Edición sin salvación

Por Guillermo Núñez

Se nota que son tiempos interesantes cuando los editores comienzan a dar entrevistas. Es un fenómeno que en nuestro país está acompañado por la facilidad con la que un escritor puede mutar, a veces en un mismo día (o en una misma hora), en un periodista cultural, un crítico literario, un traductor, o incluso un editor o un opinador en algún medio masivo. Hay policías escritores, escritores que trabajan como administradores en corporativos energéticos, abogados que “coquetean” con la pluma; pero el fenómeno al que me refiero es de otro calibre, ocurre más bien en los calabozos, tan común entre la gente que conozco de manera profesional. No me sorprende, tampoco, el peso con el que han calado las ideas de Franco Berardi o las ocurrencias de Byung Chul Han, y sus imitadores, en torno al trabajo intelectual en nuestra época, especialmente en nuestra geografía. En el gremio de los escritores, el trabajo intelectual apenas puede lograrse sin hacer múltiples trabajos (aunque todos ellos ocurran en una siniestra vecindad). Es algo que señaló Samanta Schweblin en una entrevista reciente: por un tercio del trabajo que hacía en Argentina, puede vivir en Berlín. En un ambiente así las fantasías apocalípticas ya empiezan a cobrar algo de optimismo: ¡finalmente tendremos que olvidar los cierres de edición y ponernos a cultivar sembradíos!

Es triste, se trata de una obviedad: en México el escritor se ha profesionalizado también como crítico, como columnista (a menudo vergonzoso), como editor (a veces con decencia), como traductor o como afinatextos. Y entre ese engranaje, a veces, también aparece una obra literaria, toda vez, claro, que el escritor no se dedique solamente a ser un publirrelacionista o un tuitero profesional (y que no se olvide, por favor, que vivimos también en una época genial para las “opiniones no populares” y los tuits -e, incluso, los memes- que se venden a veinte mil pesos). Entre el zapping profesional más o menos esquizofrénico del cognitariado y cómo se encaja en el mediodía tanto de la opinión como de la noticia falsa pero pagada, creo que es natural, también, que el editor se conceda dar entrevistas: es una figura necesaria. Se supone que tiene criterio, discernimiento, ¡es capaz de mochar lo que sobra! ¿Y no sobra demasiado? Pero también, si volvemos a revisar los libritos condenatorios de André Schiffrin (La edición sin editores, 1999; El control de la palabra, 2005; ambos publicados por Era), ¿no es cierto que presumirse como editor, hoy en día, es heroico pero también sospechoso? Se presta al chiste con eco: “Soy editor” es el nuevo “soy standupero”.

Hay algo de mundo al revés: parece que sólo el editor “independiente” (sufriente) puede permitirse ser un auténtico editor (uno que publica de acuerdo a su gusto y criterio, aunque la casa arda y se empape de un romanticismo crístico); mientras tanto, el editor que tiene el respaldo de una gran casa editorial, o multinacional, sólo puede permitirse seguir la senda de los números, convirtiéndose en el mejor de los casos en un inversionista y en el peor en un mercachifle. Diego Rabasa, en su texto “Refugio constelar”, lo puso así: “La inmensa mayoría de los proyectos editoriales, librescos o en forma de revista, tienen un sustento nefando en la atracción de capitales privados o públicos que en realidad condenan a la simulación al artefacto artístico”. Pero así es este mundo, ni modo: no todos podemos mudarnos a Berlín.

Sin el ánimo humanista con el que se aderezan tantos proyectos, me acuso como un creyente, aún, del aspecto más o menos heroico y suicida del trabajo editorial, y de la vocación del escritor. Hay que creer en algo, después de todo, aunque implique sacrificio, en esta época “tan seria que se muere de risa ante la posibilidad de que pudiera ir en serio”.