NORAH

Por Karen Villeda

“¡Ah, no! Mi ambición literaria de la adolescencia era más pura, alta, heroica e imposible. Y en la pesquisa atormentada, a ciegas, a tientas, de un nuevo estilo expresivo, me di a retorcer, descomponer y rizar el léxico, suponiendo cándidamente que de estas alquimias saldría la intacta estructura apetecida. Mas resultó que caí de bruces en el conceptismo, en el culteranismo. Fui gongorino y mallarmeano sin saberlo, o al menos teniendo una muy vaga intuición de que tal estilo circunloquial, difícil y hermético me acercaba a Góngora y a Mallarmé, es decir, me hacía caer en otra cárcel de fórmulas, no por difíciles y raras, menos tradicionales y «hechas».”

“Para la historia de mis orígenes literarios” de Guillermo de Torre.

Yo

Detestaba Platero y yo. La narración de Juan Ramón Jiménez aparecía sintetizada en un viejo libro de texto gratuito de la materia de español, dando al traste con notables imágenes como las del primer fragmento, que es muy conocido: “Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro.” Por supuesto que el título cambiaba en el libro didáctico. Era Platero, el burrito. El borriquete “que sueña mis propios sueños” y su descripción física y temperamental se me hacían cursilísimos.

Yo tenía la costumbre de leer el libro de español completo cuando me lo entregaban a inicio de curso. Buscaba los cuentos y debo confesar que disfruté mucho de las versiones brevísimas de “El gigante egoísta” de Wilde y “El león y el perrito” de Tolstoi, pero siempre huí de Platero y yo como si me fuera a contagiar de lepra. Ahora sé que lo que más me molestaba de Platero y yo, era el uso y abuso de puntos suspensivos. Año con año cambiaban los autores, pero Juan Ramón Jiménez persistía entre los poemas infantiloides de Alfonsina Storni o Juan Goytisolo, un ancestral cuento náhuatl y las fábulas de Esopo adaptadas a una extensión ínfima, lo que los susodichos expertos creían adecuado para los estudiantes de primaria. Eso sí, Platero y yo, o Platero, el burrito, aparecían en segundo grado, en cuarto grado, en la biblioteca familiar…

Tengo una edición de Platero y yo que Losada publicó en 1952, con viñetas de Norah Borges. Pero este ensayo no es sobre Platero y yo.

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Guillermo de Torre via Biografías y Vidas

 

Ellos

Quilos y Molino eran dos amigos inseparables. Fueron inventados por los precoces Norah y Jorge Luis, que representaban los cuentos de horror de Poe, los Viajes extraordinarios de Verne o Las mil y una noches en la casa familiar. La improvisada escenificación resultaba en momentos salerosos que trastocaban la historia original: un anciano con el ojo de buitre siendo asesinado en Buenos Aires, Phileas Fogg deseando ir a la Patagonia o Scheherezada platicando con acento porteño. Norah y Jorge Luis dejaron de hablar, un día estacionario, de Quilos y Molino. El aburrimiento fue la muerte de sus amigos imaginarios.

En un texto titulado “Norah”, Jorge Luis Borges habla sobre su hermana Leonor Fanny Borges Acevedo: “Norah, en todos nuestros juegos, era siempre el caudillo; yo, el rezagado, el tímido y el sumiso. Ella se subía a la azotea, trepaba a los árboles y a los cerros; yo la seguía con menos entusiasmo que miedo”. Mientras la mayoría de los hermanos de edades similares comparten (o se pelean por) juguetes, los Borges compartían (y disputaban) lecturas: “Literariamente, nunca he logrado convertirla [a Norah] al Quijote, a Dante o a Conrad; en cambio compartimos el amor de Eça de Queirós, de Rafael Cansinos Asséns y de Dickens, inventor o descubridor de la soledad de la infancia y de sus confesables miedos”.

Norah contrajo matrimonio con Guillermo de Torre en 1928. Se conocieron en España, durante el viaje familiar por Europa. En sus memorias, Luis Buñuel recoge la dinámica de las tertulias en las que se encontraron Norah y su futuro esposo: “Todos los sábados, de nueve de la noche a una de la madrugada, Gómez de la Serna reunía a su cenáculo en el «Café Pombo», a dos pasos de la Puerta del Sol. Yo no faltaba a ninguna de aquellas reuniones, en las que encontraba a la mayoría de mis amigos y a otros. De vez en cuando asistía Jorge Luis Borges”.

En Guadalquivir, Norah descubrió el movimiento literario conocido como ultraísmo, liderado por Rafael Cansinos Assens, cuyos preceptos parten de la “voluntad de un arte nuevo que supla la última evolución literaria: el novecentismo.” Norah ilustró revistas que promocionaron el ultraísmo como Ultra (Sevilla-Madrid-Oviedo), Grecia (Madrid) o Reflector (Madrid).

El ultraísmo se oponía al modernismo y estaba estrechamente relacionado con los ismos: el creacionismo de Huidobro fue el antecedente de esta vanguardia y el mismísimo Guillermo de Torre era un futurista, como recuerda Luis Buñuel en El último suspiro. Coincidía con él en que “una locomotora puede ser más hermosa que un cuadro de Velázquez, por lo que no es de extrañar que escribiera: Yo quiero por amante / La hélice turgente de un hidroavión…”

Este ensayo no es sobre Norah, ni sobre José Luis Borges. Es sobre Guillermo de Torre.

 

Imagen destacada: Norah Borges via La Vanguardia.