local era el único lugar en donde no me sentía pobre, extranjera o inferior. Como la bibliotecaria Amanda Oliver escribió en su tuit de respuesta al artículo de opinión de Forbes, la biblioteca es «uno de los pocos lugares en nuestra sociedad en donde los marginados pueden ser tratados con dignidad y respeto».

Las bibliotecas públicas eliminan el privilegio, brindan acceso a la información a quienes no pueden permitirse comprar sus propios libros, computadoras o internet. Aprendí mucho del inglés que conozco leyendo novelas que ya conocía en búlgaro: Guerra y paz, Crimen y castigo, Martin Eden. Analizaba las historias que ya conocía y, mientras avanzaba en la lectura, averiguaba el significado de las palabras.

III. Las bibliotecas pueden fortalecer a los marginados

Las bibliotecas brindan acceso gratuito a la información, que incluye, además de libros y revistas, computadoras, internet, películas, bases de datos y orientación humana invaluable. Aprendí a escribir un currículum gracias a la consulta de varias guías antes de sentarme frente a la máquina de escribir eléctrica que tenía en casa y teclearlo con solo dos dedos. Tras esa experiencia, tomé prestado un libro sobre cómo teclear y comencé a practicar.

El acceso a la información es importante, sin embargo, no es suficiente. Se necesita saber qué buscar y dónde buscarlo.

Abandoné la universidad de arquitectura e ingeniería civil en Sofía cuando cursaba el tercer año para venir a Nueva York, con la inocente idea de que continuaría mis estudios en Estados Unidos. No me tomó mucho tiempo darme cuenta de lo difícil que era mi meta. Fue complicado encontrar trabajo como mucama; ahorrar dinero para la universidad estaba fuera de toda discusión. Mi oportunidad llegó cuando le conté a uno de mis clientes sobre mi formación en arquitectura. Él había hecho una donación a la biblioteca Thomas J. Watson del Museo Metropolitano de Arte y preguntó al jefe del Departamento de Publicaciones Periódicas si necesitaban a alguien con formación en arquitectura que hablara búlgaro y ruso. Un par de semanas después, me aceptaron como voluntaria y, al poco tiempo, me ofrecieron un trabajo de medio tiempo.

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La biblioteca Watson se convirtió en mi hogar y, el personal, en mi familia. Ahí aprendí a utilizar la computadora con cursos de MS Word y Excel. Aprendí a llevar conversaciones triviales. Aprendí a hacer amigos. Amplié mi vocabulario, y comencé a usar palabras como ‘adquisiciones’ y ‘transacción’ de manera cotidiana. Un par de años después, la jefa del departamento de catálogos, -del que yo era asistente-, y quien sabía que estaba ansiosa por regresar a la escuela, me sentó frente a una computadora con acceso a internet. Me mostró la página web de la Universidad de Columbia y me explicó que si trabajaba para la universidad tendría derecho a tomar dos clases gratis por semestre. También me mostró en dónde buscar oportunidades de trabajo. Gracias a ella, postulé y conseguí un trabajo de tiempo completo en la biblioteca Butler. Poco después, me aceptaron en el programa de Estudios Generales de la universidad, de la que me gradué summa cum laude y Phi Beta Kappa.

Nunca me habría enterado de ninguna de estas oportunidades sin la ayuda de tantas personas que me orientaron y llevaron por el buen camino. Los bibliotecarios conocen las necesidades de sus clientes y pueden guiarlos para que encuentren la información que puede ser de gran ayuda.

Las bibliotecas de Nueva York me dieron una comunidad, como cliente, como empleada, también un sentido de pertenencia en momento de mi vida durante el cual no me sentía cerca de nadie en este país. Me sentía extranjera casi las veinticuatro horas del día. Las bibliotecas son el pilar de la democracia, un lugar en donde toda la gente es bienvenida, sin importar su sueldo, raza o religión. Para mí, son el único lugar donde de verdad me siento como en casa.


Puedes leer el texto original en Literary Hub

 

Daniela Petrova


Her Daughter’s Mother

Publicado por Putnam el 18 de junio de 2019

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@danielagpetrova