Mi reencuentro con la señora Dalloway

Por Elisa Díaz Castelo

Durante varios años, me aquejó una especie muy particular de puritanismo literario. Así como el tequila, para serlo, debe provenir de Jalisco o sus municipios colindantes, yo pensaba que las grandes obras de la literatura sólo eran ellas mismas si se leían en su idioma original. Estaba convencida de que toda obra en traducción se alejaba tanto del texto primigenio como los títulos de películas extranjeras en español: Hereditary / El legado del diablo, Pulp Fiction / Tiempos violentos, Thelma & Louise / Un final inesperado, y, para el colmo, Lost in Translation, título que en efecto se pierde en la traducción y deviene Perdidos en Tokio. Debido a esta certeza sin fundamentos, postergué durante años la lectura de Laclos, Balzac, Flaubert, y Proust, condicionándola a tener el nivel necesario de francés para leerlos en su idioma.

Pero un día, varios niveles de francés intensivo más tarde y todavía incapaz de leer con soltura la primera escena de Por el camino de Swann, en la que el narrador no hace sino permanecer en cama, me di por vencida. Tomé del librero Madame Bovary en su traducción al español y me zampé sus muchas páginas con la glotonería irredenta de quien come no un sofisticado coq au vin, sino un delicioso tlacoyo de requesón con nopalitos y salsa verde.

Cuatro años después de esa primera transgresión, acabo de cometer otra aún mayor. Desde que volví de los Estados Unidos y retomé la escritura en español, he hecho un esfuerzo por leer en mi lengua materna con el propósito un tanto egoísta de incorporar su ritmo y musicalidad en mis textos. Después de aproximarme en traducciones a esos clásicos franceses cuya lectura había diferido durante años, me embarqué en un proyecto mucho más inquietante. Decidí releer una de mis novelas favoritas, Mrs Dalloway, en la versión al español de Mariano Baselga. Decía Paul Celan que “uno no puede expresar su verdad más que en su lengua materna; en una lengua extranjera el poeta miente”. Aunque a veces pongo en tela de juicio esta afirmación, me pregunté si acaso uno tampoco puede entender la verdad más que en su lengua materna. Así fue como me decidí a acompañar a la señora Dalloway a la florería a admirar no los delphiniums, sino las espuelas de caballero, preguntándome si la verdad de un texto (si es que tal cosa de hecho existe) se oculta en la versión original o bien en algún sitio del texto trasladado a la lengua materna del lector.

Traduccion
La señora Dalloway, traducción de Mariano Baselga

En momentos, la traducción al español tiene unos giros incómodos, similares a caminar sobre un zapato con la plantilla chueca, a ponerse una camiseta favorita pero que se quedó un poco enjabonada, o a peinarse igual que siempre pero con gel. No sólo sucede con los nombres de las flores, las ya mentadas espuelas de caballero, sino en especial con el título mismo: para el lector latinoamericano, ese señora erige a una Clarissa más hierática, sólida, mucho más aseñorada. Sin embargo, y para mi sorpresa, casi siempre los momentos conmovedores resultan avasallantes en español, de una cercanía íntima, como si los escuchara en un susurro cercano, en voz de mi madre cuando me leía cuentos para conciliar el sueño en noches lluviosas, esas noches cuando la palabra queda más cerca que el mundo, más próxima, y pertenece casi al cuerpo de quien la escucha y le entibia la piel. Quizá una novela como Mrs Dalloway, una de las pioneras en la técnica narrativa más adelante denominada “corriente de conciencia,” que busca plasmar la formulación del pensamiento, sus rutas, recovecos, y retornos, se deba leer en el mismo idioma en que uno piensa.  

Entonces, mientras hojeo Mrs Dalloway en su versión original y La señora Dalloway en la castellana, me encuentro con la siguiente descripción de un paisaje:

el desasosiego y el suspenso de las cosas agrupadas ahí en las tinieblas; desprovistas del alivio que el alba aporta cuando (…), tocando todos y cada uno de los cristales de las ventanas (…), levantando la bruma de los campos (…), todo ello vuelve, una vez más, a agredir la vista; vuelve a existir (…) Porque quizá a medianoche, al borrarse todos los límites, el país vuelve a su aspecto primigenio, tal y como lo vieron los romanos, nuboso, como cuando desembarcaron, que ni las colinas tenían nombre ni conocían el curso de los ríos—ésa era su oscuridad.

Y creo entender: la lengua no es el paisaje sino la luz que lo ilumina, que le da límites a los objetos y hace notorios sus contornos. La versión traducida del texto no plantea otro paisaje; el lugar es el mismo, es sólo la luz que cambia. El español es simplemente un astro distinto, quizá una luna de luz reflejada, que alumbra los mismos bosques nubosos y colinas, pero con un resplandor diferente y desde otro ángulo.