Anticitera, artefacto dentado (adelanto)

Por Aura García-Junco

Boldini encuentra otra obsesión

Nichola Boldini perdió la razón como tantos otros genios a los que les es imposible dejar de pensar en su arte. La locura le impidió completar el gran proyecto de su vida: el cubo de los sonidos. Una caja enorme, capaz de albergar a diez hombres de pie, con superficies irregulares, llenas de salientes y depresiones de materiales variados. El eco rebotaría reproduciéndose, bifurcándose en todas las direcciones y mezclando sus ondas. La experiencia nunca sería igual, pues ningún rincón de la caja repetiría un sonido. Entre las piedras y maderos, los más tímidos timbres se esconderían, solo para salir transformados en fuentes de nuevas sensaciones. En su imaginación, cada onda era un color cambiante: ligero en algunas ocasiones, y en otras, de una intensidad tan grande que apabullaba los sentidos. Un mundo constituido únicamente para los oídos.

Boldini sacrificó todo por su proyecto. Su fortuna, que era cuantiosa, perduró muchos años gracias a su buena administración, mas, al final de su cordura, quedó a un paso de la pobreza.

La fama le llegó en vida y desde incontables lugares. Condes, duques y grandes señores acudían a buscar consejo del inventor musical, pues esta era su labor y en ella su ingenio era insuperable. Creaba nuevos instrumentos: clavicordios con más teclas, laúdes más pequeños, cajas de resonancia, artefactos que contaran a la vez con cuerdas y percusiones. Esta actividad, sin embargo, también la abandonó por la imaginaria caja: ignoró las peticiones de los viajeros y rechazó los trabajos que antaño estimulaban su mente.

En alguna ocasión recibió a un elegante mensajero. Tenía un pedido especial: una viola da gamba que pudiera tocarse con una sola mano; era para un conde manco que había perdido parte de su extremidad izquierda en una guerra religiosa. La trágica imagen de aquel que, a pesar de su deseo, es incapaz de producir arte lo hizo aceptar esta última solicitud.

Comenzó a construir el instrumento desde cero, pues el arco debía ser más corto. Una niña del pueblo con una mano deforme de nacimiento le sirvió de asistente y primera usuaria. La pequeña realizó tan bien la tarea que Boldini le regaló una muñequita articulada, parte de su colección de autómatas.

Después de innumerables pruebas, la viola funcionó. Boldini se presentó en la casa del conde, quien al fin, después de tantos años, pudo interpretar la música que creía perdida. En pago, el noble le prometió financiar la construcción de la caja, sin importar que no la comprendiera del todo. ¿Por qué alguien soñaría con un mundo solo de sonidos, pero a la vez sin música? Porque lo que Boldini buscaba no tenía un solo acorde, ninguna majestuosa estocada de viola ni un retumbar de timbal.

El tiempo avanzaba y el artista nunca estaba conforme; la fortuna del conde comenzaba a resentir el proyecto. Boldini no decía palabra alguna, pero en su apariencia se intuían los signos de la desesperación. Aquel que podía devolver la música a quien la había perdido no era capaz de atraer los sonidos, ni siquiera ofreciéndoles un lugar para que habitaran a su antojo.

Un día cualquiera, Boldini entró en la caja, cuya oscuridad se tornó absoluta cuando cerró la puerta tras de sí. No había más que silencio; el silencio más majestuoso e intenso que había escuchado.

Cuando el conde llegó a indagar sobre los avances del experimento, encontró a Boldini eufórico en el interior de su caja. No se sabe si el tirón vino de adentro o de afuera; el caso es que la caja atrancó sus puertas y se tragó a su creador.


Anticitera alberga un secreto

Nació con el nombre de Friné, pero ya nadie la conoce de esa manera. Ahora la llaman Luciano y la tratan como a un muchacho. A sus doce años llegó a Siracusa, harapienta y llena de hambre. Cuando alguien la confundió con un niño, no dudó en seguir con ese juego. No le fue difícil: su complexión delgada y huesuda le facilitó esconder cualquier rasgo de femineidad. Ahora tiene diecisiete y la consideran discípulo de Arquímedes. Sin embargo, si le preguntaran, ella respondería que, más que aprender de él, guarda en el cofre de los propios los secretos del matemático.

Un secreto: Arquímedes tiene un rollo de papiro muy viejo; afirma que es una copia de otro y que proviene de la Atlántida. Friné ha escuchado esa historia más de una vez. Su maestro, obsesionado, sostiene que es un instructivo para armar un mecanismo astrológico singular, y que, si no lo ha construido, es porque puede mejorarlo. Ella le cree: lo ha visto hacer cálculos por horas; contar los dientes necesarios para que las piezas, jugando en cohorte, cumplan sus deseos. También lo ha ayudado; para este momento, después de tres años a su lado, es buena en mecánica y en matemáticas. Los experimentos del viejo son a menudo propuestas de ella, y, cada vez más, la deja resolver los algoritmos mecánicos que mueve las partes.

Friné se emociona soñando por las noches con el hijo que espera, el lejano artilugio al que ya le ha dedicado tantas horas. Sueña con la bóveda celeste vista a través de un enorme engrane.


De Johannes S.

El manuscrito me dejó arruinado. Recorrí el mundo entero, de Finisterra hasta el Tule, para buscar las piezas de la máquina. Las encontré, luego al aparato entero, y viví por ello las más crueles consecuencias.

Te diré ahora que ya no dudo que de él sale la más terrible música, la de las esferas, tal como la describió Platón.


El conde de Alfaz suspira por lo perdido

Lo que más extrañaba el señor conde de Alfaz era abrazar con ambos brazos el frágil cuerpo de su única hija, una niña flaca y pálida que apenas se levantaba de la cama. Su segundo dolor más grande era el abrumador silencio de esas noches melancólicas en las que, después de someter a alguna criadita para penetrarla, se sentía más solo que nunca, y añoraba un tiempo distante, cuando llenaba el vacío del aire con el sonido de su viola da gamba. Finalmente, el señor conde de Alfaz añoraba la resistencia de los cuerpos mientras eran atravesados por la espada; la mano que le faltaba era, por desgracia, la mano buena. Aun entonces, tres años después de su pérdida, no se fiaba de la otra.


Agua

Aura


Boldini, primer encuentro con la máquina

Era un niño cuando los pedazos herrumbrosos llegaron a mis manos. En ese entonces, todo el mundo me tomaba por un tonto. Mis propios padres, crueles como siempre, no dudaban en señalar con desprecio mi lentitud; ni en encerrarme, en ocasiones por un día entero, en cualquiera de los muchos cuartos de esta villa.

Sucedió una de esas veces. Me había cansado de llorar y gritar para que algún sirviente abriera la puerta; estaba acurrucado en una esquina de mi prisión y revisaba cada detalle. Esa tarde, la monótona familiaridad de los rincones fue interrumpida. Había algo distinto: un cofre pequeño y tosco sobre la mesa que estaba en una esquina. Me acerqué. No tenía llave.

Al asomarme, me encontré con algo que parecía un juego de artificios compuesto por ruedas planas. Las había dentadas y completamente redondas, de bronce y de algún metal similar al oro. Eran alrededor de veinte y tenían distintas proporciones. Las saqué y las ordené en la mesa en función de su forma y tamaño. Había más piezas abajo: láminas de metal y palancas. La mayoría eran solo partes sueltas, pequeños pedazos rotos que ni el más avezado reconstructor de vasijas de barro se hubiera atrevido a volver a unir. Incluso algunas de las ruedas, que se veían robustas y de materiales fuertes, estaban quebradas. La última placa que hallé, en el fondo del cofre, estaba atascada y, por más que la jalé, fue imposible de sacar. No podía notar detalles porque estaba parado en puntas, pero alcancé a ver un grabado que me recordó un mapa. Una bóveda celeste trazada de manera esquemática sobre el metal. Era parecida a las imágenes que mi tutor me había mostrado en las lecciones que, en esa época, se me antojaban mortalmente aburridas.

Quise entender lo que se encontraba frente a mí y comencé a juntar piezas por donde intuía que se habían unido alguna vez. Fue una labor inútil. El mecanismo era imposible de comprender. Solo después de varios años sabría la forma en que tantas partes pueden trabajar a la par, como una enorme cohorte de soldados. Horas de esfuerzo pasaron en vano, y, justo antes de que llegara a la desesperación, un ruido interrumpió mi juego: la puerta se abría y mi cautiverio terminaba.


Los extractos son un adelanto del nuevo libro de Aura García-JuncoAnticitera, artefacto dentado. Te invitamos a su presentación este 7 de junio a las 7:30 p.m. en Casa Tomada. 

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