Cuatro poemas de Daniel Saldaña

Daniel Saldaña Paris

Por Daniel Saldaña París

Museos

Los cuerpos expuestos, descarnados. Miradas de cera adolorida, el rosáceo tendón de la mandíbula, los gemelos trenzados en el vientre. Vitrinas. Maniquíes de siglos más oscuros.

Mis síntomas empezaron ese día: ganglios hinchados como nísperos a punto de ofrecer la pulpa, la culpa, el verano. Viena era el punto más oriental. Después llegaría el miedo —rutina de médicos palpando. Viena era mi amor venéreo, el sótano dedicado al Accionismo: fotos de amputaciones, sacrificios, música de cisnes copulando.

Vimos la Venus de Willendorf y pensamos en Sigmund.

Más tarde, una mordida.

Caupolicán. Prater. Diplodocus.



The Cascadia Hotel & Conference Centre, Puerto España

Abrí la puerta del balcón para escuchar los gritos. “Hay un manicomio cerca”, me explicó el botones. Un nido de avispas coloradas —sonido metálico, olor a lluvia. Le di las gracias y tres billetes. Esa noche no podía dormir y salí de nuevo. No escuché el zumbido, pero sí los gritos: de animales ayuntados —las vergas en garfio, cubiertas de espinas blandas. Bajé al bar y pedí un trago: un ron tórrido, de Guyana.

De regreso en el cuarto me senté en la cama. El aire acondicionado estaba descompuesto. Pensé en los rituales que realizaba Bataille en el bosque de Bolonia. Pensé en mi tendencia a destruirlo todo. (Mi abuela decía que las brujas se desenroscaban las piernas y saltaban echando lumbre en el cerro de Tepatlaxco, recordé de pronto). Las luces del manicomio parpadeaban a veces, como luciérnagas gordas en mitad de la selva.

 

Atrás quedó el temblor, los ornamentos.

Una mesa con libros mojados.

Voy a traicionar todas mis intuiciones.



Habitación en La Habana

Las sábanas ondeaban en los balcones pidiendo tregua al salitre: heráldica de los burdeles. Los edificios, sorprendidos en el acto de desintegrarse, eran los templos baldíos de un paganismo lúbrico. Sentí la lengua del calor acariciándome la espalda: un animal muy dócil.

El efecto del tabaco sobre la presión sanguínea se parece a la tristeza que sucede al coito (común a todas las bestias, según Galeno). Anduve hacia el malecón y, en el océano, había otra isla como un espejismo, bailando lento sobre las olas. Los tocororos pasaban raudos, un cayo de rojo en las alturas —cauda de arenas alebrestadas. Me doblé para sentir un dolor preciso —percusión y músculo, alfiletero.

Pedí un café en un vaso de plástico. “¿Cómo llego hasta la otra isla?”, pregunté a la negra. “Cerrando los ojos”, dijo sonriendo.

 

Botecitos de ron en la banqueta.

Una guitarra en préstamo.

Esa piedra porosa, que respira.



Mapa de Madrid y alrededores

Era una ciudad en código, sembrada de pistas parcialmente descifrables. Los estragos de una década completa me esperaban disfrazados de terraza: tinto de verano para las cosas tristes. Un jardín abandonado, un teatro de butacas destrozadas, un cielo demasiado limpio sobre el Parque del Oeste hacia las cinco —“en punto”— de la tarde.

Los espejos del Barbieri, recubiertos por la pátina de siempre, devolvían una imago aproximada. En cada mesa, dos personas repetían el mismo diálogo: “Estoy harto. Dame tiempo”, “¿Sabías que el organdil es mi tela favorita?” Pedí la cuenta y la mesera dijo: “Abandona esa aritmética de las pasiones. Nadie merece nada”.

 

Digamos que hay versiones divergentes.

Pasé bajo el balcón donde empezó todo.

Ahora voy a dejar de escribir esto.