La postdata, rebelión de último momento (y una reflexión sobre las cartas de Gilberto Owen a Clementina Otero)

Por Aurelia Cortés Peyron

Aunque se piensa en todas las pequeñas frases y acotaciones que acompañan a un texto como un conglomerado que lleva el aséptico nombre de «paratexto», dentro de este grupo podrían trazarse algunas relaciones filiales: la nota al pie, el subtítulo y la postdata tienen algo de primos hermanos pues, cada uno a su manera, se alejan del centro del texto, se lanzan hacia la tangente, aunque ya allí no proliferan. Fuera de su familia consanguínea, sus primos lejanos podrían ser el epigrama, el epitafio y el acertijo, que no son textos ancilares, sino unidades en sí mismos. El título tiene un lugar especial en esta familia: a pesar de que necesita algo que nombrar para cumplir su función, tiene la redondez necesaria para ser independiente.

La postdata existe dentro del género epistolar como una  anotación de última hora o afterthought. Precisamente porque rompe con la estructura predeterminada de la carta, donde hay un saludo, un asunto y un cierre, es el elemento más rebelde de la epístola, considerado incluso de mala educación hace un par de siglos, y que ameritaría, en mi opinión, leerse como un subgénero: el de la información agregada, el cambio de tono y la continuidad (recordemos que en los tiempos previos al correo electrónico era común prometer y exigir cartas futuras en las postdatas o disculparse por la brevedad o tardanza de una misiva).

La postdata es el lugar de la urgencia y también de la dilación. De la urgencia, cuando la formalidad de la carta y su estructura no dejan lugar para confesiones, peticiones o exhortaciones que el remitente no puede contener y entonces vierte en el margen inferior, normalmente destinado a la cortesía del espacio en blanco, como último recurso; de la dilación, cuando funciona como un segundo final, que solo invita a una conversación más larga y, así, anula el carácter absoluto de la despedida, como si fuera esta una manera de quedarse conversando en el umbral de una puerta después de haber dicho los respectivos adioses.

Como subgénero, la postdata es atractiva por el contraste que proporciona: es como una floración silvestre en el jardín bien cuidado de la convención textual. Puede admitir un asunto tan pedestre como acordar lugar y fecha de reunión, puede transmitir saludos de otra persona o ser un recordatorio. Es una especie de paréntesis de intimidad. Y también puede ser (principalmente como recurso literario y ya no solamente epistolar) el vehículo de secretos o elementos que resulten cruciales para la trama.

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En realidad, este ensayo tenía toda la intención de ser una lista de las mejores postdatas, o mis favoritas, en las relaciones epistolares literarias o quizá en novelas epistolares tan magistrales como Drácula de Bram Stoker, construida no solo a base de cartas, sino de diarios, notas de periódico e incluso la bitácora de viaje de un capitán de barco. La que inspiró esta idea, sin embargo, aunque modesta, las supera todas, y la búsqueda de las demás habría sido solo un simulacro de democracia.

Esta postdata se encuentra en la casi-novela, casi-monólogo epistolar que constituyen las cartas de amor (que no me atrevo llamar correspondencia, porque sentimentalmente no había tal) de Gilberto Owen a Clementina Otero, entre abril y noviembre de 1928. Para enmarcar esta postdata mencionaré algunas características de estas cartas y, en particular, de sus finales.

Una postdata no debe llevar la inscripción «P. D.» para ser tal. En su furor epistolar, Owen termina a veces las cartas de manera abrupta, sin separar la última frase como postdata, en la que no obstante prevalece ese carácter ambiguo que ya he mencionado: la premura deseosa de nunca terminar. Al final de la carta del 10 de junio, Owen simplemente cierra: «Me parece que si no acabo voy a llorar muy cursi», sin firma siquiera. La carta del 23 de junio consta de cuatro preguntas o planteamientos numerados; la cuarta funciona, nuevamente, como postdata: «¿Por qué no me ama usted?». Dos días después escribe otra carta que acaba con un una declaración arrepentida pero falsa: «Última carta que la mortificará», a la que sigue una postdata que abre nuevos temas de conversación y en la que le pide un retrato suyo para que «en el verdadero desierto a que me voy, me ayude a recordarla», lo cual apunta, obviamente, hacia más cartas futuras.

Conforme avanzan los meses y con la partida de Owen a Estados Unidos, una idea fija domina sus misivas: casarse con Clementina. La correspondencia oscila entre un tono amoroso, imprecatorio, desquiciado y tierno. De las pocas cartas que le envió Clementina no tenemos evidencia. Desde las cataratas del Niágara manda una postal que dice: «La recuerda incesantemente, sin prisa, pero sin descanso, Gilberto» (30 de julio). En otras cartas, la postdata ocupa una o dos páginas enteras, es decir, es otra carta en sí misma; las hay con más de una postdata, marcadas la segunda y subsecuentes con el título de «otra». Hay una postdata («otra») que comienza con la maravillosa frase: «Mi vida es un limón,» sin mayor explicación. Pero la que fue motor de este breve ensayo es la que no lleva la indicación de postdata al final de la carta del 3 de julio. La carta termina «¿Voy en diciembre a casarme con usted? La adora, Gilberto.» En  letras diminutas, una frase ocupa la misma extensión que la firma, al calce: «Escríbame o me mato.»

El tamaño de la letra, casi ilegible, y la amenaza directa son un lado de la moneda. El otro es la dulzura enloquecida de la carta, donde da por sentado un «sí» que nunca ha recibido de Clementina. Esta postdata es sobrecogedora por la pulsión destructiva, confesa en la letra que es casi un susurro (una declaración avergonzada pero firme), pero la información no es nueva: ya antes, el 1 de julio en una carta fechada «Me parece que en el infierno,» Gilberto le ha escrito: «Le voy a ser fiel un año. Al año me enamoraré de la muerte y me pegaré un balazo.»

Los finales y postdatas de las cartas de Owen a Clementina tienen esa cualidad que puede ser a veces categórica, a veces un nuevo hilo que se extiende al infinito; como su amor por ella, son expresiones de la voluntad contradictoria de dejar ir y de quedarse, una tendencia que marca su biografía entera, una vida de huir y añorar la patria natal. Esta condensa la rebeldía esencial de la postdatas: contradice la estructura y tono del resto de la carta, y expone con mucha claridad el discurso siempre ambivalente de Owen, en su poesía y en su vida. Nos deja ver el aguijón del enamorado que se ha expuesto, voluntariamente, al rechazo y él solo ha fabricado la historia de un amor no imposible, sino inexistente: como declara Clementina en otra parte, «amaba al poeta, mas no al hombre.» En estas cartas, Clementina es solo un espejo, no un destinatario.

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Más allá de la escritura, la postdata es una expresión común del discurso hablado: la usamos diariamente, por ejemplo, cuando añadimos al final de una frase un «supongo», «creo» o «espero»; un «debería», un «más te vale». Una de las características del lenguaje verbal, es decir, de todo idioma, es que es lineal: cada letra se ordena una tras otra y cada sonido se pronuncia uno tras otro. Pero el pensamiento no funciona linealmente. No soy neurolingüista, pero mi experiencia humana me dice tres cosas:

a) Muchas veces no pienso en palabras.

b) Tengo más de un pensamiento a la vez: no he terminado una «oración» en mi cabeza cuando ya comencé otra, lo que me lleva a pensar que:

b. 1 Quizá la sintaxis del pensamiento sea más sintética y fragmentaria que la del lenguaje escrito, más parecida a una taquigrafía.

c) Mi pensamiento no siempre sigue el orden establecido de la escritura (sujeto-verbo-complementos, si es una oración; introducción-desarrollo-conclusión, si es una idea).

Si el pensamiento no funciona linealmente, ¿por qué debería hacerlo la escritura? Esa misma pregunta yace detrás de formas que en su momento transgredieron los moldes narrativos, como el flujo de conciencia y la escritura automática. De manera más sutil, el famoso poema de William Carlos Williams, «This is just to say», da esa impresión de ser una postdata o añadidura a algo más; muchos poemas se valen de este recurso, el de comenzar con algún deíctico (esto, este, ese), con alguna conjunción (y, pero, además) o, simplemente, con minúsculas para dar a entender que el asunto principal del poema está en otra parte, elidido. La postdata es un subterfugio necesario ante la linealidad, una trinchera que nos permite hacer más maleable la materia, la voz más parecida a la forma en que transcurre internamente el pensamiento.

Alguien vivió aquí || Someone Lived Here (libro de poesía de Aurelia). 

Imagen destacada: Enciclopedia de la Literatura en México (Elem)