Fragmento de “La rebelión de los negros”, novela de Javier Raya

Por Javier Raya

La luz al final del túnel es la que ciega, el afuera de la caverna de la que inevitablemente salimos. Te acostumbras rápidamente al laberinto del afuera, a su aire por un momento liviano, al tránsito y el anonimato civil, que aconseja –para bien de todos– hacer como si el otro no existiera.

Podrían ser el decorado de una película, te dices, podrían ser robots u hologramas: si vinieras de otro planeta y los vieras así, corriendo tras el tiempo, con un garabato de angustia dibujado en el rostro, observando un imposible paisaje interior, no creerías que son la especie dominante de este planeta de agua y acero. Caminas entre ellos y juegas a los rostros: meditas en movimiento: imaginas que un rostro es lo que ha quedado de las metamorfosis sucesivas de un niño originario: si reconstruyes el rostro de ese niño a partir de estas ruinas en movimiento, te dices, de estos rostros cansados y sudados, sabrás todo de ellos.

A veces funciona y te sientes cercano a la especie. Pero otro juego, más terrible, es el de imaginarlos como un fenómeno (¿un desastre?) natural: atraviesas Eje Central y Madero, el fractal del mundo, como si fueras un explorador encubierto del espacio exterior y los ríos de gente fueran ríos de animales o ríos de agua o ríos de piedras, organizados como pájaros, como hojas secas, impersonales bajo la lluvia: los esquivas: dejas de darles el ser con la mirada: son obstáculos en tu propia correría. Y te das cuenta de que es justo así como se ven unos a otros: como obstáculos a vencer.

¿A vencer? A destruir. Y de pronto el mundo se vuelve un lugar solitario, o en el mejor de los casos, un lugar donde estás encerrado con tus enemigos.

Se miran –nos miramos– con desconfianza. No hay motivo para dudar de antemano de la gentileza de los extraños; tampoco para garantizar sus buenas intenciones. Una sana sospecha, te dices, una mínima distancia a través de cada uno de los actos cotidianos es necesaria para parecer inofensivo ante el ojo del otro que a su vez, cómo culparlo, sospecha de ti. Teatralizar una tos naturalísima, un poco de cojera, una herida mal curada en los flancos. Finge que has olvidado las capitales de África, déjalos que te cuenten de los libros que han leído como si te interesara, como si fueras menos engreído y menos orgulloso; como si fueras uno de ellos. Déjalos acercarse un poco, te dices, para no tener que mentirles, para que se mientan a sí mismos asumiendo que eres inofensivo. Finge: sobrevive. No puedes hacer más que esconder el puerco dolor: ser civilizado es no sufrir en público. Pero no puedes envolverlo tan bien que no se note su resplandor podrido.

Camina tu dolor, resguárdalo en el movimiento, te dices. Es la única forma de ser humano (sin serlo) en público.

Pero camina rápido. Que nadie te mida las huellas. No estás paranoico, pero bien puede ser que alguien te esté siguiendo. Eso no lo sabes. Nadie que hiciera bien su trabajo trataría de secuestrarte, claro (no eres nadie, no vales un clavo), pero desconfías de los exnovios celosos de las chicas con las que te has acostado, de los maridos de las hermosas, de alguna foto en Facebook que echa abajo el teatro de la complicidad y el secreto; desconfías de las viejas rencillas de borrachos; de los pleitos jurados que llegan a término, que vencieron y que se amontonan en la cola del desaguadero, como agentes del destino que vienen a cobrarse en ti su libra de carne. Oíste decir alguna vez que no estás paranoico si en realidad te están siguiendo, y a veces te encuentran. Te voltean a ver en un bar. Se dirigen como una flecha contra ti. Hay que desarmarlos con retórica –que de algo sirvan tanto Cicerón y tanto Schopenhauer–, o con tragos. Si es preciso habrá que salir a la calle.

“Vamos afuera”, dices tú o ellos, no importa. Luego la representación de los amigos de uno u otro tratando de detenerlos. “No vale la pena”, dirán. “Pasó hace mucho tiempo”, dirán, han dicho, siguen diciendo. Como la vez que Nico le dijo a un pintor que te injuriaba: “No quieres salir afuera con este cabrón, te va a sacar los ojos”. Y es cierto, estás entrenado para hacerlo, pero eso no hace que sientas menos miedo. El miedo es normal. Es sano, te dices. Es tu medicina. Pero también es adictiva la adrenalina. Tal vez por eso sigues viviendo en barrios peligrosos donde los pleitos son cosa frecuente, donde puedes dejarte asaltar para ser golpeado, para estirar un poco los músculos, para que los nudillos no pierdan fuerza ni las muñecas se te entuman. Claro, piensas, ellos pueden ser los que te siguen, de los que te desprendes en una carrera imaginaria: de los acreedores del amor mal pagado, los del ego vulnerable, los envidiosos y los machirulos y los parias y los escritores mediocres que compensan sus impotencias a puñetazos. De ellos es de quienes escapas haciendo erráticas figuras entre la multitud; comparados con la tuya, su velocidad es una forma de la inmovilidad. Te pierdes en la masa y eres indistinguible. Un zumbido más no suma al avispero.

Al menos durante el día.

De noche se trata de un ecosistema totalmente distinto. De otro planeta. El afuera del día se vuelve encierro. Los que caminan por las calles de madrugada están encerrados en el afuera, unos con otros, como sobre una rejilla del metro por donde se filtra un poco de calor, donde un grupo de niños de la calle se amontonan, se encierran en las paredes del vaho invisible a condición de no salir: fuera de los muros de vaho hace frío y la sobrevivencia es más dura.

Hay lugares con imán, hoyos negros. Los puestos de tacos, los sitios de taxis, las tiendas abiertas 24 horas, las luces de los policías: puntos focales para la carrera de relevos de la mirada paranoica.

Por eso es importante saber qué decir, sobre todo de noche, ser local en todas partes, reaccionar con naturalidad a los extraños. Tú eres de aquí, tú vas pasando, tú no viste nada.

Malandros y policías sólo se disfrazan de diferente manera pero tienen la misma psique básica, son el mismo pobre enfrentado a otros pobres por obra del poder a quien le conviene que se maten unos a otros. Ambos –los malandros y los policías– sospechan de ti y ambos son el enemigo, te dices. Creen que escondes cosas que no escondes. Tratarán de imponerte una autoridad que fantasean tener. Creen que siempre tienen la razón: la calle les ha enseñado, como a ti, que el que tiene un arma tiene la razón. En el fondo tienen más miedo que tú: tú vas pasando, pero ese es el territorio que ellos le disputan al miedo cada noche. Su paranoia es más verdadera que la tuya: ellos juegan a policías y ladrones con armas de verdad.

Ellos también son un obstáculo. Hay que desembarazarse pronto de los encuentros con malandros y policías: nunca salir con mucho dinero, pero tampoco sin nada (pueden darte una golpiza si traes mucho, y golpearte peor si no traes nada). Hay que verlo como una cuota de paso, te dices. Cualquiera queda en paz con un cigarro o un billete de cien pesos. Estos zapatos no valen nada, mírelos nada más. Pero podemos ahorrarnos el trámite de ser robados con una frase comodín como “Buenas, jefe”. Bajas de categoría en su radar si hablas primero, pasas desapercibido, te vuelves un poco invisible, invisible a medias. Tal vez te conocen y no lo recuerdan; tal vez te detuvieron ya, tal vez ya te pidieron para comprar otra caguama, ya te pasaron báscula antes, no se acuerdan o se quedan extrañados frente al saludo casual. Tú eres local, tú vas pasando, tú no viste nada. Y antes de que se den cuenta ya terminaste de pasar. Ya te fuiste.

Tal vez no te pondrías en esas situaciones si estuvieras más ocupado. Si aceptaras más trabajo. Si te quedaras más tiempo en casa. Si vivieras con alguien, con una mujer que calentara el lecho y lo abriera cuando llegaras, como Andrea o Zilch. Alguien que se preocupara por ti. Si al menos tuvieras un gato o un perro a quien alimentar. Pero estas situaciones se siguen produciendo porque la noche funciona con reglas mucho más complejas y atractivas que las inercias del día. Y nunca faltan buenas charlas. Ya ni siquiera es necesario beber. Las drogas enturbian, restan atención. Es necesario otro entrenamiento, otras velocidades para entrar y salir de las agendas diurnas y nocturnas a voluntad, como entre la vigilia y el sueño: para mezclar campos de acción, para barajar un campo en el otro, la luz en lo oscuro, hasta lograr desvanecer sus diferencias.

Insomnio no es. El insomnio es una coartada. El insomne es el que todavía no descubre por qué no quiere dormir. Pero tú tienes muy claro por qué duermes y por qué no duermes, te dices. Al menos eso lo tienes claro. Hay cosas que no tienes tan claras: el estado de realidad, por ejemplo, y lo que otros entienden por eso. Pero ambas categorías – sueño y vigilia– nunca dejan de evaluarse mutuamente y de mostrar una sospecha tan incuestionable que se vive en una paz armada con el estado de realidad.

Le llamarás a una hermosa mañana y le dirás que soñaste con ella: le contarás el sueño y ella te dirá que eso fue algo que le pasó de niña, o que leyó hace poco la historia de una princesa fenicia a la que le pasaba lo mismo que en tu sueño: unos piratas llegaban en un barco en forma de toro para comerciar. La hija del rey camina por el puerto junto con sus doncellas. Los piratas sienten que un dios les atenaza un carbón encendido en el centro del pecho. El pirata se llama Sosías, pero los tiempos lo recordarán como Zeus.