Mañana Torcello

Por Alejandro García

Conocí a Bruno Cáceres hace unos años, quizá diez o doce. Era una tarde de verano en Xico, Veracruz. Nos había invitado una amiga en común, Esperanza Salvatierra, que se acababa de divorciar y le gustaba organizar grandes tertulias en su casa de pueblo, como decía ella. Había más de cincuenta personas, entre los que se encontraban escritores, actores y músicos que vivían en Xalapa y otros pocos que viajábamos desde la Ciudad de México. Eran tardes muy animadas, con mucha música, declamaciones y pláticas acaloradas sobre el momento cultural que vivía el país. A pesar de que yo nunca logré hacer algo artístico en mi vida, disfrutaba la compañía de esos seres fuera del tiempo que podían darse tres días entre semana sólo para estar en Xico, disfrutando de su existir.

Después de la inevitable neblina llegó la noche y solo nos quedamos los amigos más cercanos o los que pretendíamos pasar la noche con Esperanza: pretensiones siempre fallidas, por otro lado. Me acuerdo del amanecer, el momento del desayuno y del sol de mediodía. Durante la fiesta, Bruno Cáceres y yo nos vimos y nos saludamos, pero no hablamos nada. Al otro día, por la mañana, él ya estaba bañado y con su saco de color claro tomando café… el café más delicioso del universo, debo decir. Podría hablar más del café que tomé en casa de Esperanza que de Bruno Cáceres: ese sabor entre niebla, madera, tierra bañada por la lluvia… Había otras cuatro o cinco personas deambulando por ahí. No recuerdo quién preparó las cafeteras italianas ni qué comimos. Todo era lento y nebuloso, como las sombras de las botellas vacías que se difuminaban con el movimiento aparente del sol. Empecé a hablar con Bruno sobre literatura. Él era una especie de académico, con un pie en el cieno del río de la burocracia y otro en el remolino del mar de la creación. Se dedicaba al teatro, lector de dramaturgia, fanático de la mimesis. Prefería estudiar a Lope de Vega y a Calderón que a Cervantes; a O´Neill, Beckett, Camus o Müller antes que Canetti, Hemingway, Paz o García Márquez; Chejov en lugar de Dostoievski. Inevitablemente llegamos al tema que después acabaría con su vida: el premio Nobel. Decía que había sido un gran acierto de la academia dar el galardón a gente como Maeterlinck, Pirandello, Gao Xingjian o Dario Fo. Extrañaba que los suecos nunca hubieran nombrado a Václav Havel, Strindberg, Ionesco o, de manera más reciente, a Peter Handke. Hablaba sin ton ni son, sacando nombres por debajo de la manga, sin ningún orden aparente. Te podía hablar de Jelinek y al minuto siguiente estar diciendo maravillas sobre Bulgákov o algún poeta serbio de finales del XIX o citar versos del libro de Pantagruel. Por cierto, me acuerdo de uno que me hizo reír, aunque ahora no sé por qué:  

Cuanto más tiempo permanecía, más asado quedaba;

Cuanto más asado, más tierno estaba.

En eso estábamos cuando le pregunté sobre Harold Pinter. Era uno de esos que quizá se merecían el Nobel y nunca lo obtuvieron, como Borges o Proust, incluso Joyce. Además, casi toda la producción literaria de Harold Pinter era dramatúrgica. Bruno me miró como desencajado. Me acuerdo mucho de su mirada, como no entendiendo qué quería decir. Con la pupila dilatada tosió un poco, se limpió la comisura de los labios con una servilleta de tela y me dijo que Harold Pinter sí había ganado el Nobel, justo un par de años antes de morir. No supe qué contestarle en ese momento, pero, afortunadamente, Esperanza llegó al rescate. Traía puesto un vestido azul que enaltecía su andar pausado y el ritmo de sus rizos rebeldes en contraste con la luz del mediodía. Antes de cambiarme de sitio para estar más cerca de la anfitriona le dije a Bruno que Pinter nunca había ganado el Nobel, eso era así y nada que hacer.

Cuando nos estábamos despidiendo Bruno se me acercó y me pidió que nos viéramos en la Ciudad de México. Dijo que había disfrutado mucho nuestra plática y que le gustaría hablar más sobre Harold Pinter.

—No puedo demostrarlo ahora, pero estoy completamente seguro de que Pinter ganó el Nobel en 2005 —dijo Bruno Cáceres estrechándome la mano.

Aquella semana se estrenaba en los teatros de la UNAM un nuevo montaje de Traición, de Pinter. Le dije que podíamos ir juntos, yo conseguiría las entradas y a la salida podíamos ir a tomar una copa a San Ángel. Aceptó.

Los días antes de que me encontrara con Bruno afuera del teatro Sor Juana fueron de lo más extraños. Algo me obligaba a abrir el tema de Harold Pinter y descubrí que muchas personas pensaban que en algún momento el dramaturgo inglés se había ganado el premio. Era algo insignificante, del mismo modo que muchos creen que el asesino de Lennon se suicidó en la cárcel o que Conan Doyle escribió la frase «Elemental, mi querido Watson». Aún así me inquietaba. Sobre todo había un imaginario colectivo que afirmaba que el autor de La Habitación o El montaplatos, había ganado el prestigioso premio en 2005, año en que lo ganó el norteamericano Philpp Roth. Yo no entendía por qué manifestaban esa incongruencia. Pinter había sido un autor bastante representado en México, pero no tanto como lo había sido Strauss o incluso otros ingleses como Neilson, Stoppard o la rarísima Sarah Kane. ¿Por qué el error? ¿De dónde nacía? ¿Por qué el inconsciente colectivo insistía en premiar al escritor inglés?

Al final de la puesta en escena, aún sentados en las butacas, Bruno rebuscaba en el programa de mano la alusión al premio Nobel que obviamente no iba a encontrar. Salimos del teatro y caminamos en silencio hasta mi auto.

—¿Por qué habrán cambiado así el texto? —me preguntó Bruno mientras yo manejaba.

—Siempre, en todas las obras de teatro hacen pequeñas alteraciones de texto, pero la verdad es que yo no noté ninguna que fuera significativa —le contesté.

—Sí, sí. Lo entiendo. Pero… ¿Burano?

—¿Qué con Burano?

—La escena cinco, cuando Robert y Emma están de vacaciones en Venecia.

Yo conocía a la perfección esa escena. En el taller de teatro de mi universidad había una muchacha que me gustaba y en el último semestre presentaron Traición. Ella hacía de Emma y su escena favorita era la cinco. Decía que era la situación dramática por excelencia, el centro de la obra, donde todos los conflictos se desataban y las pasiones hundían por completo a los personajes. Habían pasado casi veinte años desde que le ayudé a aprenderse los diálogos, pero cuando la representación de esa noche llegó a la escena cinco me di cuenta de que todavía me sabía todos los textos. Con la memoria invadida por el recuerdo de un amor juvenil puedo afirmar que no noté que hubieran cambiando nada, al menos en esa famosa escena cinco. Claro que el monólogo de Robert sobre el duque de Venecia es hilarante y siempre hay algún error, pero no era para tanto. Bruno insistió en que algo no le sonaba.

—¡Es Torcello! —dijo, como si en realidad quisiera gritar ¡Eureka!

—¿Cómo que Torcello?

—El diálogo es: Mañana Torcello, ¿verdad?, eso es lo que dice Emma, es la primera línea de la escena. Luego Robert le pregunta, ¿Qué?

—¿Torcello? —le pregunté sin entender nada. Yo nunca, nunca en toda mi vida, había escuchado siquiera la palabra «Torcello».

—¿Qué vas a hacer mañana? —preguntó Bruno y en su mirada podía divisar la locura, la desesperación y algo de detective frustrado que necesita un whiskey—. Nos vemos en la colonia Roma: Álvaro Obregón e Insurgentes. Por ahí vive una amiga que tiene en su biblioteca todas las obras de teatro de Pinter. En inglés, español y algunas otras traducciones. Verás que el texto original dice Torcello.

Acepté con algunas reticencias. ¿Finalmente qué me importaba si decía Torcello o Murano o Burano? ¿Qué diferencia haría una u otra cosa? ¿Y qué demonios era Torcello? Le pregunté que qué era eso y otra vez vi esa mirada desencajada en su rostro. Incluso me atrevo a decir que empalideció y su voz se puso rara. Cáceres me explicó que era una isla muy cerca de Venecia, a un lado de Burano. Una isla en la Laguna Véneta, casi inhabitada. La diferencia era que Robert, el personaje de Traición, se iba a Torcello a leer a Yeats, sabiendo que su mujer le era infiel con su mejor amigo, Jerry. Bruno no concebía que Robert se fuera a Burano, una isla híper poblada. Él necesitaba la tranquilidad de un sitio como Torcello. La historia me pareció increíble e inverosímil. ¿Cómo es que yo nunca había oído hablar de esa isla? Además, ya lo he dicho, yo conocía la obra de Pinter perfectamente. Incluso le ayudé a aquella chica a traducir unas escenas que no habían quedado bien. ¿Tendría esto algo que ver con el Nobel de Philip Roth en el 2005?  ¿Con la insistencia de Bruno con que Pinter era el verdadero galardonado de ese año? Admito que cuando él se bajó del auto en el centro de Coyoacán me sentí aliviado. Suspiré e inmediatamente caí en cuenta de que había aceptado ir a la biblioteca al día siguiente. No lo podía creer. Pero, por otro lado, algo me llamaba, algo así como los tambores que ensordecen las escenas de El amante.

Esa noche soñé que Pinter sí había ganado el Nobel y que yo iba a ver una obra de teatro que se llamaba Asches to asches. Yo no era un fanático de Pinter (luego, por culpa de Bruno Cáceres, lo fui), pero estoy seguro de que nunca había escuchado hablar de una obra que se llamara así. Cuando desperté y fui al baño, por un instante muy breve, pensé que Pinter había ganado el premio Nobel de literatura en 2005. Luego recordé que eso era falso, que el ganador de ese año era Philip Roth. Tuve que decirlo en voz alta. Me enojé conmigo mismo y pensé que todo era culpa de Bruno Cáceres y sus extravagancias que más parecían necedades de un viejo prematuro.

colonia roma

Llegamos a la biblioteca de la amiga de Bruno, una señora, viuda, argentina, guapísima que estaba leyendo un libro titulado Los lobos del desierto. No sé por qué lo menciono, solo me vino a la mente. Mientras él rebuscaba en los libreros de la biblioteca yo compartí un mate con la anfitriona de esa mañana que ahora se ilumina en mi memoria. Su nombre: Alicia Furey, tenía unos ojos tocados por algún dios olvidado por occidente.

Bruno se acercó a nosotros con tres tomos: teatro reunido, en editorial Losada; Todo Pinter/ Teatro, en una editorial que yo jamás había visto, empastado en cartón y hojas de papel cebolla: una porquería de libro y además en argentino, con localismos como Che, Vení, etc… ; y Plays, de Faber & Faber. Yo busqué en Losada, Alicia en Faber & Faber y Bruno se conformó con el otro, el feo. En las tres ediciones decía Burano. Mi amigo (que a estas alturas ya era mi amigo) se sentó y no dijo nada. Alicia fue a la cocina y trajo tres vasos de Fernet con Coca-Cola.

—No puede ser —dijo Bruno tomando el Fernet.

Luego, como si la manzana de Newton le cayera en la cabeza fue a buscar mapas y atlas del mundo. Llegó a la mesa con rollos y otros libros viejos e inquietantes. Nos propuso buscar Venecia, la Laguna de Véneto, Murano, Burano…

—Y ahí, junto a Burano, debe estar Torcello. Debería estar ahí… ¿por qué no está?

La búsqueda fue totalmente infructuosa. Por un momento me sentí como Bioy Casares en «Tlön Uqbar Orbis Tertius». La comparación es tonta, lo sé, pero por un momento me sentí así. Quizá fue la voz de Alicia que decía:

—Y che, no pasa nada, estamos vivos, disfrutemos la vida.

Yo le tomé la palabra y después de un mes de vernos en cafés y terminar en hoteles de la Zona Rosa, me fui a vivir con ella. Fueron cinco años maravillosos. Otro día contaré cómo acabó todo con Alicia Furey esa primera vez.

En esos cinco años mi mejor amigo fue Bruno Cáceres. Poco a poco fue olvidando todo el tema de Pinter y se puso a leer la obra completa de Philip Roth. Después de mi separación con la ninfa argentina nuestra amistad fue aún más poderosa. Me ayudó mucho en el duelo y hasta me consiguió un puesto en una revista que llevaban unos jóvenes muy adinerados. Yo no pertenecía al mundo de las letras de facto, pero el diseño gráfico siempre fue mi fuerte, así que encajé bien en el equipo.

Con Bruno iba al teatro, a museos y al cine. Poco a poco nos volvimos los típicos viejos que van a fumar al mismo café y pasan horas hablando de libros, mujeres y de los tiempos en que íbamos a fiestas y hacíamos viajes por el mundo. Quizá fue por la nostalgia de esas pláticas que por esas fechas concretamos un recorrido por Italia. Yo me quedé en Roma y él insistió en irse una semana a Milán, pero yo sabía que iba a Venecia. Le dije que conmigo no tenía que jugar a esas cosas, que si quería ir a Venecia a buscar su isla perdida que fuera, no me tenía que mentir. Una semana después nos vimos en Nápoles. Él estaba radiante y ya por teléfono me dijo que lo había descubierto todo, que ya sabía qué era lo que estaba pasando. Esto fue hace dos, tres años.

Fuimos a cenar y después de dos botellas de vino, Bruno empezó con la historia. Hasta ese día me di cuenta de lo importante que todo eso era para él: había llegado a Venecia y fue a Burano. Ahí contrató un bote de motor y llegó al lugar que él conocía como Torcello. Me dijo que en el sitio había un museo y muchas ruinas de una antigua basílica que había sido destruida por Atila el Huno en el 451-52.

—¿Ahora lo entiendes? —dijo Bruno, pero yo no entendía nada—. Voy a tratar de explicártelo, pero no te alteres ni te vayas a ir. Por favor, déjame exponer toda mi teoría.

Hizo una pausa, tomó un gran trago de vino tinto y con los ojos llenos de fuego empezó a hablar, a contarme aquello que él llamaba su teoría.

—Vivimos en un universo que tiene pares dentro de otra súper estructura llamada multiverso. Esto no lo estoy inventando, es física contemporánea. Con cada ramificación del tiempo se crean diversos universos donde suceden todas las posibilidades de la materia. Por lo tanto hay una cantidad infinita de universos que responden a la cantidad infinita de tiempo. Cada universo es una posibilidad distinta de lo que es y de lo que fue y de lo que será. En muchos de esos universos, en la mayoría, de hecho, no existe la vida, porque la partícula que originó el pulso vital en nuestro universo no llegó a existir en otro que a su vez generó otras posibilidades bifurcadas millones de millones de veces. Hay un universo donde sigues viviendo con Alicia. Otro donde tú y yo nunca nos conocimos. Hay otro universo donde nos conocimos pero morimos en la carretera de Xico a Xalapa.

—Hay un universo donde nunca llegamos a existir porque nuestros padres no se conocieron —dije, un poco para que se diera cuenta de que entendía la idea y que siguiera adelante.

—¡Exacto! Ahora te voy a hablar de otra cosa, pero que tiene toda la relación. Toda la materia de este universo tiene la particularidad de estar formada por átomos y los átomos están formados de partículas mucho más pequeñas, las así llamadas subatómicas. Están en ti, en mí, en este vino, en el sol, en todo. Y también en la mente, en la electricidad que conduce un pensamiento. Esas partículas que le dan sentido al universo también son las responsables de saltar a otros universos e incluso crearlos. Yo, mi querido amigo, crecí en un universo donde Atila el Huno no destruyó hasta los cimientos todos los edificios de la isla de Torcello. En el universo donde yo vivía, la población de esa isla en la laguna Véneto prosperó y fundó la iglesia de Santa María Asunta. Tú no sabes nada de eso y ningún libro de este universo recoge esa información. ¡Pero yo lo sé! Porque mi pensar saltó de ese otro universo, que llamaremos Z, a este, que llamaremos X. Al existir Torcello en Z, Pinter pudo mandar a Robert a una isla tranquila a leer a Yeats. Esa tranquilidad, esa calma, contagió a Pinter y le dio la sabiduría de escribir la poesía…

—Pinter nunca escribió poesía.

—No en este universo, porque el Harold Pinter que habita en X no conoce Torcello. El Harold Pinter que habita en Z sí, y por eso escribe poesía y escribe obras que no conoces pero que yo vi en escena, como Cenizas a las cenizas o Tiempo de fiesta.

No le dije nada sobre mi sueño, pero confieso que el que mencionara el título de la obra Asches to asches, me estremeció por completo.

—Entonces, aquí viene lo fuerte: a Harold Pinter Z le dieron el Nobel, por lo tanto yo no pertenezco a este universo. ¿Me entiendes? Yo no soy de aquí. ¿Entiendes? Yo di un salto, o por lo menos las partículas que forman mis ideas. No sé… Quizá Bruno Cáceres Z, de algún modo que no alcanzo a comprender, logró comunicarse conmigo, que soy Bruno Cáceres X. ¿O soy Z?

Pasamos toda la noche hablando sobre física cuántica, teorías novedosas e incluso formulamos muchas otras que ahora ya no recuerdo. Cuando regresamos a México, Bruno se obsesionó por regresar o por comunicarse de manera consciente con lo que él llamaba su doble, su doppelgänger cuántico, su Z, o más bien su Y, porque él, que se asumía como X, decía, era un producto de otro universo preexistente, por lo tanto Y, y no Z. No contemplaba la simultaneidad sino el encadenamiento de acciones, lo cuál, al menos para mí, constituía un error infantil en todo su razonar.

Regresó varias veces a Xico para ver a Esperanza. Decía que el pueblo mágico era la clave. Ahí había empezado todo. Ahí había perdido o accedido a X. Antes de esa mañana su universo era estable y no había dudas sobre la historia que le precedía. Quizá la neblina era la responsable o la facilitadora de esos cambios. Quizá era el punto geográfico que hacía de espejo con el otro universo. Todo eran teorías, imaginaciones, dislates; intentos fallidos por alcanzar una idea imposible. Yo no sabía cuál era mi papel en todo eso… intenté apoyarlo, como amigo, como cómplice. Cuando las cosas se pusieron más serías traté de disuadirlo, pero fracasé rotundamente.

niebla

En todos los viajes que hizo a Xico no volvió a toparse con la neblina que antes predominaba en la zona. Gastó todo su dinero en investigaciones geológicas del sitio. Le compró la casa a Esperanza. Hizo excavaciones, llamó a médiums, científicos, físicos y religiosos de todo el mundo. Se endeudó más de lo que yo creía que alguien se pudiera endeudar, pero todo fue fallido: nada hacía que su realidad cambiara de nuevo. Al final (que llegó de manera precipitada) no tenía qué comer y todo estaba en ruinas. Fue un desenlace triste, algo deprimente. Me daba mucha pena ver cómo se consumía, ver a todo su ser, la magnífica persona que él era, volverse nada.

Encontré su cuerpo flaco e inerte una tarde en que fui a visitarlo a Xico. Me pareció muy extraño que la neblina fuera tan densa. Incluso tuve dificultades para encontrar la puerta de entrada. Su piel estaba aún tibia. Él estaba tirado en la sala y sobre la mesa de centro había café caliente, humeante.

Dos semanas después de la muerte de Bruno Cáceres me fui a Coatepec a descansar de todo el ajetreo que fue el funeral. Una tarde de neblina vi a Alicia caminando por la plaza. Inevitablemente me levanté del café y fui a saludarla. Me preguntó por Bruno y le di la noticia. Se enojó muchísimo. Me dijo que yo no tenía derecho a negarle el funeral de su amigo, aunque entre nosotros hubiera pasado lo que hubiera pasado. Le pedí perdón mil veces. Le dije que tenía razón y que me arrepentía. Se quedó conmigo en la posada. Recuerdo que afuera llovía y olía a café. Hicimos el amor de forma desesperada y torpe; exigiéndole a la vida consuelo, como cuando hay una muerte en el medio de toda acción que sugiere una cálida sensualidad. Terminamos tan abatidos que nos dormimos en un instante, acaso con alguna lágrima por nuestro amigo Bruno Cáceres.

En la mañana fuimos a desayunar a Xalapa, a un lugar llamado el Café-tal Apan. Durante la sobre mesa ella fue al baño y yo tomé una revista de un pequeño librero. Era julio, hace apenas tres meses, así que lo tengo fresco. En la portada había una foto de Murakami y el encabezado decía PRONÓSTICOS PARA EL NOBEL, HAGAN SUS APUESTAS. Abrí la revista en la página del artículo que mencionaba a los ocho favoritos. Pensé que estaba viendo mal y mi corazón dio un respingo cuando en el número dos de la lista de candidatos al Nobel nombraban a Philip Roth. Cerré la revista y me tomé el café de un solo trago. Dejé dos billetes y me levanté de la mesa. En el pasillo encontré a Alicia. La jalé del brazo y tomamos el primer taxi a la terminal de autobuses.

Hace unos días, cuando vi quién ganaba el premio Nobel de Literatura del año 2016 constaté que Bruno Cáceres tenía razón en todo.


Alejandro García ha tenido una trayectoria errática que incluye la escritura de obras de teatro, cuentos y novelas, así como desempeñarse como director de escena y actor. Beneficiario de las becas «Sin Currículum» (UNAM, TLS), en 2009, «Fundación para las letras mexicanas» en 2009-2011 y «FONCA, Jóvenes Creadores» 2016-2017. De su obra literaria se han publicado dos obras de teatro: La noticia y Una vocecita vestida de pavor; un ensayo dramático, El grito de Munch, y la novela La víspera de las ortigas, ganadora del «Premio Nacional de Narradores Jóvenes María Luisa Puga 2007». Sus obras de teatro han participado en festivales internacionales, presentándose en México, España, Chile, Uruguay y Argentina. Actualmente trabaja en su próxima novela y cursa la Maestría en literatura hispanoamericana en El colegio de San Luis.