Punto de partida

Original en inglés por Mark Haber || Traducción de Efrén Ordóñez

CUANDO REGRESÉ de la expedición para recolectar plantas del Amazonas me vi en una situación complicada: la de informar sobre mis descubrimientos a la agencia que había financiado la misión. Mi principal benefactor falleció durante el viaje y, por desgracia, eso hizo que el ambiente de aquel día de rendición de cuentas se tornara sospechoso.

—¿Se encontraba usted presente cuando falleció el doctor Collinsworth?

—Sí, pero, ¿no me llamaron para darles parte de mis hallazgos? Ya hablé con las autoridades. Permítanme decirles que las plantas y flores de la región visitada no se parecen a…

—Disculpe que lo interrumpa, pero no. Nos interesa más saber cuáles fueron las circunstancias que rodearon a la muerte del doctor.

—Fue una desgracia.

—Más que una desgracia.

—Bueno. Estábamos cerca de una cascada, a unos tres días de distancia del campamento. Nuestro guía era un nativo. El hombre, con una cierta malicia en el rostro, dijo que sería gracioso probar el oído del doctor Collinsworth —quienes lo conocíamos sabíamos que no podía escuchar muy bien sin su artefacto de plástico por el que le pregunté acaso una sola vez, o sin un par de conchas de mar huecas en cada oreja. En fin, el doctor estaba casi sordo.

—Entonces el motivo de la muerte fue acto de su ligereza y no de las leyes de la botánica.

—Primero la botánica luego la insensatez.

—¿El orden de los factores altera el producto?

—Creo que sí. ¿Puedo sentarme?

—Mejor quédese de pie. Si se sienta, podría malinterpretarse como una lánguida entrevista a un colega cualquiera y no tomarse como un interrogatorio.

—¿Me están interrogando entonces? Bueno, puedo contestarles lo que pregunten. Todo lo que gusten saber. Cómo falleció el doctor, cómo fue que se decidió enterrar el cadáver según las costumbres de la tribu que nos alojaba… aunque no me lo tomen como amenaza, solo pretendo empatar su tono. Tengo cuatrocientas especies de plantas esparcidas en ubicaciones secretas que puedo, en cualquier momento, destruir, cultivar, esconder, vender, regalar o lo que se me ocurra luego de salir de aquí, según salgan las cosas, claro. Ustedes sabrán. Tengo un puto platycerium que los dejaría con la boca abierta.

—¿Nos está amenazando con plantas?

—Bueno, es que son especies hermosas. De hecho, esperaba que algunas de las flores llevaran mi nombre.

—No va a suceder.

—Miren, un accidente le pasa a cualquiera y nosotros estábamos en la jodida selva del Amazonas; es normal que una u otra persona se muera en nombre de la ciencia.

—Las plantas son de la agencia, profesor.

—¿De verdad? ¿Y cómo hacen para ser dueños de algo que no saben dónde está?

—Siga con su reporte.

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—Bueno. Conseguimos más de tres tipos de epifitas prehistóricas antes de llegar a la cascada. El guía era un exjorobado, aunque la operación para erguirlo —gesto de buena voluntad de algún otro país más avanzado— había resultado mal. No por su postura. Cambió su humor, vaya. Descubrí que un exjorobado es peor que un jorobado. Como se imaginarán, muchos de quienes perdieron la joroba sufren un complejo de superioridad, porque luego de años se han quitado un peso de encima y logran enderezarse y ver el mundo como nosotros lo vemos. El punto es que para ellos todo es nuevo y su visión del mundo no está manchada por el tinte de desilusión que el resto le hemos echado a todo. El jorobado que se ha librado de su mal es una especie única. Imagínense a un parapléjico que de la noche a la mañana pueda caminar y se ponga a bailar enfrente de otras personas, burlándose porque disfruta de algo que nosotros dimos por sentado hace mucho tiempo. En fin, al guía se le hizo gracioso probar la capacidad auditiva del doctor y quiso saber hasta qué punto podríamos acercarnos a la orilla de la cascada sin que el doctor se diera cuenta. Debo aceptar que mi sentido del humor se quedó varado en la adolescencia, así que no hice nada para impedir que el nativo se divirtiera con aquello; además, pensé que en su condición de exjorobado merecía desquitarse un poco con alguien que siempre ha caminado erguido. Por desgracia, los dos medimos mal la distancia que había hasta el borde de la cascada y no alcanzamos a alertar a Collinsworth antes de que cayera por el precipicio.

—¿No intentó salvar al doctor?

—Yo me preocupé por las plantas porque ya no había nada que pudiera hacer por Collinsworth. Vi al tipo caer y matarse. Era un cadáver y punto. No era útil. En ese momento me habría servido más un costal de abono, porque al menos con eso crecen las plantas.

—Creo que hablo por todos cuando digo que nos sentimos horrorizados con su actitud. Queríamos hablar en persona con usted porque pensamos que el telegrama que recibimos de su parte, en el cual nos informaba sobre la muerte de Collinsworth, sonaba… indiferente, por no decir más, y lo asumimos como producto de su estado de shock o quizá de un error de traducción.

—No hubo errores de traducción, señores. El operador hablaba un inglés perfecto. De hecho, era de Hartford.

—Leeré su telegrama: Collinsworth muerto. ¡Prima! ¡Suerte! ¡Una fortuna! ¡Encontramos siete tipos de galeandra devoviana nunca antes vistos! ¡Nos espera una recompensa! ¡Bendito dios!

Lo que más nos preocupó, además de la brusquedad con la que informó sobre la muerte del doctor, fue la profusión de signos de exclamación, que supusimos fueron un problema del traductor. Si hubiéramos supuesto que los signos de exclamación tomaron el lugar de los puntos y los puntos los de los signos de exclamación, habría sido mucho más fácil digerir el contenido de su mensaje. Sin embargo, admite la precisión del telegrama.

—Me sorprenden sus interpretaciones. No tengo el tiempo ni las ganas para analizarlas. Todos somos científicos, ¿no? ¿De qué hablamos entonces? No entiendo por qué hablamos de signos de exclamación, puntos y malas traducciones… Estudié literatura antes de cambiarme a la carrera de botánica. En aquel entonces leí a Tennyson, a los rusos, a los griegos… El telegrama fue así de escueto porque simpatizo con los modernistas, no me gusta la prosa cursi y, como Hemingway (quien por cierto llamó para felicitarme), prefiero no desperdiciar palabras. No fue por indiferencia, sino por respeto. Seleccioné cada una de las palabras, pensé en el matiz, acentos e inflexiones que leyeron en ese mensaje. ¿Contentos?

—¿Hemingway lo llamó?

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—Ernest ha estado al pendiente de mi carrera.

—¿Y cómo sabemos que no fue usted quien empujó al buen doctor Collinsworth hacia el precipicio?

—¿Había antepuesto alguna vez el adjetivo buen a doctor Collinsworth antes de saber que había muerto? Me gustaría saber cómo es que ese hombre pasó de doctor Collinsworth a «buen doctor» en un mes. ¿El accidente lo transformó en santo o qué? No digo que no haya sido un hombre decente, de hecho me caía bien. En fin, pueden sentirse tranquilos de que su muerte fue un accidente. Muerte súbita. Al menos después de la caída.

—Hablemos del guía. Algunos científicos que trabajaban por la zona dijeron verlo junto con el exjorobado en un establecimiento con venta de alcohol.

—Cierto. Luego de quemar el cuerpo del doctor Collinsworth y dejarlo ir por el río Podillo Noche sobre una balsa hecha al vuelo, según dicta la tradición de la zona, sentí la necesidad de celebrar mis hallazgos y la vida del doctor por igual con unos tragos. El exjorobado y yo dejamos la ruta que llevábamos semanas andando y, por pura coincidencia, pasamos por la villa en donde se crió. El exjorobado llevaba años sin volver a su casa e improvisaron una reunión bastante colorida para recibirlo.

—¿Bebió junto con el exjorobado?

—Sí. Y me atrevo a decir que dentro de la joroba tenía otro hígado, porque no había visto a alguien con tal aguante. El exjorobado se acabó tres botellas de bitter de agave antes de empezar a beber de verdad.

—Uno de los científicos de la sociedad geográfica de Dinamarca dijo haber visto, según sus palabras, «libertinaje y prostitución como nunca antes había visto».

—Se ve que nunca ha ido al puerto de San Francisco.

—¿Qué pasó?

—Nos emborrachamos como romanos luego de una masacre. Y no es que lo presuma, pero tampoco me da vergüenza. Me limito a darles los hechos. En algún momento el exjorobado me presentó a sus hermanas, todas mujeres indias, de piel oscura, con huesos sosteniéndoles el pelo y una variedad de colores pintados sobre las extremidades, de amarillo a turquesa a celeste. ¿Que si alguien se prostituyó? No. No pagué por el sexo. Sí les ofrecí dinero, pero me di cuenta, por la expresión de sus rostros, que las había ofendido. Supongo que la cercanía con el ecuador despierta una cierta prudencia sexual. Aunque la verdad es que allá disfrutan de los placeres de la carne. Quizá su espía danés es demasiado puritano y le vendría mejor observar los fenómenos de su campo de estudio.

—Si usted no fue responsable directo de la muerte del doctor Collinsworth, es culpable, como mínimo, de negligencia. En fin, nunca lo vamos a saber. No tenemos su cuerpo, así que tampoco sabremos la causa de la muerte del doctor.

—Siento que, sin decirlo de forma directa, se refieren al envenenamiento con arsénico de Heinrich, del año pasado. Pero de eso quedé legalmente absuelto.

—Sí, pensamos en la muerte de Heinrich, pero el tema que ahora nos ocupa es el doctor Collinsworth.

—¿Quieren que vuelva por el exjorobado? Seguro responde por mí. No aceptaré que me fichen solo porque aquel chango quería probar el oído del doctor. Sé que su muerte es triste, pero ya pasó. La gente se muere. A veces son los buenos, otras los malos. Al final, todos pasamos a mejor vida.

El equipo de científicos me pidió que esperara a que tomaran su decisión en la recepción, afuera de la sala de conferencias. Pude atisbar la deliberación a través de una pequeña ventana. Igual sabía que me echarían si se sometía a votación. Sin embargo, antes de que me llamaran para comunicarme la decisión, fui a la oficina de Western Union y envié un telegrama al exjorobado, quien esperaba saber de mí en la choza junto a la pista de aterrizaje en medio de la selva. Comencé a llorar justo cuando envié el mensaje: «Destruye las plantas. Todas. Quémalas».


Haber, Mark. «Punto de Partida.» Las barbas de Melville. Traducción de Efrén Ordóñez, Editorial Argonáutica, 2017.

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