Sobre los límites y la forma de las tentaciones por Alejandro García

Sobre los límites y la forma de las tentaciones

Una carta para Marco Norzagaray de Alejandro García

 

¡Amigo mío!

Tengo frente a mis ojos una canasta de pan de dulce, varios libros embalados en su papel celofán, algunas imágenes de amores imposibles, hojas en blanco y plumas ansiosas por empezar un nuevo manuscrito. Últimamente me ha tentado un género literario que antes era para mí sólo un divertimento, un acercamiento inocente de pasión latente, pero cada día lo necesito más en mis lecturas, en las conversaciones y ahora en la escritura. ¿Qué me pasa? ¿Por qué no puedo ser fiel sólo al teatro, o al menos a la ficción? Antes todo era un poco más sencillo: había una historia que contar y se contaba; si era breve e impactante, lo hacía en forma de cuento; si requería más espacios, personajes y distintas líneas argumentales, una novela; y si lo que tenía que decir necesitaba la fuerza de la representación y la actualidad del tiempo presente, entonces era dramaturgia. Sé que estoy siendo terriblemente reduccionista, pero tú me entiendes, este no es lugar para ampliar esas eternas pláticas definitorias. El problemas es que con los ensayos, todos los preceptos y seguridades que podía tener (que eran pocas y endebles, pero ahí estaban) se desvanecen. La tentación es grande y la carne es débil. 

La relación que tengo ahora con esa forma del discurso llamada ensayo es muy similar a esa guerra que tuve hace unos años contra el pan (y sabes bien que gané algunas batallas, pero al final el gran triunfo fue para los roles y las conchas). Me digo: ¡no!, sé fiel a tus formas, no te hace bien pensar en incidir en un nuevo género, ya sabes lo que va a pasar: ¡la desgracia! Todo lo vas a ver en clave de ensayo, vas a empezar a comprar libros de teoría al tiempo que lees a los canónicos y a cuestionar a las autoridades, luego vas a iniciar tus propios experimentos que someterás a juicio y escrutinio de amigos, primero, y de enemigos, después. Estarás ansioso por ver qué piensan los demás y si hay algún buen comentario, si existe un triste elogio solitario, lo usarás como motivación que borre los ataques y los juicios negativos. Ya sabes que seguirás en el camino hasta lograr que un ensayo tuyo se coloque entre pares y sea apreciado por una comunidad que ni siquiera conoces. ¿Quieres eso?, me pregunto… y es muy triste, porque una parte de mí sí lo quiere, y en esta guerra de tentación empiezo a perder batallas importantes. Ya estoy leyendo (descifrando) a Montaigne y tengo mil notas en textos de Lukács y de Adorno. ¿Y sabes por qué? ¿Sabes qué motiva este frenesí por el género? La radical incomprensión. No entiendo el ensayo como hace unos años no entendía mi fascinación por el pan, de igual modo en que aún hoy no entiendo el proceso que sigo ante la tentación de comprar libros, de buscar amores imposibles, de ir a lo prohibido, de dirigir mi mirada a lo que no comprendo, anímica e intelectualmente hablando. La tentación dialoga con la fidelidad: no logro ser fiel a los principios que establecí antes para el desarrollo de “mi obra”; no logro ser fiel a la idea de salud que excluye a los deliciosos bizcochos y no logro serle fiel a las ideas que alguna vez tuve sobre el amor, la pareja, las relaciones, los amigos… No entiendo nada, pero lo que he encontrado, hasta ahora, es que, para lograr entender este tipo de fenómenos hay que llegar a sus límites, definir claramente dónde empiezan y dónde acaban, establecer parámetros, fijar ideas y no salir de ese campo. Pero es tan complicado… de ahí la infidelidad, también. 

El pan brilla ante mis ojos, la canasta es de mimbre y las piezas preciosas están cubiertas por una servilleta de tela con orillas bordadas. En un rato vendrán unos amigos para tomar café y devorar el pan. No le digas a nadie, pero siempre que me dispongo a realizar este extraño ritual que fortalece amistades y alarga el tiempo de una mañana de domingo, hago algo espantoso. Cada vez me arrepiento, pero luego, cuando se presenta la oportunidad, no puedo dejar de hacerlo: con cuidado de no magullar las piezas de pan, las tomo entre mis manos, una por una, y deslizo mi lengua por la parte de abajo si son bísquets, hojaldres, trenzas, polvorones, conchas o cuernos; por la parte de arriba si son mantecadas o magdalenas (es que lo aceitoso y suave de lamer esa superficie cóncava y perfecta me recuerda otros placeres). A veces siento que hago lo mismo con los textos que quiero escribir (sobre todo ahora con los ensayos): antes de sentarme frente a la hoja en blanco, recorro la lengua por las ideas y me paso días rumiando y saboreando un tema. He encontrado en el ensayo tanta libertad y variedad como en una panadería de pueblo; consigo ensayar cualquier cosa y todo lo que me pasa en este tiempo de distancia tiene la posibilidad de volverse ensayo, ¡todo!, ¿no hay un límite ahí? Tantas veces deseché ideas para una obra de teatro porque no había suficiente tensión dramática, tantas veces olvidé la trama de un cuento por ser trivial, y cuántas veces dejé fuera un capítulo sólo porque lo que trataba contenía más reflexión que acciones. En talleres literarios me decían: ¡eso es muy explicativo!, ¡la acción se cae!, ¡el personaje se diluye en sus pensamientos!, ¡no estás respetando la línea temporal!, ¡dejas abiertas líneas argumentales! Querido amigo, te lo digo ahora, en el ensayo no me pueden decir nada de eso. ¿Cómo no sentir una tentación ante algo tan generoso, tan libre? El ensayo me quiere dar todo lo que otros géneros me han negado, igual que el pan me ofrece todo el placer que no existe en las verduras o las sopas aguadas o las ensaladas de tristeza o la soledad de esta casa. Pero creo que hay una trampa: tanta libertad no puede venir sin un precio. Y ahí es donde dudo: ¿dónde está el límite creativo del que ensaya? ¿Hasta dónde puedo forzar las líneas de tensión que constituyen un buen ensayo? ¿Y qué es un buen ensayo? ¿En qué punto deja de ser ensayo para ser cuento o poesía? 

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Mis invitados están por llegar y me da un placer insano imaginar que todos van a comer una pieza que ha sido marcada por mi saliva. Tú sabes lo que el pan representa para mí, y sin ser un experto en el tema, la tentación de contarte lo que pienso me invade, como si yo pudiera aportar algo a ese mundo desde la inexperiencia, desde mi visión sesgada por la subjetividad: por ejemplo, cada instante definitivo de mi vida está acompañado por la presencia del pan dulce: la felicidad de mi niñez está ligada a las conchas, mis raros triunfos en el teatro están teñidos del maravilloso olor de los croissants rellenos de mermelada de frambuesa, mis mañanas de placer y café están enlazadas a los panqués, a las mantecadas, los roles de canela (que calman las pasiones), el múltiple de vainilla y chocolate (que es delicioso y suave cuando está fresco) y a los ambiguos bísquets que pueden aderezarse con serrano o con jaleas y/o mantequilla. El pan, el pan, la maravilla de ese alimento que entra en el estómago y se expande. Es lo más parecido a un abrazo, pero mejor, porque el pan tiene la delicadeza de abrazarte por dentro. Se siente el calor y la paz. Morder un pan de dulce es buscar la calidez del abrazo materno, una y otra vez, hasta dejar de sentirte solo. ¿Cómo no dejarse tentar por algo que produce tanta felicidad instantánea? Y exactamente lo mismo pasa con los ensayos: no tengo que hacer un plan riguroso, no necesito pasar meses corrigiendo y repasando las cosas, no tengo por qué analizar los arcos dramáticos de los personajes (porque en el ensayo no hay personajes, para empezar, hay personas y ese ya podría ser un límite para entenderlo, ¿no?), y no tengo que preocuparme demasiado por cubrir o no cierta extensión: el ensayo dura lo que dura una idea, se expande en el límite del interés, como el pan, que llega al estómago y su expansión de placer alcanza lo que necesite tocar. El ensayo se piensa, se camina, se vive y luego se escribe sin dejar boronas, igual que el pan, que se fija en un pensamiento de antojo, se busca en el andar, se vive con todos los sentidos y luego se come de una sentada, con un flujo constante y placentero que termina en el éxtasis. Si acompañas ambas actividades de un buen café, lo tienes todo en la vida, todo lo placentero, al menos; y el placer es dejar que la tentación envuelva el corazón, sin restringirla, y dejar que te lleve. 

La cosa con el pan y sus placeres es la siguiente: lo primero es sentirlo entre los dedos, apreciar su suavidad y diferenciar qué clase de panecillo es: si es de trigo procesado o integral, de centeno o alguna combinación más rara, similar a lo que comen los que son alérgicos al gluten (pobres seres humanos a los que les han arrebatado el gran placer del primer cereal dorado que tuvo la humanidad). Todo eso se sabe al tacto y luego se verifica con la vista y el segundo olfato. ¡Qué importante es oler el pan antes de comerlo! El mejor pan es el que hueles dos cuadras antes de descubrirlo, y ya López Velarde lo dijo: “¡El santo olor de la panadería!” Y tenía razón. Si el aroma es penetrante y dulzón, puedes apostar que se preparó con mantequilla fresca. Si es fuerte, parecido a una cerveza alemana, es que se elaboró con centeno negro, linaza y huevo. Luego hay que apretar entre los dedos la masa. Repito: lo hueles, lo tomas con tus manos (nunca con cubiertos), lo observas con atención y luego lo apachurras, pero muy suave, como si estuvieras oprimiendo el lóbulo carnoso de una oreja bonita. Con esa prueba puedes detectar el tiempo que ha permanecido el pan a la intemperie, pero también si lo han guardado en una bolsa de plástico para mantenerlo suave. Si te encuentras con un cuerno calientito que desprende un buen aroma y casi está que se deshace, es que recién salió del horno. Hay que tener cuidado con ese pan: produce diarrea. ¡Pero qué tentación! Muchas veces he pagado el precio. Luego está el pan perfecto: salió del horno hace al menos dos horas y ha permanecido cubierto por una tela de algodón que lo deja respirar. Las moscas no han dejado huevecillos en él y la gente no ha lanzado chisguetes de saliva al verlo. El pan perfecto mantiene su olor, la temperatura apenas por en encima de los 36º, (el cuerpo lo debe reconocer como algo más caliente que la propia lengua), la consistencia al tacto debe recordar, de manera inconsciente, claro, un seno delicioso y prohibido. 

¿Ahora me entiendes? Libré una guerra contra el pan y perdí: lo como todos los días con la resignación del derrotado, pero aprendí algo del enemigo, hasta terminé pareciéndome un poco, y sólo así logré entenderlo. Hoy tengo claro dónde está el límite entre un pan delicioso y uno terrible. También soy consciente del límite de la ingesta: sé perfectamente cuántas piezas puedo comer al día sin llegar a sentirme mal (el proceso de cómo llegué a esa conclusión te lo cuento luego). A lo que voy es que para reconocer los límites de tu enemigo hay que conocerlo de cerca, vivirlo, experimentarlo. Así llegué a la conclusión de que no puedo conocer el límite del ensayo si antes no ensayo en la búsqueda del límite. ¿Pero qué aspectos del elusivo ensayo poner a prueba?  

El timbre de la casa anuncia que debo dejar esta carta en suspenso: los invitados llegan y seguramente hablaremos de esta obsesión que tengo con los ensayos. Es como si trajera todo el día el tema en la punta de la lengua para soltarlo a la menor provocación. Una lamidita más a esa mantecada antes de abrir, qué delicia. 

¡Qué placer se encuentra en las pláticas dominicales! Me hubiera encantado que estuvieras aquí. Imagina: el café humeante, el pan fresco, la tranquilidad de no tener que hacer otra cosa en el día. Los amigos, las risas, la lucidez que brinda la cafeína con azúcar y ¡los carbohidratos! Todo salió muy bien y, en efecto, hablamos sobre los límites y, surgió otra palabra: fronteras. Al final todo se volvió caótico y derivó en una comparación entre límite/ fidelidad, y frontera/lealtad, así como sus opuestos: infidelidad/ traición. Estuvimos de acuerdo en que se puede ser fiel cuando se respetan los límites y sólo se puede ser leal ante algo fronterizo. La diferencia es que los límites son algo inamovible, tácitos, perfectos. El planeta tiene un tamaño y más allá de eso deja de ser Tierra para ser el Espacio, y no hay punto de discusión al respecto: o es la Tierra o es el Vacío. En una puedes respirar y en la otra no; nada que hacer, no hay negociación posible: aquí es adentro y allá es afuera. Los límites no son negociables, están ahí. En cambio, la noción de frontera es maleable. Las fronteras son acuerdos entre dos partes: de aquí a aquí es México… bueno, de aquí a aquí. Las fronteras se pueden transgredir, violentar, modificar; los límites, no. Las cosas que tienen límites son absolutas y las que tienen fronteras son relativas. ¿Qué pasa con las relaciones humanas, por ejemplo? Creo que ahí es válido interpretar: un noviazgo es algo relativo, por lo tanto los acuerdos que se imponen son de carácter fronterizo: siempre se puede dialogar y encontrar acuerdos que favorezcan o hagan desaparecer la relación. Por eso en el noviazgo se usa la noción de lealtad y no de fidelidad, y así, puedes traicionar, pero no ser infiel. Traicionar es transgredir el acuerdo. Si se puede pasar por encima de las palabras es que había una frontera imaginaria, no un límite. La transgresión no implica rotura, sólo un reacomodar de las cosas. Luego, el lazo de los novios se vuelve fluctuante hasta que llega el momento de concretar y ponerse serios. (¿Racionalizo en exceso?) Yo nunca he llegado al otro lado, no me gustan los absolutos, como sabes, pero tú sí estás allá, bien casado y con tu hermosa hija. Tú que sabes, ¿crees que estoy en lo correcto? Una vez que pasas la línea de la frontera y te enfrentas al límite verdadero de las cosas no hay posibilidad de mover nada. Se es fiel o se es infiel a ese límite. Por eso, ante una infidelidad no hay reparación. Cuando se pasa el límite se rompen las cosas de manera definitiva, se deja de respirar y es imposible volver a la Tierra. Esto es para decirte que estaba equivocado: siempre he buscado las fronteras, no los límites. Deseo el acuerdo que se pueda modificar según la experiencia; contrato con cláusulas, letras chiquitas y lagunas de interpretación, y ahí donde el texto duda es el lugar en que puedo construir mi opinión. 

En la búsqueda por las fronteras del ensayo tengo que someterme a examen. Creo que intuyo el resultado, pero imaginemos por un instante que ya hice los experimentos y escribí mis ensayos fronterizos. ¿Qué hice, qué funcionó, dónde me atoré? 

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En las primeras pruebas, me di cuenta de que la idea de anécdota seguía muy presente en mi escritura. Buscaba la ficción de personajes que hicieran algo en el espacio. Correspondencia entre tiempo, espacio, causas y efectos reales en lo ficticio: representación. Al percatarme de eso traté de eliminar, pero no del todo, esos recursos. ¿Cuánta ficción resiste el ensayo? ¿Cuánta anécdota, acción? ¿Cuál debe ser la correspondencia entre los argumentos expositivos, la presencia de ficciones y el resplandor lírico del lenguaje? ¿Se deben establecer porcentajes? 

Luego pensé inevitablemente en Borges y su ensayo “El acercamiento a Almotásim”, donde, básicamente, sostiene todo el argumento desde una ficción. También recordé El mono gramático, de Paz, donde predomina la fuerza del lirismo sin dejar de ser un ensayo. ¿O tú lo clasificarías en otro género? No lo creo. De ahí regresé a Torri, a una serie de pequeños “ensayos” (y esas comillas son malignas), donde, de no ser por los títulos sugerentes, yo los encasillaría como micro ficciones; pero con ese pequeño elemento casi ajeno al texto en sí, el título, el texto se convierte, controvertiblemente, en ensayo. 

Si pensar en los límites me daba dolor de cabeza, pensar las fronteras me acerca a una crisis de carácter existencial. ¿Hasta donde sí, hasta donde no? Los extremos, al final, se tocan. La negociación posible se vuelve insoportable. 

Seguí con mis experimentos: en uno me demoré por varias páginas hablando de mis placeres matutinos: el pan y el café. El resultado me pareció aburrido, sin sentido. Le faltaba algo. En otra prueba decidí jugar con las formas y escribí como si fuera una falsa carta, al modo de Lukács. Al releerlo me pareció pretencioso. En otra, después de caminar por horas alrededor de un lago artificial llegué a escribir sólo dos líneas que ya consideré un ensayo: “Ensayar es intentar una forma expandida y sintética del oxímoron, pero sigo arrojando pan al espejo del lago, un pato emerge totalmente seco y vuela lejos, de regreso a su tierra”. Lo deseché por malo, cursi y predecible. (¿Debe haber asombro, un final sorprendente, giros inesperados?) En mi último experimento intenté hablar sobre un concepto que derivara en otros por lógica y dejar que los argumentos siguieran adelante como un largo suspiro; permitir que una idea me llevara a otra sin ser demasiado riguroso, una especie de mimesis de mis propios procesos mentales, una radiografía encriptada de mi forma de pensar. La idea me sigue pareciendo buena, pero el ejemplo fue desastroso; carecía de equilibrio que le otorgara fuerza. Leer aquello era como ver a un cojo a punto de caerse, seguir avanzando a saltitos y luego otra vez estar en equilibrio precario. No sé, amigo… Dejaré otra vez esta carta en pausa, a ver qué pasa mañana. 

He decidido claudicar. Invertí mucha imaginación, pero es mejor dejarlo. Seguiré fiel a la ficción y sus fronteras familiares. La tentación fue grande, pero vencí (creo). La decisión llegó porque soñé con un teatro y toda la pandilla estaba en uno de esos ensayos nocturnos y eternos. Recuerdo ese tiempo con nostalgia: ¿te acuerdas que sólo ensayábamos, dormíamos poco, comíamos mal y volvíamos a ensayar? Tres semanas de locura donde vivimos más en El Milagro que en nuestras casas. ¿Recuerdas los ensayos? Los momentos de lujo, los grandes hallazgos de la escena, sucedían en el ensayo, nunca en la función. En fin… estoy divagando y ni siquiera hice lo que dije: definir la forma y los límites de las tentaciones. Soy un fracaso, un farsante. 

Para ya terminar esta carta quiero invocar una última cosa sobre el ensayo que no logré escribir, y es que no acepta la noción de conclusión. El final del ensayo sucede en el espacio, pero las ideas continúan su curso en el tiempo. El ensayo acaba porque ya no hay letra impresa y lo que sigue es el blanco de la página y la ausencia de otra hoja, pero no hace falta cerrar ideas, cortar hilos y tensar al límite las líneas argumentales. Las ideas que trata el ensayo transcurren en la mente aun terminada la lectura. Así, puedo afirmar que el ensayo no tiene límites, como el pan o el amor. Sólo tiene fronteras, como las formas en que encerramos al amor o la manera en que se pierden las guerras contra el pan. Fronteras abruptas e ilógicas, como todos los finales. Pero, afortunadamente, esas fronteras son siempre negociables. 

Es posible que tenga días libres y pueda pasar un tiempo contigo y tu familia. Quizá podamos seguir hablando sobre los límites, las fronteras, la fidelidad, la lealtad y las tentaciones. Espero que ya hayas descubierto la gran panadería de tu barrio. Te mando los abrazos y los besos. 

Desde San Luis Potosí, en el año 2019 y con mucho cariño, Alejandro

 

Fotografías por Eduardo García