La invención del Vals, o cómo pensar en movimiento

Por Blanca Sotos de marcablanca.press

Hay libros que se convierten en compañeros de por vida. Te acompañan durante años, sin importar si los tienes cerca físicamente o no, porque no te los sacas de la cabeza. Es sorprendente lo poco que hablamos de ellos a pesar de tenerlos tan presentes. Uno de ellos es, sin duda, La invención del Vals, de Nabokov.

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Es cuando menos curioso que, pese a contar con un catálogo marcadamente ruso, la edición de Barral Editores (publicada en Barcelona en 1970) no se volcara desde su lengua original, sino desde la traducción en lengua inglesa (publicada a su vez en 1966, casi treinta años después de su aparición), y de ahí al español por Antonia Kerrigan.

La cubierta de esta edición rústica –diseñada por el dibujante, pintor, músico, pedagogo y fotógrafo argentino Carlos Avallone– lleva gofrada la leyenda «ediciones de bolsillo» y forma parte de la colección Libros de enlace, entre cuyos autores se cuentan narradores como Cortázar, Durrell, Proust o el propio Nabokov, y ensayistas como Arendt, Althusser, Weber o Luckacs. Cuarenta y ocho años después de su salida al mercado, la encuadernación aún conserva, en muy buenas condiciones, sus apenas cien amarillentas páginas compaginadas.

La invención de Vals (también La invención del Vals) es probablemente la única pieza teatral de Vladimir Nabokov, conocido ampliamente por su producción narrativa y especialmente por su novela Lolita. Sin embargo, esta farsa, aparecida en septiembre de 1938, ha pasado desapercibida para la la historia, como una advertencia silenciada, de tono irónico y aparentemente absurdo, sobre lo que un año después se cernía sobre Europa: la amenaza bélica de una guerra total.

Dicen que la historia de Salvador Vals –un inventor loco que ofrece al ministro de guerra de un país imaginario el «arma total»– parece ser una clara alusión a la relación que, tras la Primera Guerra Mundial, mantendrían cultura y tecnología (un tópico que, sin duda, bien debía de tener ocupados a quienes presenciaron cómo los campos de Verdún quedaban sembrados de cuerpos gaseados). Sin embargo, tal aseveración se inclina por el contenido dejando en segundo plano al continente.

No cabe duda de que la potencia de esta obra, clásicamente estructurada en tres actos, radica en el poder de unos diálogos que, en todo momento, rayan el absurdo a nivel textual (guiños cómicos, enredos, contradicciones, dobles sentidos, juegos lógicos) y a nivel estructural (disolución de los personajes capaces de asumir diversos papeles como el de agente, general, chofer).

No obstante, guerra inminente, ansias de poder, atentados, expertos, pruebas armamentísticas, revueltas callejeras, compraventa de armas… al final la historia no resulta tan absurda, pese a que Nabokov quiera convencernos de que no se trata más que de un delirio del propio inventor aún a la espera de ser recibido en su audiencia. Pero el lector se percata de que Vals ya no quiere su papel de inventor, un deseo irrefrenable se apodera de él con el fin de entregarse al poder total que el arma confiere a quien la posee. Vals quiere más, ahora Vals lo quiere todo.

Imaginación y deseo se confunden en un delirio, tan ficticio como real y tan increíble como actual. ¿Es acaso posible leer esa obrita y no cambiar el nombre de ciertos personajes por otros reales e increíblemente inverosímiles? ¿Cómo es posible pensar el delirio de un loco sin estarlo? Ojalá pudiéramos pensarlo, sin delirar, como dicen que pensaban algunos hombres (o lo que quedaba de ellos tras la Gran Guerra), sin esa distancia de la Historia, sin ese lastre aleccionador que pone e impone las cosas en su sitio, sitio equivocado.

Ya se sabe qué sucede cuándo la tecnología se pone al servicio de la guerra, pero tal vez Nabokov hablaba más de deseo que de máquinas. Advertidos quedamos.


Título: 
La invención de Vals

Autor: Vladimir Nabokov

Editorial: Barral Editores, 1970

Número de páginas: 100

 


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