Cuaderno de aves

Por Isabel Zapata

Dicen que Hokusai compraba pájaros para liberarlos.

José Watanabe

 

Es una falsedad muy extendida que los animales carezcan de sentido estético. No somos los únicos que volvemos de viaje con objetos que sostienen un recuerdo incapaz de sujetarse por sí mismo. Los pájaros arquitectos, que viven al norte de Australia y en Nueva Guinea, construyen círculos de tierra y chozas pequeñas en las que acumulan objetos para atraer a la hembra: varitas, corcholatas, piedras, monedas, pedazos de vidrio o de hueso. Hacen túneles, extienden muros de ramas, juntan todo por colores y pintan las ramitas con bayas y carbón húmedo. Prefieren lo que brilla. A veces el ritual de apareamiento falla y la casa se derrumba, pero no importa: siempre puede reconstruirse y nadie tiene que preocuparse por lo que pasará con estos objetos cuando falten sus dueños, ni pensar a dónde irán a parar cuando llegue la hora de hacer el inventario.

Con la intención de materializar la idea cartesiana de que los animales son autómatas con funciones corporales puramente mecánicas, Jacques Vaucanson construyó un pato de cobre con cuatrocientas piezas móviles que era capaz de comer, beber, nadar, estirar el cuello y hasta podía digerir, asimismo cagar, granos a través de un sistema de tubos de caucho. El animal fue presentado con gran éxito en la muestra de París de 1757 y se mantuvo en exhibición durante más de cuarenta años alrededor de Europa.

El pato de Vaucanson aleteaba de manera tan realista que pequeños patos de verdad lo perseguían en fila, cosa que los entusiastas de la mecánica interpretaron como un primer paso en el camino hacia la transformación de la materia en tejidos vivos y la eventual replicación artificial de procesos fisiológicos. Ahora sabemos que los patos fijan su atención en la primera entidad que encuentran al salir del cascarón (sea o no de la misma especie), la reconocen como su madre y la siguen a donde vaya. Tuvieron que pasar casi doscientos años para que el zoólogo austriaco Konrad Lorenz descubriera este fenómeno y le pusiera el nombre de impronta. Los patos son ingenuos, pero nosotros más.

Me gusta más la palabra ave que la palabra pájaro: con ave me imagino al animal en el aire y con pájaro lo pienso quieto en la rama de un árbol o recogiendo con el pico las migajas del pavimento. Ave es una palabra de aire, pájaro de tierra.

Pájaro, del latín passar, significa gorrión: la familia de los paseriformes, el orden de aves que abarca a más de la mitad de sus especies, son «los que tienen forma de gorrión». Entonces todos los pájaros son aves, pero no todas las aves son pájaros. Las gallinas, por ejemplo. Lo contrario a lo que yo pensaba: para mí una gallina es más un pájaro que un ave, porque pasa casi todo el tiempo al ras del piso. Pero debo aceptar que sería raro llamar pájaro a un avestruz, a un pingüino o a un cóndor.

Tengo un amigo que le tiene miedo a las aves. No miedo, terror: ornitofobia. Le huye a las palomas en las plazas públicas, evita el pasillo de los pollos en los mercados y sueña con frecuencia que una parvada se estampa contra la ventana de su cuarto y todas las aves terminan muertas en el alféizar. Le da asco la palabra «rabadilla».

No sabe exactamente de dónde viene su fobia y tampoco le interesa demasiado averiguarlo. Una vez, de niño, un guajolote confundió sus ojos con granos de maíz en el rancho de una tía. Unos años después, casi se desmaya cuando un buitre abrió sus alas gigantescas frente a él en un aviario. O quizá es simplemente que era demasiado pequeño cuando vio la película de Hitchcock. Nunca se lo he preguntado, pero casi podría asegurar que él prefiere la palabra pájaro.

Flaubert tuvo un loro disecado sobre su mesa durante las tres semanas que le tomó escribir «Un corazón sencillo». El fantasma emplumado le servía, según le cuenta a Madame Brainne en una carta, para llenarse el cerebro con la idea del loro mientras imaginaba la historia de Félicité, la sirvienta normanda a la que el pájaro le dio los pocos momentos dichosos de su vida. El animal sobrevive por duplicado: un ejemplar está en el Museo de Historia de la Medicina de Ruan, en el hospital donde alguna vez ejerció el padre de Flaubert, y el otro en su casa familiar en Croisset. Ambos sitios afirman tener pruebas escritas de ser poseedores del verdadero loro. Los dos tienen la idea del loro y está bien: a fin de cuentas, todo es copia de otra cosa.  

  1.  

Somos lo que ellos nos están diciendo.

Los delfines suelen hacer una trinchera alrededor de sus muertos para evitar que alguien se acerque. Cuando muere un chimpancé pequeño, la madre lleva consigo el cadáver hasta que el proceso de descomposición lo vuelve irreconocible. Los días que siguieron a la muerte de la elefanta Eleanor, en la Reserva Nacional de Samburu, elefantes de cinco manadas distintas se acercaron al cuerpo: lo olían y lo tocaban con las patas, se inclinaban frente a él enrollando la cola y moviéndole el cráneo con los colmillos.

También los pájaros sufren por sus muertos. El lunes 25 de septiembre de 2000, Mario Levrero anotó en su diario de la beca el hallazgo de una paloma muerta en la azotea vecina. Junto a ella había una paloma viva a la cual identificó como su viuda. En cierto momento me dio la impresión de que la viuda no estaba exactamente en actitud de duelo, sino de espera; como si pensara que el estado del cadáver fuera reversible. Sus sospechas se confirmaron cuando, con el soplar del viento, las alas de la muerta empezaron a agitarse en un falso intento de vuelo y la viuda se puso a caminar nerviosa de un lado a otro, como si en cualquier momento la vida le fuera a volver de golpe a su compañera.

Se puede migrar en espacios pequeños. Por ejemplo, en una casa. Dice Natalia Ginzburg:

Hay algo de lo que no nos curamos, y pasarán los años y no nos curaremos nunca. Quizá tengamos una lámpara sobre la mesa y un jarrón con flores y los retratos de nuestros seres queridos, pero ya no creemos en ninguna de esas cosas, porque una vez tuvimos que abandonarlas de repente o las buscamos inútilmente entre los escombros.

Todos hemos buscado la casa inútilmente entre los escombros.

Los días previos a su muerte, mi padre soñaba que había alacranes en su cuarto. Pasó su penúltima noche en vela, despertando a mi hermana a cada rato para decirle que caían alacranes del techo, que subían por las patas de su cama, que por favor se levantara a ayudarle a matar alacranes. Hablaba haciendo señas con las manos, descolocado, como traduciéndose de un idioma que venía de lejos.

La casa se rompe, se construye y se vuelve a romper. Pero algo se conserva siempre, espacios que rebasan su territorio, posesiones que no es necesario meter en cajas ni rescatar del derrumbe porque son imposibles de perder. Paredes que no se desbaratan porque su estabilidad es de otra índole. Nueva definición de hogar: algo que se (re)construye todos los días. ¿Otra manera de migrar?

Cuando era niña, un día llegamos a casa y encontramos un halcón lastimado en el lavabo del baño. Se veía ridículo junto a las cajitas de cotonetes. Como no podía volar, lo metimos en una jaula y de inmediato enterró la cabeza en su propio cuerpo, como envolviéndose en una túnica de sí mismo. No supimos si el pájaro nos tuvo miedo.

Le pusimos Horus. Con los días, desenterró la cabeza y empezó a palpitar sin moverse. Vimos cómo les sacaba el corazón a los pollos crudos y las semillas a las frutas sangrientas: ciruelas, vísceras, granadas, venas, tendones, fresas. Pronto lo soltamos en la montaña y lo miramos mientras nos duró la vista. Éramos nosotros adentro de la jaula.

El padre de Julius Neubronner, boticario, usaba palomas para enviar medicamentos urgentes. Una vez, una de ellas desapareció durante cuatro semanas y volvió sana, como si nada hubiera pasado. La familia quería saber dónde había estado, así que Neubronner diseñó un arnés de aluminio y le colgó una cámara que se disparaba automáticamente. Era 1907.

En un principio, Neubronner desarrolló su método fotográfico con fines meramente prácticos (como averiguar quién y por qué estaba alimentando a su paloma favorita). En el proceso, encontró algo que en ese momento era extraordinario, aunque haya dejado de serlo: las fotografías tomadas desde el cielo. Las palomas mostraron edificios acomodados como cubos para niños, personas tamaño insecto, trazos metálicos de vías de tren en el pavimento de Frankfurt.

En una de las fotografías aparece el Schlosshotel Kronberg. La línea del horizonte está inclinada, como un barco que se hunde, y en una esquina se levanta la fachada del castillo entre los árboles. Las puntas de las alas de la paloma aparecen en primer plano, en contraste con la amplitud del paisaje, colocando a quien la mira en el punto exacto donde fue tomada.

IMAGEN DEL TEXTO

¿Quién está detrás de ese lente? ¿Neubronner, que programó el disparador automático? ¿La paloma, que carga en su cuerpo el peso de la cámara? ¿Nosotros, que miramos la imagen alada más de cien años después? Sospecho que Neubronner no se detuvo en ninguna de esas preguntas, pero respondió una que le importaba más: en las cuatro semanas de ausencia, su paloma estuvo bajo la custodia de un chef en Wiesbaden, a orillas del Rin. No se conservan fotografías del río.

El artista Jimmie Durham se sorprendió al ver cuervos blancos cuando visitó Roma por primera vez. En su mundo, todos los cuervos eran negros. Cuando un ornitólogo le explicó que los cuervos del Oeste son negros y los del Este pueden ser blancos o grises, Durham, que había estado pensando en la división entre Asia y Europa, encontró en aquella clasificación la respuesta a sus cavilaciones. A los continentes no los determinaban sus estructuras sociales ni su producción cultural, la división no estaba marcada por montañas, ríos o fallas geológicas. La frontera eran los cuervos.

Tal vez el mundo entero pueda conocerse por sus pájaros. Habría que alzar la vista y mantenerla en constante movimiento para aprender a mirar los vuelos.


Notes on Birds

Translation by Robin Myers

People say that Hokusai bought birds just to set them free.

José Watanabe

Many people believe that animals lack a sense of aesthetics, and they are mistaken. We aren’t the only creatures who return from our travels bearing objects to preserve memories that wouldn’t otherwise endure. Male bowerbirds, native to northern Australia and New Guinea, build dirt circles and little huts where they collect items to attract females: twigs, bottle caps, rocks, bits of glass and bone. They make tunnels, build walls out of sticks, expand them, arrange things by color, and paint twigs with berries and wet coal. They’re partial to anything shiny. Sometimes the mating ritual fails and the house collapses, but it doesn’t matter: it can always be rebuilt, and no one has to worry about what has become of these objects when their owners aren’t around or to fret over how they’ll possibly take inventory.

Intent on materializing the Cartesian idea of animals as automatons with purely mechanical bodily functions, Jacques Vaucanson built a copper duck with four hundred moving parts that could eat, drink, swim, crane its neck, and even digest and shit grains through a rubber tube system. The animal was unveiled in Paris to great acclaim at the Salon of 1757 and was then exhibited all over Europe for the next forty years.

Vaucanson’s duck flapped its wings so convincingly that real live baby ducks would run after it in a single line. Mechanics enthusiasts interpreted this phenomenon as a first step toward the transformation of matter into living tissue and the eventual artificial replication of physiological processes. Now we know that ducks focus their attention on whatever living being they see first after they hatch, whether or not it’s from the same species: they identify it as their mother and follow it wherever it goes. Two hundred years passed before the Australian zoologist Konrad Lorenz made this discovery and called it imprinting. Ducks are naive, but we are even more so.

I like the Spanish word ave better than pájaro, even though they’re technically synonyms. Ave makes me imagine the animal in the air, while pájaro makes me picture it perched motionless on a branch or pecking at crumbs on the sidewalk. Ave is an air-word, pájaro an earth-word.

Pájaro, from the Latin passar, means sparrow: the passerine family, the order of birds that encompasses over half the species, are “sparrow-like birds.” So all pájaros are aves, but not all aves are pájaros. Chickens, for example. So it’s all the opposite of what I thought: in my book, a hen is more pájaro than an ave, because it spends almost all of its time on the ground. But I must concede that it would be strange to call an ostrich, a penguin, or a condor a pájaro.

I have a friend who’s afraid of birds. What he feels isn’t fear, but abject terror: ornithophobia. He flees pigeons in public parks, avoids the chicken aisles in markets, and often dreams that a flock smashes into his bedroom window and all the birds end up dead on his windowsill. He’s physically repulsed by the word “wattle.”

He’s not sure where his phobia comes from, and he’s not especially interested in finding out. Once, visiting an aunt’s farm as a child, a turkey mistook his eyes for kernels of corn. Some years later, he nearly fainted when a vulture spread its wings in front of him at a bird sanctuary. Or maybe he was just too young when he saw the Hitchcock movie. I’ve never asked, but I’m almost positive that he prefers the word pájaro.

Flaubert kept a stuffed parrot on his desk during the three weeks it took him to write “A Simple Heart.” The feathered ghost, he recounted in a letter to Madame Brainne, helped him fill his brain with the idea of the parrot as he concocted the story of Félicité, the Norman servant girl who spent her few moments of happiness in this bird’s company. The animal survived twofold: one specimen is found at the Museum of Flaubert and the History of Medicine in Rouen, at the hospital where Flaubert’s father once practiced, and the other is kept at the Flaubert family home in Croisset. Both locations claim to possess the true parrot. Both possess the idea of the parrot, and that’s fine: at the end of the day, everything’s a copy of something else.

  1.  

We are what they’re telling us.

Dolphins form circles around their dead to keep anyone else from getting close. When a young chimpanzee dies, the mother carries the corpse around until decomposition renders it unrecognizable. In the days after the death of Eleanor, an elephant in the Samburu National Reserve, elephants from five different herds approached her body: they sniffed it, touched it with their feet, and leaned over it, curling their tails and nudging the skull with their tusks.

Birds, too, experience loss. On September 25, 2000, the writer Mario Levrero noted in his fellowship log that a pigeon had died on the neighboring rooftop terrace. At a certain point, I felt that the widow wasn’t exactly conveying grief, but rather expectancy; as if she thought that the state of the corpse was reversible. His suspicions were confirmed when a gust of wind fluttered the dead bird’s wings from side to side—a false attempt at flight—and the widow started pacing nervously, as if her companion might come back to life at any moment.

It’s possible to migrate within small spaces. Inside a house, for example. Natalia Ginzburg writes:

Some things are incurable, and though years go by, we never recover. Even if we have lamps on the tables again, vases of flowers and portraits of our loved ones, we have no more faith in such things, not since we had to abandon them in haste or hunt for them in vain amid the rubble.

All of us have hunted in vain amid the rubble, searching for the house.

In the days before he died, my father dreamed that there were scorpions in his bedroom. His second-to-last night was a sleepless one. He woke my sister repeatedly to tell her that scorpions were falling from the ceiling, or climbing up the legs of the bed, and could she please get up and help him kill the scorpions. He gestured with his hands as he spoke, disoriented, as if translating himself from a language no one else could understand.

A house collapses, is rebuilt, and caves in again. But something always remains: spaces that surpass their perimeters, possessions that don’t need to be stored in boxes or salvaged from the wreckage, because they can’t be lost. Walls that don’t crumble because they’re secured and stabilized by other means. A new definition of home: something (re)built every day. Another kind of migration?

One day when I was little, we came home to discover an injured falcon in the kitchen sink. He looked ridiculous among the boxes of Q-tips. Since he couldn’t fly, we put him in a cage and he immediately buried his head in his body, as if enveloping himself in a tunic of his own being. We couldn’t tell if he was afraid of us.

We called him Horus. As the days passed, he showed his head and his body started to palpitate, although he still didn’t move. We watched him extract the hearts from raw chickens, the seeds from bloody fruits: plums, viscera, pomegranates, veins, tendons, strawberries. Soon after, we released him in the woods and we watched him for as long as our eyes could follow. We were the ones inside the cage.

The father of Julius Neubronner, apothecary, transported urgent medicines by carrier pigeon. Once, a pigeon disappeared for a month and turned up healthy, as if nothing had happened at all. The family wanted to know where it had been, so Neubronner designed an aluminum harness and strung it with a camera that shot photos automatically. The year was 1907.

Initially, Neubronner developed this photographic method for purely practical purposes (like finding out who was feeding his favorite pigeon and why). Along the way, he discovered something extraordinary for his time (although it has since ceased to impress us): photographs taken from the sky. The birds revealed buildings arranged like children’s blocks, people the size of insects, the metallic traces of train tracks cutting across the Frankfurt pavement.  

One of the photos shows the Schlosshotel Kronberg. The horizon line is sloped like a sinking ship, and the castle rises up out of the trees. The pigeon’s wingtips appear in the foreground, contrasting with the breadth of the landscape and placing the viewer exactly where it was taken.

IMAGEN DEL TEXTO

Who is behind the lens? Neubronner, who programmed the automatic shutter release? The pigeon, bearing the weight of the camera on its body? Us, as we take in the winged image over a hundred years later? I doubt that Neubronner stopped to consider any of these questions, but he ultimately answered an even more important one: the pigeon spent its four-week absence in the care of a chef in Wiesbaden, on the banks of the Rhine. There are no surviving photographs of the river.

The artist Jimmie Durham was surprised to see white crows when he traveled to Rome for the first time. In his world, all crows were black. When an ornithologist explained to him that crows in the West are black and crows in the East can be white or gray, Durham, who had been thinking about the division between Asia and Europe, found an answer to his musings. Continents weren’t determined by social structure or cultural output. The divide wasn’t marked by mountains, rivers, or geological faults. Crows were the borderline.

Maybe we can get to know the world by its crows. We’d have to keep looking up, our gaze alert, learning to read their flight.  


 

El libro Alberta Vacía de Isabel Zapata, del cual sale este texto, se presentará en Casa Tomada CDMX este 7 de marzo a las 7:30 de la noche. Están todo invitados.

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