Dos poemas de Elisa Díaz Castelo

Con motivo de la publicación de Principia, primer libro de Elisa Díaz Castelo, por el Fondo Editorial Tierra Adentro, les dejamos un par de sus poemas, para que se motiven a comprarlo cuanto antes.

 

 

 

Credo

Creo en los aviones, en las hormigas rojas,
en la azotea de los vecinos y en su ropa interior
que los domingos se mece, empapada,
de un hilo. Creo en los tinacos corpulentos,
negros, en el sol que los cala y en el agua
que no veo pero imagino, quieta, oscura,
calentándose.
Creo en lo que miro
en la ventana, en el vidrio
aunque sea transparente.
Creo que respiro porque en él pulsa
un puño de vapor. Creo
en la termodinámica, en los hombres
que se quedan a dormir y amanecen
tibios como piedras que han tomado el sol
toda la noche. Creo en los condones.
Creo en la geografía móvil de las sábanas
y en la piel que ocultan. Creo en los huesos
sólo porque a Santi se le rompió el húmero
y lo miré en su arrebato blanco, astillado
por el aire y la vista como un pez
fuera del agua. Creo en el dolor
ajeno. Creo en lo que no puedo
compartir. Creo en lo que no puedo
imaginar ni entiendo. En la distancia
entre la tierra y el sol o la edad del universo.
Creo en lo que no puedo ver:
creo en los ex novios,
en los microbios y en las microondas.
Creo firmemente
en los elementos de la tabla periódica,
con sus nombres de santos,
Cadmio, Estroncio, Galio,
en su peso y en el número exacto de sus electrones.
Creo en las estrellas porque insisten en constelarse
aunque quizá estén muertas.
Creo en el azar todopoderoso, en las cosas
que pasan por ninguna razón, a santo y seña.
Creo en la aspiradora descompuesta,
en las grietas de la pared, en la entropía
que lenta nos acaba. Creo
en la vida aprisionada de la célula,
en sus membranas, núcleos, y organelos.
Creo porque las he visto en diagramas,
planeta deforme partido en dos
con sus pequeñas vísceras expuestas.
Creo en las arrugas y en los antioxidantes.
Creo en la muerte a regañadientes,
sólo porque no vuelven los perdidos,
sólo porque se me han adelantado.
Creo en lo invisible, en lo diminuto,
en lo lejano. Creo en lo que me han dicho
aunque no sepa conocerlo. Creo
en las cuatro dimensiones, ¿o eran cinco?
Creí fervientemente en el átomo indivisible;
ahora creo que puede
romperse y creo en electrones y protones,
en neutrones imparciales y hasta en quarks.
Creo, porque hay pruebas
(que nunca llegaré a entender),
en cosas tan improbables e ilógicas
como la existencia de Dios.

 

Primogénita

No se ve a simple vista. Apenas su silueta blanca en los telescopios, su cúmulo de estrellas como granos de sal sobre el mantel oscuro. Su nombre, Tayna, significa primogénita. Una galaxia apenas, un gesto de luz. Verla es mirar la infancia del universo, el pasado más íntimo del espacio. Porque ver muy lejos también es mirar hacia el pasado. No podemos observarla como es ahora y es posible que hace mucho haya muerto. En el artículo, hablan de ella en presente, de su evolución y crecimiento: está haciendo estrellas con velocidad (…) el objeto puede ser el centro que se expande. ¿Qué le sucede al tiempo (verbal) en el espacio? ¿Qué pasa si uno puede mirar lo que pasó en presente, sucediendo? La palabra parpadea su ojo de neón. El verbo se rompe como un vaso de vidrio repleto de agua hirviente. ¿Dónde dejar el tiempo? ¿Continuar? ¿Eso todavía sucede? ¿Ha sucedido? Es imposible hablar del espacio sin incurrir en errores (gramaticales). Quizá así deberíamos hablar de nuestros muertos. Siempre en presente: como si aún existiera la posibilidad de que sean niños, se raspen las rodillas y, sobre todo, no mueran. Así como los vemos en los sueños, enteros y tan suyos, quitados de la pena de estar muertos, así vemos a Tayna, la galaxia niña, haciendo sus pininos en el vacío, vestida de blanco, iniciándose en los rituales de vivir, o haber vivido.

 

*Ilustración de portada de Coral Medrano