De qué hablamos cuando hablamos de humanizar personas en la literatura

Por Daniel Peña

Traducción de Efrén Ordóñez

A raíz de la reciente decisión de la Suprema Corte estadounidense, que dicta la facultad de detener por tiempo indefinido a los migrantes —legales o no— sin otorgarles derecho a audiencia para solicitar fianza, me puse a pensar en la materialización de una segunda clase estadounidense y la forma en que, en general, producimos y consumimos narrativas sobre clase y raza dentro de la literatura estadounidense contemporánea y, en particular, de qué hablamos cuando hablamos de ‘humanizar’ a la gente marginada. Es decir, me pregunté si el hecho de humanizarlos significa que, a ojos del escritor, habían sido subhumanos. Si no, entonces, me pregunto cómo es que ‘humanizar’ a alguien (p. ej., la justificación de su existencia ante aquellos que los ven como una especie inferior a la humana) no resulta en lo opuesto, o si el escritor que lo intente estará calificado para hacerlo algún día y, de ser así, con qué fin.

No digo que la humanización de un personaje en la escritura sea algo innoble, porque, qué escritor no querría que sus personajes se leyeran humanos en sus páginas. Pero, vuelvo sobre la idea para plantear la pregunta de hasta qué punto la humanización se puede convertir en una moda o en un gancho de venta para comercializar libros que hablen sobre poblaciones marginadas. Cómo saber si a através la escritura (o de la compra o venta de un libro) solo buscamos quitarnos la culpa de encima o bien ocultar nuestra complicidad en el proceso de deshumanización, porque con ese acto reconocemos la existencia del lado humano de quienes viven en sumisión. Por supuesto, con lo anterior se asume que vemos a la literatura desde una óptica altruista en el mejor de los casos y que, en teoría, antes que todo, contribuimos al desmantelamiento de los sistemas que deshumanizan a estos sujetos y no que pretendemos sensacionalizar su sufrimiento. Ahora, cabe preguntarse qué pasa si estos mismos sujetos resultan ser meros accesorios dentro de un esquema elaborado para saciar nuestra sed de acción.

Como Slavoj Žižek propone en La farsa del ecocapitalismo:

Esta disposición para asumir la culpa por la amenaza al medio ambiente es engañosa: nos gusta sentirnos culpables porque, si lo somos, quiere decir que el problema depende de nosotros. Echamos a andar la catástrofe, así que igual podemos salvarnos si cambiamos nuestras vidas.

Žižek usa el ejemplo famoso de la ideología feel-good de Starbucks. En este, sus clientes trascienden su posición como meros clientes dentro del sistema capitalista porque al comprar un vaso de café no solo se llenan de cafeína, sino que también ayudan a llevarle agua potable a algún niño en Guatemala, agua necesaria para verlo crecer sanamente y con eso llevar una mejor vida y demás. Es una forma de hacerle frente a la sensación de impotencia ante problemas mayores, como por ejemplo, immigración o calentamiento global.

Dicho así, uno podría inferir que una de las razones por las que un escritor o un lector buscan humanizar personajes es porque les gusta la idea de adjudicarse la responsabilidad. Esto muestra sus aires de superioridad natural y su voluntad sobre quienes necesitan ser humanizados; la jerarquía de la primera y segunda clase vuelve a cristalizarse en su mente y en la de sus lectores. Eso además les calma la consciencia porque con eso sienten que ya hicieron algo, ¿no? Por eso pregunto: ¿es responsabilidad de un escritor contar una historia que humanice a los subyugados? No creo.

A raíz de la reciente decisión de la Suprema Corte y de la creciente marginalización de indocumentados en la comunidad latinoamericana, cada vez desconfío más de quienes se sienten obligados a ‘darles voz’ a los sin voz (otra de las joyas feel-good žižekianas). Ahora, también desconfío bastante de quien le diga a otro que no puede escribir sobre el tema.

Sobra decir que me he replanteado de forma radical lo que lo anterior significa para mi trabajo (y la forma en que se vende) como escritor que por lo general escribe sobre la guerra contra las drogas en México. Ahora, si bien todavía no me queda claro si de verdad me he puesto a escribir con el único objetivo de humanizar a una poblacion entera, sé cómo se siente el que algunos lectores o reseñistas necesiten resaltar esa parte de mi trabajo. Es un tipo de violencia, una especie de encasillamiento de mi obra, pero también de otro tipo de arte Latinx, y es así como una buena parte de la literatura Latinx termina relegada a una segunda línea. Existe una cierta degradación de nuestra literatura por culpa de esa necesidad que se tiene de asumir nuestro trabajo como un producto ideologico feel-good žižekiano para paliar la sensación de impotencia o culpa ante los macroproblemas, pero también de una necesidad de aterrizar nuestra literatura como algo de segunda línea  y, por lo tanto, nunca una amenaza para las hegemónicas letras blancas.

Ahora bien, ¿a quién le corresponde escribir estas historias? No sé si es tanto una cuestión de raza, privilegio o subjetividad, creo que es más de legibilidad cultural, un conjunto de estos tres aspectos y más.

En estos días leo (y disfruto sobremanera) Happiness, la próxima novela de Aminatta Forna que publicará Atlantic Monthly Press, y que trata sobre el encuentro accidental entre Jean, una bióloga silvestre que estudia la poblacion de zorros urbanos en Londres, y Atilla, un psiquiatra ghanés que visita la capital de Inglaterra para dar una conferencia sobre traumas, que se presenta al final del libro. En su conferencia, Atilla habla sobre la manera en que los psiquiatras que trabajan en zonas de guerra y en países en desarrollo estudian los traumas:

Nosotros, profesionales y legos por igual, hemos usado el sufrimiento de la gente para reforzar nuestro propio mito: la infelicidad de la gente se convierte pues en un detonante de nuestra felicidad. Nos aterra su dolor y al mismo tiempo nos atrae y nos repele. Queremos asegurarnos de que todo dolor sea manejable, tratable, a la vez que nos consolamos con la idea de la superioridad de nuestra existencia por el hecho de nunca haber padecido trauma alguno.

Sin embargo, antes de hacer preguntas: «¿Qué pasa si se nos revela que una desgracia puede dar calidad de vida? Lo que no nos mata nos hace más fuertes. Claro». Atilla plantea la idea de que los traumas no son el equivalente a nuestro destino. Los «sin voz» nunca se quedan sin voz de verdad y su trauma de ninguna forma es su esencia.