Leer en voz alta

Original en inglés por Tippy Rex* || Traducción de Griselda Zavala Márquez y Marco Alcalá

Esta es mi primera vez leyendo en voz alta desde hace casi veinte años. Mi boca se siente tan seca que los labios se me pegan a los dientes. Miro a mi alrededor y llamo la atención de cada una de las personas dentro de la librería al decir: soy una adicta al sexo. Es como si me quisiera coger a  cada una de las personas en esta habitación.

Sketch, el hombre al que soy adicta, no está aquí. Cuando mandé mi propuesta para esta serie de lecturas, nosotros nos habíamos dejado de hablar. Ahora él me llama antes para desearme buena suerte y parece extraño que algo tan importante para mí debiera tratar sobre él, pero sin incluirlo. Quedamos para ir a comprar varios juguetes sexuales la noche siguiente, y uno de esos será una mordaza de bola. Si leyera una historia sobre una chica que trata de encontrar su voz al mismo tiempo que apoya la industria de la mordaza de bola, diría que el simbolismo es exagerado, pero ahí lo tienes. Eso es lo que pasó.

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Justo por la calle cerca de la librería Astoria, en donde me detengo y leo, «No puedo evitarlo. Soy una adicta al sexo», está el club de striptease, Sirenas, en el que una vez me caí mientras le bailaba un privado a un hombre en silla de ruedas. Según lo que comenta un patán en Yelp, la situación actual del club es la siguiente: «Las mujeres están pasables. Algunas son feas. La mayoría están más o menos, y una o dos se toman el tiempo extra necesario para que su ropa se vea bonita, les combinen los colores, hacerse la manicura, peinarse bien y actuar con sensualidad. Las demás parece que solo quieren que les des tu dinero para poderse ir a sus casas de una buena vez». Esto me ofende, a pesar de que ya son dos décadas demasiado tarde como para que su comentario se refiera a mí. Pero tenía razón; mis uñas no estaban hechas y en ese entonces lo único que quería era irme a mi casa de una buena vez.   

Volver a escribir es como regresar a casa. Durante veinte años no escribí nada; los días eran largos y los años cortos. Algunas veces alguien que me conocía de tiempo atrás me preguntaba si estaba escribiendo algo, y yo cambiaba de tema, inmolándome de ser necesario. Lo más cerca que estuve de escribir fue cuando le agregaba paja a comunicados de prensa hasta convertirlos en artículos para una revista de tecnología a inicios de este siglo, justo en el momento en que colapsaba el WTC. Estaba en una dosis vertiginosa de metadona, y en mis tardes me la pasaba en mi escritorio, asintiendo con mi cabeza, tratando de encontrar nuevos adjetivos para describir palm pilots al mismo tiempo que me animaba lo suficiente como para coquetear con este chico sudafricano que trabajaba allí y a quien le gustaba usar ropa interior femenina. Estaba fascinada con el hecho de que llamara a los semáforos robots y a los hisopos earbuds.

Nunca conseguí olvidar por completo que antes escribía sobre cosas que eran relevantes para mí, pero bebí hasta que eso ya no me importó tanto. En ese mismo momento, algunos de mis antiguos compañeros de clase en Columbia ya estaban publicando. Un par de ellos se volvieron famosos. Las reseñas de sus libros los describían como obras «de culto» e iban acompañadas de fotografías favorecedoras. Mi respuesta fue mandarles felicitaciones por mensajes de Facebook con muchísimos, demasiados, signos de exclamación.

Era más fácil abrir una botella que lidiar con lo que se sentía como un fracaso inevitable. He escuchado que dicen que solo los alcohólicos se arrepienten del futuro.

Algunas veces, mientras bebía, pensaba en qué me gustaría decir, o en que alguna metáfora se me acercaría como si se tratase del perro insistente y amistoso de algún desconocido.  Escribía notitas vanas para mí misma en las páginas en blanco al final de los libros. Si la caligrafía pudiera susurrar, eso es lo que esas letras artificiosas harían.

Sketch y yo teníamos en común que habíamos dejado de ser artistas; justo cuando había dejado de escribir, él había abandonado el dibujo. Había visto el trabajo que él hizo mientras estaba en prisión e imaginé que si alguien me encerrara y no me dejara nada más que mi propio reflejo como entretenimiento (también fantaseé demasiado sobre estar encerrada con él— cuando lo conocí todo el asunto de la prisión me prendía demasiado, él con sus bíceps, botas y su cabeza rapada) podría escribir. Tenía muchos cuadernos de molesquín manchados y maltratados que solo tenían una o dos páginas escritas.

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De vez en cuando, una amiga me pedía retroalimentación de un escrito suyo y yo retrocedía, negándome. Ni Sketch ni yo estábamos haciendo las cosas que más queríamos hacer y pensar en mi vida desperdiciada me hizo estallar en un sudor nervioso. Y luego Sketch comenzó a dibujar otra vez. Solo empezó a hacerlo. Sus cuadernos de bocetos estaban repletos de rostros preocupados en el tren. Se inscribió en una escuela en la que había clases de dibujo del natural; me invitó a ir y dibujar, me proporcionó un tablero de dibujo, un lápiz y una vista clara del pito de un tipo. Este fue un contexto completamente nuevo y aterrador para la desnudez; me escondí detrás de mi tablero de dibujo, con miedo de que alguien viniera y se burlara de mi dibujo. Los dedos de los modelos que dibujé tenían forma de plátanos, no tenía idea de cómo dibujar nudillos, las cuencas de los ojos me salieron deformes y las orejas disparejas.

Veinte años sin escribir. Eso es casi la duración de la sentencia de prisión que harías por asesinato. He hecho cosas malas, pero no tanto. Ahora leo en voz alta, mi voz suena en las paredes traseras y les dice a todos estas cosas que he hecho; es como si estuviera frente a la junta de libertad condicional. No puedo evitarlo, les digo. No puedo evitarlo. Me pregunto, no por primera vez, si tal vez estoy mintiendo.


Tippy Rex escribe sobre sexo, adicción, y sobre ser una persona loca. Su trabajo ha sido presentado en xoJane, The New York Press, Lunch Ticket y Vol.1 Brooklyn. Ella es la autora del blog When You Stop Digging.  

 

*El texto original lo puedes encontrar en Vol. 1 Brooklyn.