La revolución perdió un punk

Por Paulino Ordóñez

Ven con tu uniforme

y con tu mente deforme

La Polla Records — «Muy punk»

Para Pancho Salinas, con un saludo a

Elpidio Benita de los Reyes  

 

La esquina era el único lugar al que había aspirado llegar. Nada de territorios lejanos como las playas que veía en algunos anuncios de televisión, mucho menos de aulas universitarias o un puesto seguro en la línea de producción de una fábrica. La esquina era el sitio, el paso siguiente, la meta que alcanzó cumplidos los quince. Emborracharse un par de ocasiones y aguantar unas cuantas patadas bien colocadas fue un rito de iniciación que no esperaba, muy sencillo a su parecer. Los grandes, los de siempre, habían aceptado que estuviera parado ahí, junto a ellos, donde dos calles de la colonia Revolución Popular unían su oscuridad y su pestilencia.

No se atrevió a preguntar el porqué del nombre: Los Cats; eso tenía el mismo sentido que cuestionar por qué se apellidaba Benítez. Era un Benítez y ya, como luego fue un Cat. Supuso que la noche tenía algo que ver con el nombre elegido, así como una manera de caminar desafiante que imitó, practicó y probó ante sus compañeros de la Secundaria Técnica Ricardo Flores Magón. En la escuela encontró la señal, pero no fue durante clases: la pinta territorial de Los Cats, tomada del logotipo de la obra musical llamada igual, marcaba tanto las bardas de block como su futuro.

A pesar de su pretendida rebeldía, sus motes hacían evidente la influencia de la televisión, la industria del consumo y la basura mediática: los más nuevos en la tribu esquinera eran Reintegro, La Mole, Tribilín y Brinquitos, quienes se integraron a otros de generaciones anteriores, como Chiquidrácula, Mazinger y Pantro, el mayor de los dos Benítez. A él le pusieron Pitufo; no supo por qué, ni por qué les causaba tanta risa. Consumían lo usual: cervezas, cigarros baratos, marihuana, heavy metal; Sarolo sólo los más gruesos. El Pantro se encargaba de musicalizar las reuniones de Los Cats y los momentos de ocio en la casa, desde el cuarto de ambos. Su grabadora de casetera doble era como una novia compartida, una droga legal que entreteniéndolos los hacía más fuertes con sólo presionar play. Una casetera para el Pitufo y la otra, la que tenía opción de grabar, para Pantro, por derecho de antigüedad. Verlos pasar con la grabadora al hombro o amarrada al frente de la bicicleta era tan común en la colonia como las latas de chiles jalapeños utilizadas como macetas, como la ropa visible en tendederos que a falta de tapete dan la bienvenida en las casas. La destrucción de ese aparato plateado coincidió con los cambios personales y musicales del Pitufo.

Estaban acostumbrados a que nunca pasara nada. No tenían con quien pelear, excepto contra el aburrimiento. Los Cats, una pandilla sin acción. Su vandalismo se limitaba a grafitear y al rock a todo volumen: pesado para acompañar el alcohol, Pink Floyd para todo lo demás. Por eso no entendieron por qué una camioneta de policía llegó una noche a la esquina y tres elementos mínimo diez años mayores comenzaron a amedrentarlos. La visita inició mal: no les gustó que se identificara cada uno con su apodo. Tampoco ayudó la risa grosera de Tribilín cuando solicitaron ver sus cartillas militares. Ordenaron apagar la música, pero Pantro presionó el botón de REC, sacrificando una cinta de Anthrax a cambio de un claro testimonio de la inminente represión policial. La poca paciencia de los policías no dio más al intentar revisar si habían fumado marihuana. Ellos ya sabían qué hacer en esos casos, lo aprendieron del Ahuehué, experimentado vago/sabio de la Revolución Popular: antes de que te quieran oler los dedos, ráscate la cola. La Mole acercó índice y medio a la nariz del oficial más bravo, lo que resultó ser una declaración de guerra. Como cucarachas cuando se enciende una luz, Los Cats se esparcieron rápidamente evitando las detenciones, pero no se fueron limpios. Los alcanzó uno que otro puñetazo, patada o macanazo, como el último, el que más dolió, el que dejó inservible la grabadora de los hermanos Benítez.

El jovencísimo metalero devino punk. Dejaron descansar la esquina con la intención de despistar al enemigo y por un periodo se juntaron irregularmente afuera de sus casas. Al Pitufo se le hizo prudente no pasar mucho tiempo en la colonia, intentando comprender las oscuras maneras de la justicia. Si la policía andaba tras ellos, lo mejor era ir donde el ruido y las prisas parecen ponerse del lado de uno: el centro de la ciudad. Acompañaba a su madre a cualquier mandado que ella tuviera que hacer, lo que reforzaba la seguridad. Una tarde de fiesta patronal, ya de regreso a la Revolución Popular, la señora quiso entrar a misa. Pensando que estaba invitado, el Pitufo puso cara de bien portado y avanzó rumbo a la iglesia dejando de caminar al estilo Cat. A la entrada, su madre le pidió que regresara en cuarenta y cinco minutos: con esto sería una falta de respeto, le dijo levantándole la manga, dejando ver la cicatriz en forma de pentagrama que él y su hermano se habían hecho con un cuchillo. Se paseó sin ganas entre la gente y los puestos, percibiendo el olor de un barrio más alegre que el suyo: pólvora quemada y tacos de tripas. Justo al lado de la iglesia, la revelación. La música podía ser más punzante de lo que creía. En una pequeña tarima, un grupo desafinado de tres jóvenes delgados descargaba energía como quien escupe un gargajo. Pantalones rotos, estoperoles, bailes/patadas, letras que entendía. Le hizo sentido eso de cuidado / les avisamos / somos los mismos que cuando empezamos / cuidado. Canciones que parecían escritas sólo para Los Cats. ¡A la mierda!, gritó sabiendo que nadie lo escucharía. ¡A la mierda!, volvió a gritar levantando el puño hacia la iglesia, para decírselo al mismo tiempo a su madre, a dios, a la ciudad y a la humanidad.

Al Pantro no le gustó la identidad que su hermano adoptó. Los metales no se llevan con los punks, le soltó una vez queriendo ver su reacción. Como a todo, a los metales yo los mando a la mierda, respondió mientras se cerraba con candado una cadena alrededor del cuello. Al poco tiempo se hizo de una colección básica de cintas grabadas que escuchaba en el equipo modular de la pequeña sala. Para cuando se dio cuenta, Tribilín ya tenía atravesado un seguro en el lóbulo de una oreja y Brinquitos se había despedido de una melena de años para lucir un corte que pidió al peluquero se sintiera como acariciar un perro. Podrás según esto cambiar y cambiar a mis amigos, pero que no se te olvide esto, tarado, dijo Pantro con resentimiento alcohólico una noche en el cuarto de ambos, a la vez que se apuntaba al brazo para recordarle al Pitufo el pentagrama/pacto de sangre. Eso será para siempre pero a Eddie sí se lo anda llevando la chingada. Su hermano menor se refería al monstruo/mascota de Iron Maiden que Pantro había intentado reproducir con lápices de colores en la pared, del suelo al techo, como cabecera para sus camas.

En un intento por hacer más clara la distancia entre hermanos y porque Benítez le pareció más el apellido de un sastre que el de un temible punk, se buscó otro. Un día salía a comprar las tortillas siendo Pitufo Vómito; otro, veía la televisión como Pitufo Repulsivo, y una tarde de mayor claridad aceptó que nunca nada sonaría como quería al lado de “pitufo”. La banda le llamó sencillamente Pitufo Punk y a él le agradó la repetición de la pe. Regresaron a la esquina con la tranquilidad de saber que si los policías volvían para cobrarse la de la rascada, lo más probable era que se llevaran sólo al Pantro: era el único que seguía igual. Con las monedas que traían en los bolsillos y otras que pidieron en la calle, le compraron al Ahuehé una grabadora por adelantado: junten lo que puedan y en dos/tres días se las traigo con unas Eveready. El Pitufo notó en las baterías la imagen del gato eléctrico y eso no podía ser casualidad: así se sentía cuando oía música bien puesto. La unión de esas dos calles se animó con Ramones, Sex Pistols y The Clash, y el Pitufo supo que el conteo apresurado hasta el número cuatro, las quejas de no futuro y los señalamientos urgentes de falta de oportunidades que alcanzó a captar eran geográficamente pertinentes. Nadie ahí iba a hablar de amor, mucho menos la grabadora, que esta vez era de una sola casetera. Al ir agotando pares y pares de pilas tamaño D, recorriendo las cintas de lado a lado, comenzó a preguntarse cómo sería haber tenido la oportunidad de ir a las tocadas de The Damned, escupirle a la cantante de Penetration, bailar frente a The Jam, toparse a los Buzzcocks comprando discos y despotricar contra la reina. El Pitufo comenzó a caminar por la Revolución como se imaginó que lo haría un Cat inglés: Sir Pitufo, Lord Muladar.  

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Tras unos meses, el Mazinger llegó de un viaje a la capital con la clave para la reconciliación de los hermanos: cintas grabadas de Black Flag, Dead Kennedys, D.R.I. y Circle Jerks. Música dura para gente todavía más encabronada. Y miren lo que me dieron en la central camionera, y del bolsillo trasero el Mazinger sacó un volante con TOKADA HARDCORE EN EL CRISPAS escrito a mano, arriba del dibujo de una calavera con peinado mohawk. Pantro puso un dedo sobre el papel sudado y le habló al Pitufo sin insultos por primera vez en mucho tiempo: vamos a ese cotorreo, yo pago los camiones.

Para la fecha de la presentación, el Pitufo Punk ya intentaba caminar como un Cat norteamericano, imaginando que en vez de haber salido de su casa tras un día de hacer nada, acababa de terminar una pesada jornada en un McDonald’s californiano para ir a sacudirse la frustración en el slam. El Crispas no resultó ser un club hardcore de paredes pintarrajeadas con slogans anticapitalistas, sino Ricitos, un salón de fiestas infantiles que los sábados a las cinco cambiaba de nombre para acoger a otrosinconformes como ellos. Antes de que la música comenzara, los asistentes estaban recargados en paredes decoradas con motivos de bosque encantado. El primer grupo en tocar fue el trío que había visto tiempo atrás, al lado de la iglesia. A pesar de lo corto de la primera canción, ésta no había terminado aún cuando la rechifla comenzó. Dos temas después, vio que Pantro mentaba madres hacia el escenario como si le pagaran por ello. El Pitufo hizo lo mismo; lo creyó sensato si su transportación estaba de por medio.

Dos horas después, tenía la certeza que ni Los Calientes, ni Alzheimer Juvenil, ni Ñepos Power Club, ni nadie más en la ciudad tocaría tan efectivamente como los grupos de fuera; mientras más lejos, más calidad sonora, me cae. Pero le gustó el desmadre, hacer bola y reconocerse en miradas que parecen escarbar entre la jodidencia para encontrar algo o alguien que valga la pena. Aunque le dolían los brazos de chocar contra los árboles del bosque encantado, regresaría al Crispas en cualquier oportunidad, y ésta llegó en un flyer sostenido por una mano con uñas pintadas de negro. Una chica con cabello larguísimo, dividido cuidadosamente por la mitad, le avisaba de la tocada metalera del siguiente sábado. A ver si le caes, punketo. Extrañado de no haber notado antes esas piernas largas ajustadas en mezclilla que terminaban en botas altas paradas muy cerca de él, buscó hacer contacto visual con su hermano. Pantro sacó su puntiaguda lengua e hizo los cuernos del diablo con la mano derecha. Esa noche, el Pitufo Punk se desveló con el flyer frente a su cara: estudió los emblemas ininteligibles y lo olisqueó ocasionalmente.

Para el sábado, ya había descifrado tres nombres de seis grupos anunciados: Hellish Selfish, Putrefamine y Niños Con Bocio, además de Karroña, que era el único que podía leerse de inmediato, ya que estaba escrito a mano como de última hora. Se puso la camiseta que le quedaba más justa, sin mangas como todas las que ahora usaba. Por la mañana hizo quince abdominales y contó más de treinta lagartijas. ¿A qué chingados hueles?, le preguntó Pantro al ir en el camión que los dejaría a unas cuadras del Crispas. Entresemana, El Pitufo había pedido a su madre que en una de sus vueltas al centro le comprara un desodorante. Ella llegó con un paquete de Brut 33 que incluía también loción y aftershave. Mijo, te adelanto tu regalo de navidad. Por la cantidad de público esa tarde, supo que la población de metaleros en su ciudad siempre sería mayor a la de punks. La cabellera negra, las piernas enfundadas en mezclilla negra, las botas negras de la chica que buscaba, se le aparecieron varias veces en el cuerpo de diferentes adolescentes, casi todos hombres. Chíngale, ¿y si me confundí? Cuando más preocupado estaba por la duda de haber fantaseado con una persona con pene y testículos, una turbación del público lo salvó: esta vez no eran mentadas de madre, sino piropos. Somos Karroña, perros. Era ella al micrófono. Estaba frente al que quizás era el único grupo de rock local conformado sólo por mujeres, pero de lo que sí estaba seguro, era que esa bienvenida a base de chiflidos y gritos de mamacita iba dirigida sólo a su cantante/bajista.

Hasta ese momento supo que nada le parecía más atractivo que una mujer con un bajo eléctrico colgado. Pantro, siempre con un comentario aguafiestas, le gritó al oído: tocan de la chingada, pero imagínatela encuerada. Tocan, plural; imagínatela, singular. Los tiempos de compartir grabadora se hicieron viejos muy pronto. El Pitufo miró por un momento a su hermano, quien al notar la poca gracia de lo dicho, remató haciendo cuernos del diablo, la lengua de fuera. El Pitufo sintió ganas de darle un cabezazo en la nariz. Minutos después dio salida a ese impulso pero enfocado a otro objetivo: la cantante de Karroña bajó de la tarima para ser recibida por varios pares de manos ansiosas por tocarle el trasero o los senos. Ella se escudó con su instrumento y después de dar algunos golpes con él, notó a un punk fuera de lugar, dando puñetazos a lo loco. Había que ser valiente para andar vestido así en una tocada metalera. Había que estar algo idiota para iniciar una pelea sabiendo que se va a perder.

Una Caribe a toda velocidad, sangre, la baterista al volante y ni idea de su hermano. Se sintió aliviado por la pura atención de una mujer guapa. El dolor no le iba a impedir sonreír. Gracias, punketo; si quieres te llevamos a tu casa, ¿dónde vives? En la Revolución Pop. ¿Cómo te llamas? Tú dime Pitufo. Pos yo soy Karla Karroña; hueles rico, Pitufín. Es Brut; del treintaitrés, como las nieves de la Danesa. Neta muchas gracias, pero te pusieron una madriza salvaje, Pitufo. Todo sea por que respeten a las chavas, ¿no? ¿No te dio miedo?, eran un chingo. Cuál pinche miedo: soy de Los Cats de la Revolución Popular. Vientos. Aquí me bajo. ¿Aquí es tu casa? No, pero aquí me bajo, mejor. Ni madres, hasta tu casa, no se te vayan a ir de baño por segunda vez en el día. Órale, es por allá. Allá. Más allá. Aquí. Adiós, Pitufo. Adiós, Karla. Gracias. Gracias. Esa noche, Pantro entró a la habitación sin encender la luz e hizo todo en silencio. Estaba en la cama, acomodándose para dormir, cuando escuchó a su hermano. Te vi tirándome chingazos, dijo el Pitufo. No tuve de otra, respondió Pantro. Te vi tirándome chingadazos. No tuve de otra: o hacía como que te madreaba, o me madreaban también. Perdóname. El Pitufo sonreía, ningún dolor se lo iba a impedir.

Que te busca una tal Carroña o algo así, le avisó su madre días después, en una primera visita sorpresa. Luego, pasó a ser Karlita. Y una vez se le ocurrió decir: ya llegó tu novia. Su madre los hizo novios. El Pitufo ya sumaba lagartijas y abdominales por cientos en una sola mañana. Nunca la llevó a la esquina, no podría soportar las miradas del Tribilín, las ganas del Chiquidrácula por morderle el cuello a su novia. Ése era un lugar para hombres, había territorios más cómodos para estar con ella: paseos en la Caribe, plazas, los ensayos de Karroña. El largo cabello de la chica contrastaba con la cabeza rapada del Pitufo, no perfectamente redonda y llena de cicatrices. Aunque ni siquiera necesitaba de cinturón, empezó a usar tirantes que en ocasiones dejaba colgar. La culpa de esta transformación fue del Shadow, un primo del Brinquitos de quien nadie sabía nada. El Brinquitos de pronto dio el anuncio, acentuado por el característico movimiento con el que se ganó su sobrenombre, que en una carta su primo de Houston le decía que quería visitarlo para conocer la escena local. Vieron la carta porque ésta se pasó de una mano a otra como carrujo; así los Cats presentes le creyeron que tal primo existía y leyeron cómo el Shadow recomendaba con entusiasmo, abriendo y cerrando oraciones con desfiles de signos de exclamación, los grupos que compiló en una cinta TDK D90. La tituló: Oi! Oi! Oi!, ¡ya mero voy! Comenzaba con Junior Murvin, Culture y King Tubby, pasaba por The Specials, The Selecter y The English Beat, y terminaba con Sham 69, U.K. Subs, Youth of Today y Minor Threat, favoritos instantáneos del Pitufo.

Eres la metalera más cursi que conozco, le dijo a Karla, cuando en realidad su trato con chicas había sido limitado. Ella lo sorprendió esa vez con globos, chocolates y una tarjeta de aniversario. ¿Ora qué trais? Lo atrapó haciendo una cruz con sus brazos detrás de la nuca del Pitufo, como él había visto que sucedía nada más en las telenovelas. Sus manos en la cintura de su novia, una gran X hecha con Esterbrook negro en cada dorso, ya no eran las de un niño. Hacía un año exactito fue la primera y única tocada de Karroña, cuando me defendiste. Estaba a punto de preguntar ¿y?, pero un beso no sólo lo calló, sino que le dio tiempo de entender. Si tuvieras cabello y un trabajo, serías el hombre perfecto: emborráchame y métemela. Eres la metalera más cursi que conozco, pinche Karla.

Había dejado de beber porque El Shadow predicó entre Los Cats el estilo de vida straight edge y él se lo compró con la facilidad de quien cambia de canales un domingo. Le pareció el gesto más rebelde posible. Con tanto borracho/grifo en el mundo, esa nueva posición ante la vida tenía incluso más alcance que el de los seguidores del heavy metal anticristiano. Ser straight edge lo hacía más distinto aún, una razón para ser diferente a su novia y hasta tener algo en contra de Los Cats. Ebria, Karla le gustaba más; el alcohol le quitaba lo tosca, pero la desinhibía de tal forma que valía la pena aguantar sus chistes bobos y que hablara a gritos. Afortunadamente, la baterista del extinto grupo Karroña resultó ser la mejor amiga en el mundo: pagaba las cervezas y en su auto los llevaba a sitios solitarios donde la pareja tenía la amplitud del asiento trasero de una Caribe para ellos solos, mientras ella esperaba alrededor, echando aguas y fumando o tomando con Pantro cuando éste aceptaba acompañarlos. Calladito-calladito te andas manoseando a mi comadre, ¿a poco no? Los besos sabor alcohol de Karla se sentían igual que oír por primera vez a Sex Pistols; eran tan emocionantes como pintarle el dedo a todo el cuerpo de policía y echarse a correr. Karla le rayaba grafitis con la lengua, decían PITUFO NOT DEAD.

Pantro le daba noticias de la esquina, banda que llegaba, apodos que el Pitufo no asociaba a ningún rostro. A veces pasaba y prefería hablar de lejos, mentarse madres de puro cariño sin dejar de caminar; no quería ni oler la mota y le iba ganando a la tentación de la cadera morena de una cerveza tamaño caguama. Sobres, sobres, ¡un buche nomás, pinche pelón! Nel, pónganle al veneno. ¡Culo! Oi! Oi! Oi!

Se hizo experto en aguantar malas vibras: desde la carrilla en su propio territorio, hasta la intimidación de aquellos que le traían ganas a Karla; constantemente la vida ponía a prueba su paciencia. En las tocadas a las que la acompañaba, él era el único que no iba de negro y cuyo cabello no podía medirse por pulgadas. Alerta al momento en el que quisieran agandallarlo, tenía siempre en el bolsillo del pantalón un golpe listo para quien se lo buscara. Pocas veces lo necesitó. Intercambiar miradas de odio con sus posibles enemigos parecía ser suficiente. Su novia estaba segura que él dominaba como nadie el poder de seducir o mandar a la chingada con los puros ojos. Observar y aguantar era su técnica; observar y aguantar, pero con el chingazo preparado. Algún día tendría que sacarle provecho a esa cualidad.

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Convencido de no trabajar jamás, le disgustaba sentir el desgaste que le provocaba andar siempre a las vivas. Esto de cuidar tu retaguardia y la mía está pareciendo un jale, ¿eh? Pero está bien chido tu salario, ¿no, punkito? Karla dejó caer suavemente una mano entre las piernas del Pitufo y lo besó con el recuerdo de cerveza caliente en la boca. En camión de regreso de una tocada death metal en el Crispas, los pies adoloridos y un ZUUUUUUUUUM en los oídos que tardaría en desvanecerse: una versión del amor que también arrastraba hacia la rutina. Ésta se rompió la vez que en uno de esos sábados, un hombre con máscara de luchador entró por la salida del camión y avanzó para darle un coscorrón al chofer y colocarse al frente de los pasajeros: OKEY PEOPLE, ESTO ES UN ASALTOU, GIMME LA LANA Y ESTÉNSE QUIETECITOUS. NO LE BUSQUEN, SOY DE LOS RUDOS. El Pitufo no estaba preparado para eso. Para la desilusión; el robo no importaba, no le quitarían mucho. El acento le sonó familiar y buscó una señal que encontró en la mano que presumía una manopla con navaja corta: tenía una X negra tatuada en el dorso. El Shadow estaba en la ciudad. Recogió las pertenencias de quienes viajaban en los primeros asientos hasta llegar al Pitufo. La sorpresa en sus ojos fue magnificada por los refuerzos de plástico colorido, cosidos alrededor de las ranuras. No hablaron, sólo se vieron unos segundos, acelerados, lo suficiente para que al Pitufo le llegara un tufo de alcohol barato, de días. El Shadow dio unos pocos pasos que tal vez por culpa de la máscara parecieron atléticos y brincó a la noche.  

Regresó a la bebida justo a tiempo. Ya no se sintió tan en ambiente en la esquina, él prefería estar en casa con su novia, donde también acostumbraban juntarse compañeros de universidad del Pantro, quienes estudiaban ingeniería, y solían dejar botellas a medio terminar. Después del incidente del luchador, cuya identidad él guardó junto con su frustración, Karla estaba segura de que la mirada de su novio aplacaba bestias, comenzando por ella. Ya pasaron dos años desde la primera y única tocada de Karroña… Busqué por todos lados un pinche peluche de pitufo pero lo único que encontré fue esto. Cuando en las tiendas los discos de vinil estaban siendo relegados para destacar los lanzamientos en compact disc, Karla le regaló el LP de Los Pitufos. Lo vi en el tianguis. Usado, pero lo importante es lo de adentro. Claro, la música siempre es lo importante. No, güey; adentro de la funda hay algo más que el disco. Orita lo veo con calma, deja voy por pomos y toque. No me atrevo a darle. Ah, chinga, ¿cómo que no te atreves? Saca el pinche disco de una puta vez y mira dentro. El Pitufo volteó la funda; además del disco, de ella cayeron una tarjeta, una fotografía de ellos dos con Pantro y la baterista, y unas piezas de cartón sueltas, recortadas en forma de letras y cubiertas por papel lustrina, cada una de diferente color. ¿Y esto qué? Pos intenta ordenarlas, sólo pueden hacer una palabra, a la de a huevo te sale a la primera. El Pitufo se hincó, movió las piezas hasta llegar a una combinación y lo que era un acento lo usó de coma:

dAbA,

¿Cómo que daba, daba qué?

Karla le dio detalles. Le sirvió Viejo Vergel sin Coca-cola. Le repitió cuantas veces fue necesario que sí, que quería tenerlo. El Pitufo quiso jalarse del cuello esa cadena de perro con candado que tenía años de no traer puesta.  

Eres un pendejo, le dijo Pantro. ¡Pendejo! Cuando pasaba por la esquina, Cats nuevos y viejos bajaban la voz y saludaban apenas, pero él creía oír risas. El Ahuehé ofreció ser de ayuda. Ya me enteré, si quieres con una lana llevo a tu morrita a que le saquen el mal y tú te esperas acá; servicio confiable, ya sabes. Es que dice que sí se lo quiere quedar. Entonces te vendo una cuna; bara por ser tú, carnal. Nunca antes se había sentido tan confundido; por primera vez creía no saber quién era ni qué quería. Por su parte, Karla estaba confiada: su novio sabría arreglárselas, ella no. El Pitufo recordaba tanto los ojos del Shadow que su preocupación parecía vigilada por éste. No voy a caer en lo mismo; soy un vago, no una lacra. Uno de sus últimos arrebatos juveniles lo desató el Mazinger tocando a la puerta. Aquí traigo lo ideal para tu depresión. El Pitufo pensó que hablaba de una droga, pero lo que Mazinger sacó de su mochila fueron cassettes y CDs. Rola nomás las cintas, que esos todavía no tengo dónde oírlos. Sonaron Sisters of Mercy, Alien Sex Fiend y Christian Death. Uta, y ora que viene el invierno, tsssss mamalón. Imagínate estar en tu situación pero en Londres después de medianoche, culero pero chingón, ¿no? Con This Mortal Coil tuvo que aplicar su especialidad: aguantar, en este caso las lágrimas; no había oído música tan triste. Me estás matando, pinche Mazi… Pero me está gustando; ya hasta me lates para padrino del chamaco.

Su intención era ponerse las pilas empezando el año nuevo, así que lo esperó. El mundo verá un Pitufo renovado, más en el cotorreo que me traigo ahora. Quería que ya le creciera el cabello para pintárselo de negro azulado. Quería encontrar trabajo de turno nocturno, porque entendía que su nueva onda se trataba de parecer vampiro, pero también porque así evitaría el tener que despertarse en medio de la noche para atender al bebé. Karla le pidió que juntos hicieran una lista de invitados y demás planes en caso de que se casaran con todo y fiesta; ella, arbitrariamente, descartó a aquellos que llamó ex amigos pandilleros. La boda nunca llegó y la mamá de Karla los aceptó en su casa, muy lejos de la esquina, el lugar de donde el Pitufo deseaba no haber salido.

Sin estudios y con valentía, la única opción a la mano fue hacerse policía. Lo aceptaron de inmediato, sin hacerle muchas preguntas. Se topó nuevamente con su adultez en la talla del pantalón del uniforme. Si el cuerpo se le había hecho de señor y estaba a unos meses de tener un hijo, seguro ya era un señor. También, percibía algo similar a la satisfacción cada vez que un civil le decía oficial, o cuando sus compañeros uniformados le decían Benítez. No se había propuesto nada en la vida pero había alcanzado un lugar en el mundo, aunque en la Revolución Popular conocidos y extraños lo veían con sospecha, como si ya no perteneciera ahí. OYE TÚ, le gritó el Ahuehué al pasar una mañana mientras esperaba el camión. NO ENGAÑARÁS A LOS HIJOS DE LA REVOLUCIÓN.

Al principio lo mandaron a patrullar colonias de clase alta, lo que consistía en dar vueltas a baja velocidad, permanecer estacionado por horas e interrogar ignominiosamente a quienes parecían no vivir por el rumbo. Luego los cambiaron a él y a su pareja a la zona de una universidad privada, donde una camiseta de una chica le trajo recuerdos que no supo cómo digerir. Ella pensó que observaba sus senos, él veía el logotipo de Los Cats en alguien que seguramente no conocía ni conocería jamás el barrio. Disculpe, señorita, ¿dónde compró su camiseta? Este… pues… en Nueva York. ¡Achis! ¿Hasta allá? En el teatro vendían t-shirts, la compré después de la función. El Pitufo, más azul que nunca, la bandera bordada en la parte alta de la manga, se quedó sin entender, bañado en sol.  

Después lo ascendieron a un puesto de mayor acción: amedrentar gente. Sólo pégales un susto, Benítez. Si los vas a tocar, trata de no hacerles moretes, sangre no puede haber, nomás bájales lo que traigan y me das mi cuota. Sí, señor. ¿No me vas a fallar? No, señor. Las primeras operaciones fueron ejecutadas con éxito y hasta resultaron redituables. Si lo que siempre había querido era dar miedo, lo estaba consiguiendo del lado de la autoridad. Casi nadie ignora a un policía, especialmente si se utilizan los términos adecuados para sugerir mayores problemas. Las tardes de caricaturas y programas americanos con doblaje exagerado habían dotado al Oficial Benítez de un léxico que ahora le resultaba útil: a la gente le cambiaba el semblante con la palabra comisaría, vaciaban los bolsillos a la pura mención de un alguacil y alguno casi rió al escuchar “condado”. Se especializó en dispersar provocadores, mandar a dormir a disolutos sociales, detener facinerosos o simplemente en alterar aún más el orden público correteando a quien alterara el orden público. Es como bailar slam con macana, le explicó a Pantro, quien poco antes de graduarse inició sus prácticas profesionales en un corporativo. Uta madre, bonito carnal que tengo, ya te hicistes parte del sistema, le dijo el Pitufo aún sudado después de una razia, cuando vio llegar a Pantro en el traje café de su padre.

Me metes en broncas, pareja. ¿Yo? Yo qué chingados, son órdenes del jefe, ¡jálate, vamos a ponerles en su madre! El tiempo que bajó de la patrulla, pidió dos órdenes de tacos y regresó con refrescos a esperarlas, fue suficiente para recibir por radiocomunicación un mensaje fatídico. Alguien decidió que era hora de que la policía municipal visitara aquella vieja esquina de la Revolución Popular, lo que hizo que por fin Benítez midiera la profundidad del pozo en el que había caído. ¿Te cae que ésas son las calles? Simón, los vecinos reportan que tienen frío y necesitan una calentadita… El vacío en el estómago le creció y sintió que el frío mencionado por su compañero le nacía desde el refresco detenido entre las piernas, mojando su uniforme como si se hubiera orinado, ¿o había soltado un chorro? Chamba es chamba, se decía (Chiquidrácula), chamba es chamba, cabrón (Reintegro), ¿pero qué dirían su hermano, Karla, su hijo? ¿Soy/no soy uno de Los Cats? Se estacionaron a la vuelta, una cuadra antes (Brinquitos), así agarramos vuelo y llegamos repartiendo amor. Bajó de la patrulla, chale, huele a meados (Tribilín), de todos modos ya son puros nuevos que casi ni conozco (Mazinger). La amistad era un recuerdo, la identidad un logotipo deslavándose en una camiseta negra, la dignidad el nombre de un grupo en un logo que no puede leerse (Ahuehé). La realidad hacía un ruido incompatible con la música de su grabadora mental. Observó las siluetas de movimientos despreocupados (La Mole) y mientras caminaba según él casualmente, les quiso calcular la edad. Dejó que su compañero avanzara. Lo vio levantar el puño, algo gritó. Benítez agarró aire (Pantro) decidido a silenciar el llanto de bebé que resonaba en algún lugar dentro de él y contó hasta cuatro, como iniciando una canción.  


Ordóñez, Paulino. «La revolución perdió un punk». Party Padre Style. Nitro/Press, 2017.   

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Imagen destacada de Pablo Ortiz Monasterio.