Secretos del mar por Aurelia Cortés

Secretos del mar

Para mi tata

Para Leo

 

De niña, quería ser bióloga marina. O ese era el nombre que los adultos a mi alrededor le habían dado a mi pasión por la vida bajo el agua. Uno de mis recuerdos favoritos de las vacaciones de Navidad es estar al lado de mi abuelo, en un sillón de terciopelo más kitsch que neoclásico, hojeando el libro Secretos del mar, probablemente una publicación de Reader’s Digest.

Me emocionaban los vastos arrecifes de coral, los peces con nombres de otra cosa (el pez payaso, el pez perico, el pez caja, el pez león), las anémonas y todas las formas de camuflaje. Sentía un hueco en el estómago, una reacción primitiva que ahora identifico como miedo, cuando al pasar la página aparecía la fotografía, que ya había visto miles de veces, donde las morenas, anguilas prognatas y dentadas, asomaban su cabeza por unas rocas. A veces me reía cuando mi abuelo ponía el dedo en la boca abierta del tiburón blanco, fingiendo dolor y tragedia; a veces sólo lo miraba, azorada. El delfín rosado, el narval y unas extrañas serpientes albinas ocupaban mi imaginación aun cuando estaba jugando a otra cosa.

Por lo que, cuando pienso en mis animales favoritos, no puedo evitar emprender un catálogo marino. Puedo apreciar la belleza, lo único y extraordinario de aves, mamíferos terrestres, reptiles y primates, pero la fauna marina fue la primera en parecerme completamente ajena, una visión de otro mundo, y al mismo tiempo, un mundo animal del que era parte, al lado de mi abuelo, que capitaneaba la expedición en ropa de casa.

5) El lenguado, porque sus ojos migran.

Cuando nace, es un pez común y corriente, con un ojo en cada lado de su cara plana. Pero en su paso a la adultez, expuesto a los predadores, se une a la legión del camuflaje, numerosa en la vida submarina. Desarrolla la capacidad de desaparecer en la arena, convirtiéndose en una milanesa empanizada, doblemente verosímil gracias a su inmovilidad. Para volverse un ser horizontal que mira todo desde abajo, pierde toda simetría: tuerce la boca, adquiere una panza blanca como los que nunca se broncean y su ojo izquierdo migra al lado derecho.

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Foto vía Biopix

4) El caballo de mar, porque se puede convertir en ensalada.

Los caballitos de mar son fascinantes porque el macho se embaraza pero, además, por la variedad de disfraces que pueden adoptar. Son malos nadadores, apenas pueden resistirse a la corriente asiéndose de tallos con sus colas curiosamente simiescas. De modo que algunos, como el dragón de mar (Phycodurus eques), prefieren ceder, vivir a la deriva fingiendo ser un trozo de alga o una arúgula perdida en el fondo del mar.

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3) Las medusas más comunes, por su nombre, que es el mío.

En español es la medusa por antonomasia, así que no hay que especificar; en inglés se llama moon jellyfish, y su nombre científico es Aurelia aurita. Cuando me preguntan qué significa mi nombre, la versión corta es que viene de la palabra aurum, oro en latín. Algunos reciben la respuesta elaborada, que viene de la novela de Gerard de Nérval. Quizá debería decir que es sinónimo de medusa.

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2) El tiburón Wobbegong, por su nombre.

No sé de dónde lo sacamos, mi hermano y yo. Quiero imaginarme que de mis tarjetas del zoológico de San Diego. Leo tenía un álbum repleto de tarjetas de jugadores de béisbol; yo tenía una colección mucho más modesta de tarjetas de animales donde venían su foto, sus medidas, características y hábitats. Durante una etapa le bastaba con repetir su nombre: ¡wobbegong! ¡wobbegong! ¡wobbegong!, que era como lanzar un boomerang. La visita al zoológico era para mí la más esperada del año, junto con la visita al acuario o a Sea World. Ahora me da mucha lástima pensar en las ballenas orcas confinadas, que se deprimen o se vuelven agresivas; en los pingüinos que nunca ven el cielo; en el gorila espalda plateada que observábamos desde el teleférico como la mayor atracción. Incluso en los peces, que creemos seres menos complejos, nadando en círculos.

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Foto vía Nautical News Today

1) El pez luna, porque nada acostado al sol.

En inglés se llama sunfish. Pero su nombre en español lo prefiere sumergido, vertical, cuando parece una luna casi llena o apenas menguante. Es un pez cartilaginoso, lo que significa que su carne se parece más a la nuestra pero que su anatomía nos es más ajena, pues carece de huesos. No tiene escamas visibles ni superficies brillantes. Como nosotros, el pez luna no crece de manera uniforme. Parece un proceso doloroso. A su ser adolescente le nacen picos, que tiran hacia todos lados, aspirando a su verdadero diámetro. Se convierten en una especie de carpa geodésica, un poliedro transparente, medio anaranjado. Nada que ver con la gloriosa criatura que alcanza a medir más de un metro de una aleta a otra en su adultez, que prácticamente carece de cola (de allí su redondez), que no anda en cardumen, que se llena de pecas a veces, como cráteres vistos en una toma satelital.

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Foto vía Quo