Todas las cosas bellas

Por Montserrat Rodríguez

Primero fue mi madre. Sucedió mientras yo regaba las plantas del jardín. Las matas seguían el sonido de la cubeta que avecinaba la presencia del agua. Cuando fue el turno de los alcatraces me arrodillé. Ya sin los guantes puestos tuve ganas de hundir las manos en la tierra; sumergirlas hasta ese lugar donde la arcilla se hace grumos; desmoronarlos, advertir la resistencia entre mis dedos y con ellos, una lombriz. Quise atrapar la hebra, atravesar los anillos de su piel, encajar mi uña, partir su movimiento en dos. No pude. La luz me detuvo. El sol aplastó mi rostro y me sentí otra vez bajo esa lámpara en la que lo único que se puede hacer es llorar. El aire me dolía, no sabía cómo empujarlo, sacarlo lejos de mi cuerpo. Cuando me recostaron en la incubadora sentí a mi madre sangrar. Yo era ella partida por mí. El sol dejó de encandilarme. Saqué las manos de la tierra, apreté mi vientre, busqué la sangre que mi nacimiento le había quitado. Con mi cuerpo la asfixiaba, ahora ella era la que estaba dentro. Pujé. Me aferré a los alcatraces. Pujé. Apreté los tallos, el cáliz se rompió. Pujé manchando de rojo esos pétalos sin vida, regados como mi madre sobre la tierra. Pujé sin poder despedirme, hasta que no quedó nada más de ella dentro de mí.

Después fue mi padre. Éramos él a sus quince años, su cuerpo criándose en la casa familiar. Se despertó buscándola, yo no me atreví a decirle. Nos levantamos sin hacer ruido. No le avisamos a nadie ni nos llevamos nada. Afuera las hornillas comenzaban con la primera lumbre, la canela estaba sin hervir. Nos separamos de las gallinas y de las abuelas. Sin despedirnos, rodeamos la casa, agarramos camino por atrás. Mi padre se alejaba por segunda vez. Corrimos para no ver sus lágrimas. Para que la neblina se confundiera con su nostalgia. Cruzamos el descampado. Encontramos el mismo árbol torcido y la hierba trasquilada de sus historias. Llegamos a la orilla. La carretera se escuchaba cerca. Éramos mi padre a sus quince años, buscándola. Yo ya no podía, su fuerza me cansaba. No está aquí, le dije. Sigue derecho, respondió. No quería escucharme. Papá. No, sigue derecho. Papá, no está aquí, no está… se quedó en el jardín. Solo así se detuvo. Ya no había neblina que lo protegiera. Nos vi huérfanos de esposa y quise llorar bajo ese sol que amenazaba con un nuevo parto.

Primero fue mi madre, después mi padre. Regresé al jardín a encontrar los hoyos hechos. Hundí mis manos. La tierra ya no estaba fría. No sé cuánto tiempo habían estado esperando bajo esos tallos rotos, encontrándose bajo las raíces marchitas. Comencé a velarlos. Aparté las ramas secas, llené sus cuerpos de agua, los llené de sus cosas. Cupo el calor y las lágrimas; también entró la incubadora, las gallinas y las abuelas. Sembré nuevas semillas de alcatraces y me quedé a esperar a que crecieran. Al final hice un espacio para mí. Dejé un hueco del tamaño de mis dos manos, lo guardé ahí dentro. Porque después de mi madre y después mi padre, seguiré yo.


Montserrat Rodríguez (Tijuana, Baja California, 1993) es licenciada en Educación Primaria y Maestra en Educación. En 2018 obtuvo la beca «Inés Arredondo» para el II Encuentro Internacional 13 Habitaciones Propias. El mismo año recibió la residencia «La Güera Trigos» por parte del programa Under the Volcano que se llevó a cabo en enero del 2019. Su trabajo ha aparecido en diversas revistas digitales como Rojo Siena, Vozed, Vertedero Cultural, El Septentrión y Culturamas.