Entrevista a Romeo Tello: el editor lejos de Excel y de las pasarelas

Por Romeo Tello A.

  • ¿Cómo comenzó tu carrera de editor?

De forma más bien accidental. Estudié Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, la verdad más por obedecer los tácitos designios de mi padre que por una verdadera vocación literaria (yo quería estudiar filosofía, aunque ciertamente me gustaba, y me gusta, escribir). En la carrera hice mi servicio profesional con un maestro que tenía una revista y, antes de titularme, me invitó a trabajar ahí, a la revista Este País. En ese lugar hacía un poco de todo: era asistente de producción, editor web y, sobre todo, corrector de estilo. Esta experiencia fue definitoria. Aprendí mucho; tuve, además, un primer gran maestro: Hugo Vargas, el entonces editor de la revista. Aprendí la importancia de ser minucioso y acucioso, de revisar los diccionarios ante cualquier duda, pero también lo imprescindible que es tener criterio, de no querer reescribir el texto a tu gusto o estilo personal, de no querer corregirle la plana al autor. Si un texto requiere cambiar solo una coma, está bien, hiciste tu trabajo. Considero, por cierto, que todo editor debería empezar su carrera por ahí: como redactor y corrector de estilo (y, por supuesto, me parece indispensable que todo editor tenga sólidos conocimientos gramaticales, ya no digamos ortográficos).

Después hice una breve estancia en una editorial infantil brasileña, Callis Editora, donde también hice un poco de todo, incluso traducción. Luego tuve la beca de la Fundación para las Letras Mexicanas. Menciono esto porque en mis días de la Fundación solía decir que quería hacer una maestría en Edición, en España. Ahora me doy cuenta de que eso era una fantasía un tanto vaga y escapatoria: una forma de pensar en irme del país y de no tomarme tan en serio mi vocación o mi carrera de escritor. La maestría nunca la hice, tampoco me fui del país, pero seguí ejerciendo como editor y aprendiendo sobre la marcha. Edité dos números de la muy hermosa (o al menos lo era entonces) revista Pliego 16, de la FLM y poco tiempo después entré a trabajar al CONACULTA, al que fuera mi primer trabajo de la vida adulta, como editor de la Dirección General Adjunta de Proyectos Históricos, que encabezaba el doctor Enrique Florescano. Me tocaron los festejos del Bicentenario y estuve en esa oficina gubernamental dos años. Después —tras una noche que fue una verdadera carambola de muy felices azares y cuyos pormenores contaré en otra ocasión— me ofrecieron trabajo en Santillana, como editor de Taurus. En Santillana también estuve dos años y tuve otro gran maestro: Ramón Córdoba, editor de Alfaguara y veterano de las Guerras Psíquicas. Luego vino la fusión con Penguin Random House y en esta casa editorial he estado desde entonces, solo que ahora soy editor de los sellos Literatura Random House, Reservoir Books y de la colección Contemporánea de Debolsillo.

  • ¿Cuál consideras es la mayor responsabilidad que tiene un editor?

La mayor responsabilidad que tiene un editor es el cuidado mismo de la obra que tiene en sus manos y a la cual ayudará a llegar a las manos del lector. Todo el trabajo del editor debe estar dirigido a que ese libro —todo libro del que se ocupe— se acerque lo más posible a la mejor versión de sí mismo, a la versión ideal, por llamarlo de alguna manera (y no, de ninguna manera, el texto que a él le hubiera gustado escribir).

Por otro lado, hacer libros no es precisamente barato, y el editor —ya sea que trabaje con recursos propios o que gestione el capital de una empresa más o menos grande— tiene el privilegio y la responsabilidad de decidir en qué obras invierte el dinero necesario para convertirlas en libros. Si se trata de un editor independiente, por supuesto, tiene todo el derecho de decidir qué libros publicará, sin otro tipo de consideración que su gusto, su olfato literario o su ambición comercial. Pero cuando se trata de grandes grupos editoriales, ya no se diga de editoriales estatales, estas consideraciones deben ampliarse y volverse mucho más rigurosas. Un conglomerado editorial, que aglutina diversos sellos que en su momento fueran editoriales independientes, con sus particulares tradiciones y prestigios, no puede evadir la responsabilidad social al momento de elegir cada uno de los títulos que lanzará al mercado. Independientemente de que trabaje con capitales privados, las editoriales deben tener presente que generan un producto de características muy especiales, un producto cultural. Me atrevería a decir: un producto espiritual (deslindando este adjetivo de toda resonancia religiosa).

Los grandes grupos editoriales multinacionales tienen una capacidad de distribución y promoción de sus obras que otras editoriales —ni independientes ni estatales— no tienen, y este poder debería ir de la mano de una gran consciencia: publicar siempre y solo los mejores libros, independientemente de amiguismos y conveniencias personales. Claro, estoy pensando en los sellos literarios de estos grupos; los sellos comerciales se rigen por otros criterios y consideraciones —aun así, creo que la rentabilidad comercial nunca debería ceder ante contenidos éticamente reprobables.

  • ¿Qué tan importante es tener una buena relación con los escritores?

Fundamental. Pero esto hay que precisarlo. Es muy importante, como editor, tener una buena relación con los autores, porque es necesario que ellas y ellos confíen en ti, en tu capacidad y criterio, en las decisiones que tomarás en torno a su obra. Como toda relación laboral, debe ser respetuosa y cordial, pero, en este caso, debe ser aún más que eso, pues la materia prima del trabajo —el texto— está tremendamente cargada de emociones, expectativas, ideas y, sobre todo, de tiempo.

Ahora bien, todo esto no quiere decir que como editor tengas que ser o convertirte en amigo de todos los autores con los que trabajes. Puedes, incluso, estar en desacuerdo con muchas de sus posturas públicas, pero tu respeto al texto debe ser totalmente ajeno a esas posibles simpatías o antipatías. El mundo cultural, quizás en particular el mexicano, cada vez tiende más a la personalización, al culto a la figura pública, a la pequeña o gran celebridad. Y, en ese contexto social un tanto perverso, las amistades entre editores y escritores adquieren cierto relumbre, cierto glamur. Todo esto me parece un poco vulgar. Si surgen verdaderas amistades (como puede ocurrir en cualquier situación laboral) entre editores y autores, qué bueno y qué fortuna que así sea. Pero si estas amistades se sostienen únicamente en el despliegue público —en el intercambio de comentarios y alabanzas en redes sociales, en las presentaciones de libros, en ferias, fiestas y festivales—, eso no es amistad, eso es ser cortesanismo.

  • ¿Cuál es tu experiencia al convivir con autores nuevos y leer sus textos?

He tenido la suerte de trabajar con escritoras y escritores que publican su primer o su segundo libro en alguno de los sellos que yo edito, principalmente en Caballo de Troya o mediante el Premio Mauricio Achar / Literatura Random House, que la editorial otorga cada año junto con librerías Gandhi. En términos generales, la experiencia de trabajar con estos autores es muy placentera. Si pudiera utilizar otras palabras que no rezumaran cursilería y melcocha lo haría, pero me temo que no las encuentro: sentir que uno colabora de alguna manera con la realización de un anhelo (muchas veces de años y años) como la publicación de un primer libro, es una satisfacción muy grande. Por supuesto, como todo en la vida, hay de todo: escritoras y escritores más o menos ansiosos, más o menos resistentes a los cambios o las correcciones a sus textos, con expectativas más o menos realistas, con personalidades más o menos propensas a la promoción de sus libros, etcétera. Me emociona trabajar con autores nóveles, pero no por ningún tipo de vanidad editorial; es decir, no me emociona poder decir que descubrí al Borges de mi generación o a la Virginia Woolf del siglo XX. No, me emociona y me da gusto acompañar a estos nuevos autores en el inicio de sus carreras. El mérito es suyo; sus posibles consagraciones, también.

  • Con tus palabras, ¿cómo defines la labor de un editor?

De una forma bastante simple: como un intermediario entre el escritor y el lector. Por supuesto, esta labor de intermediario implica numerosas tareas: desde la selección de la obra, negociar la contratación del libro, el trabajo del manuscrito, aportar ideas para la portada, redactar la cuarta de forros (que es una faceta fundamental del libro, porque puede atraer o repeler lectores; estos breves textos de presentación, ya lo han dicho otros, son un verdadero género literario en sí mismos), revisar las pruebas, participar en la promoción de la obra, estar atento a todas las inquietudes que pueda tener el autor una vez publicado el libro. Y, como intermediario, el editor debe esforzarse porque el libro llegue al mayor número de lectores posibles —entre los cuales, esperamos, estén sus lectores ideales (otra vez esta palabrita), aquellos para los que fue escrito el libro, aunque el autor o la autora no los tuviera en mente, aquellos que hubieran querido escribir ese libro, como algunos lectores de Rayuela llegaron incluso a reclamarle a Cortázar, a manera de halago y reconocimiento último.

Y esta labor de intermediario debe ocurrir, mayormente, en la sombra. El protagonista de este proceso no es siquiera el autor, sino el libro. Alguna vez escuché que alguien comparaba el oficio del traductor con el del bajista en una banda rock. El bajista muchas veces es quien mejor conoce la canción, quien acopla el ritmo con la melodía; su oscuro latido muchas veces puede ser discreto, pero sin este la canción se sentirá hueca. Algo parecido ocurre con la labor del traductor. Este debe ser el mejor lector del texto y su mejor intérprete. Y, como el bajista, su accionar debe ser preciso y discreto. Hay un terreno amplísimo para la creatividad en su trabajo, por supuesto, pero no para el protagonismo. Pues con el oficio del editor debe ocurrir algo similar, pero la discreción debe redoblarse. Como dije antes, trabajamos para que el libro se acerque a su mejor versión posible. Ramón Córdoba, editor de Alfaguara, dice que somos la sombra del guerrero, aludiendo a la película de Kurosawa. Me gusta pensar que en efecto somos sombras, pero prefiero pensar que no lo somos de escritores sino de libros. Aunque más vaga, también me gusta la imagen del guardián entre el centeno: eso, me gusta pensarme como un guardián, escondido o agazapado, cuya labor es impedir a toda costa que un buen libro se caiga por el despeñadero de la mediocridad o la pedantería o la irrelevancia o la inexistencia.

  • ¿Cuáles son las mejores y las peores experiencias que has tenido en esta profesión?

He tenido muy buena suerte, pues a lo largo de los ya varios (¿muchos?) años que llevo siendo editor, no he tenido ninguna experiencia realmente terrible. Por supuesto, he trabajado en libros que me han entusiasmado más que otros, y con autores con los que he tenido mayor afinidad más que otros. Y he tenido autores quisquillosos, pero ninguno irrespetuoso. Los gajes del oficio todos los conocemos. En un empleo en el que se vive en permanente deadline (o, al menos, apretadamente oscilante), el estrés es el pan nuestro de cada día. Uno se acostumbra y aprende a administrarse mejor.

Las experiencias positivas han sido muchas. Con temor a sonar, eso sí, terriblemente cursi, diría que la mejor experiencia la he vivido en varias ocasiones: cuando una autora o un autor, al terminar el proceso de revisión de su libro, agradece mi lectura, aprecia la precisión o pertinencia de mis correcciones y comentarios, y considera que mi trabajo, de alguna manera, ayudó a su obra.

  • ¿Ha cambiado mucho la labor del editor con el paso de los años?

El desarrollo de la tecnología y la aceleración de la economía capitalista han cambiado todos los oficios, incluida, por supuesto, la labor del editor. Hablando solo de la tecnología, en algunos casos esto ha sido para bien, no puede negarse, pues muchas tareas se han simplificado enormemente —como la revisión de un manuscrito en Word, asimismo, el intercambio de correcciones y comentarios con un autor que, muchas veces, vive en otra ciudad o en otro país, lo cual no es cosa menor—. Sin embargo, atendiendo a un panorama más amplio, no puedo dejar de tener una sensación de pérdida. Ciertamente, un editor es mucho más que un lector y corrector de manuscritos. Debe ser un bailarín bastante versátil. Debe ser, por supuesto, un scout de autores y un promotor de libros, y, en caso de trabajar en una empresa de ciertas dimensiones, debe ser un intermediario entre muchas áreas de la editorial (derechos de autor, diseño, mercadotecnia, producción, finanzas, etcétera). El problema es que pareciera que cada vez más todas estas tareas, todo lo que gira alrededor de libro, resulta más importante que el libro mismo. Y, por lo tanto, la tarea del editor ha ido transitando en los últimos años hacia la gestión o administración de la edición: del manuscrito a la hoja de Excel, al correo electrónico, a la junta con el equipo de Mercadotecnia, a las redes sociales para promocionar el libro. Y esto no es privativo de los grandes grupos editoriales. La presión del mercado impone este tipo de dinámicas a todas las editoriales chicas y grandes. Que los editores se vuelvan figuras más o menos públicas, porque esto ayuda a vender los libros. Que se tomen fotos con sus autores, demostrando la gran camaradería que existe entre ellos, para luego subirlas a sus cuentas de Instagram. Me parece que, en este sentido, la labor y la figura del editor han padecido uno de los grandes vicios sociales de nuestro tiempo: el deseo y la exigencia de celebridad. No deja de llamarme la atención que oficios que antes ocurrían naturalmente tras bambalinas —pienso en chefs, curadores y editores, entre otros— han adquirido recientemente un protagonismo sobresaliente. No digo que estas profesiones no sean fundamentales, digo que me sorprende e incomoda este fenómeno de rockstarización. Y más allá de los casos particulares de inflación de ciertos egos, lo que me molesta realmente es que este protagonismo que se le ha dado a estos oficios es sistémico, dirigido: utilizar el culto a la celebridad como una herramienta de mercadotecnia.

En fin, para cerrar esta respuesta solo diría que me gustaría que al editor, en nuestros tiempos, independientemente del espacio donde ejerciera su oficio, se le exigiera menos Excel y menos pasarela, y más lectura con cariño y criterio y pluma roja en mano. Pero veo difícil que ese proceso, a contramarea, ocurra.

 

Las respuestas pertenecen al editor y no reflejan las ideas de la empresa en la que trabaja.