La responsabilidad del traductor

Por Hugo López

Yo no leo traducciones. Así mentía, con bastante orgullo, hace no tanto tiempo. No leía traducciones porque estaban mal hechas, y porque me jactaba de poder leer en la lengua original. Ese último privilegio me hacía aún más dolorosa la experiencia, porque podía comparar al pobre libro con su original y declararlo barato, inferior, nunca a la altura.

Y todo ese párrafo, como ya dije, era una mentira. Me di cuenta cuando, contra toda lógica, me puse a hacer traducciones, yo que llevaba años sin quererlas. La revelación fue que estaba comparando mal. Cuando juzgamos traducciones, casi siempre nos pasa lo que a los fans de un libro que convirtieron en película: acusan a la peli de no ser el libro. Y no la pueden disfrutar como película. Entonces, el original se convierte en una distracción. Aquí es lo mismo: quienes conocemos el original estamos condenados a querer buscarlo en su traducción. Los monolingües quizá no puedan juzgar algo como traducción, pero por eso mismo están mejor capacitados para juzgarlo como obra.

Para explicar esto, voy a tener que regresar a la anécdota. Antes de que me atacara el esnobismo de ir siempre a las fuentes, yo leía muchas traducciones. Todas mis primeras lecturas fueron traducciones, y bastante baratas: colecciones de clásicos con el texto agarrado de no sé dónde y editadas al vapor. Ahora las reconozco como tales, pero en ese entonces me encantaban. Fui un niño hundido en libros. Y algo tuvo que haber pasado para que me provocaran esa fobia. Lo que sucedió, ahora me doy cuenta, fue que empecé a leer cosas pensadas y escritas en español. Y la diferencia era abismal: en contraste con esos malos traductores, los escritores en español manejaban la lengua con una familiaridad y un desparpajo deslumbrantes. Creo que todos los que hemos presumido de no leer traducciones tomamos la decisión por eso: tuvimos la esperanza de que los originales también tuvieran esa magia que conocimos en las creaciones de nuestra propia lengua.

Y la tienen, pero sacamos mal la conclusión: la magia que queremos tomar prestada los traductores no es la del original. Cuando no te gusta la traducción de Al faro, no la vas a poder arreglar con un cotejo minucioso de To the Lighthouse. Así podrás decir si dice lo mismo, pero lo que diga nunca ha sido lo que más importa al leer literatura. Es otra cosa. Esa prosa fallida no te molesta porque te quede chica frente a la de Virginia Woolf. No es con ella con quien la estás comparando. La estás midiendo con Rosario Castellanos, con Nellie Campobello, con Juan Rulfo. Si ellas no existieran, si no hubiera un solo escritor competente en tu lengua, aceptarías cualquier cosa como buena.

Lo que hay que hacer, entonces, es dejar de creer que el original es el único modelo, sacudirnos esas ganas de reproducir la rica prosa de Woolf, palabra por palabra. Ésa se quedó para siempre encerrada en su lengua inglesa. Quien busca la fidelidad extrema acaba teniendo sólo pérdidas. Las buenas traducciones, las que se disfrutan de veras, son las que reconocen todas las ganancias que puedes encontrar de este lado de la lengua. Se comportan como originales. Se te olvida que esa tal Woolf no escribía en español, te sorprende que no se apellide Fernández.

Es por eso que no basta ser bilingüe para traducir bien algo. Es mucho más importante dominar la propia lengua. Porque en ella se va a quedar. Nuestra responsabilidad de traductores no es con el original; el original no se entera de nuestras traiciones. Tampoco es con todos los que lo leyeron y lo andan buscando en nuestras páginas. Ellos ya lo tienen a él; lo nuestro les viene sobrando. Nuestra responsabilidad es con quienes no lo conocen ni lo conocerán nunca. Les debemos una obra a la altura de quienes creen que escriben sin ningún modelo.

Hugo Labravo

30 de mayo de 2019