Luljeta Lleshanaku: las palabras son instrumentos delicados

Luljeta Lleshanaku

Por Lucia Duero*
Traducción de Marco Antonio Alcalá

En 2011, durante una tarde ventosa en Kuopio, Finlandia, el poeta iraní Mohsen Emadi me dijo que había descubierto a una poeta albanesa maravillosa y me leyó el poema “Lunes en siete días”, de Luljeta Lleshanaku. El poema hacía eco de una pregunta que me obsesionaba durante aquellos días en los que consideraba elegir la literatura como forma de vida: «¿Hasta dónde debo ir?» El hijo preguntaría sólo una vez. / «Hasta que pierdas la vista de ti mismo». Mohsen sabía poco sobre Lleshanaku. Me dijo que creció en Albania, un país políticamente aislado, y que vivió bajo arresto domiciliario debido a la dictadura que gobernó en el país durante más de cuarenta años. Lo que yo sabía era que sus palabras me hablaban. Desde entonces he sentido un hilo invisible que me ha guiado hacia los poemas de Lleshanaku y a través de sus palabras, como si no estuviera bajo mi control.

Aunque nací en Eslovaquia, en mis días de estudiante estaba más familiarizada con los cánones literarios de Europa Occidental y Estados Unidos. Sabía mucho menos sobre la literatura proveniente de países que carecían de poder económico y político. Es común que esos países no tengan los medios para promover su arte y literatura más allá de sus fronteras y, por lo tanto, se conocen poco el extranjero. Cualquiera podría pensar que carecen de grandes escritores.

No sabía que llegaría a vivir a México, adoptaría el español como mi idioma y escribiría libros en español en vez de eslovaco. A lo largo de esta travesía, mantuve los poemas de Luljeta Lleshanaku conmigo. Su llamado a reconciliarse con el pasado, sin amargura ni sentimentalismo, resonaba con mi propia búsqueda. Cuando empecé a traducir las obras de otros escritores, supe que quería que Lleshanaku se encontrara entre ellos, pues traducir su obra me permitiría pasar más tiempo con sus palabras y ayudar a que llegaran a lectores nuevos.

A principios de 2017, Olifante Ediciones de Poesía publicó mi traducción de su libro, con el título de Lunes en siete días. En el verano de ese mismo año se publicó mi traducción al eslovaco, Pondelok v Siedmich Dňoch.

Hay un cierto paralelismo en el acto de la traducción. Tengo una relación muy íntima con las obras que traduzco. Al traducir los poemas de Lleshanaku descubro algo de mí misma, una vida posible, un sentimiento posible, una historia que pude haber vivido. Fue solo después de varios años de correspondencia que finalmente la conocí en persona; desde ese momento, era como si siempre nos hubiésemos conocido. Hemos estado en contacte desde entonces, hemos hablado de la traducción, nuestro amor por el cine, accidentes fatídicos y el misterio de la creación. Como Lleshanaku escribe en “Esperando un poema”:

Estoy esperando un poema,
algo rugoso, no elaborado o fuera de control,
algo no interrumpido por maldiciones, un cuervo blanco
liberado de la oscuridad.
Las palabras que vienen con naturalidad, sin apuntar a algo,
una bala sin objetivo,
disparos de aviso al cielo
en tierras recién ocupadas.

Lleshanaku ha escrito ocho libros de poesía, los cuales han sido traducidos a numerosos idiomas. En el verano de 2016 viajé a Tirana, la capital de Albania, donde Luljeta vive y trabaja como traductora, profesora e investigadora. Bebimos café turco y hablamos sobre nuestras vidas. Ambas adoramos la frescura de las naranjas por la mañana y el sabor de las aceitunas albanesas que comparamos con las griegas. Bebimos raki y caminamos a lo largo del Adriático, la frontera que separa la península balcánica de la península italiana. Más tarde, ese mismo día, nos sentamos a hablar sobre la experiencia de crecer dentro de una cultura aislada, la relación entre género y escritura y cómo ha sido su experiencia al leer sus propias palabras traducidas a otro idioma.

Lucia: Creciste en la Albania comunista bajo la dictadura de Enver Hoxha, quien estuvo en el poder desde 1944 hasta su muerte en 1985. Era un clima político caracterizado por la opresión y el aislamiento. La religión estaba prohibida. Tu trasfondo político familiar, que implica los intentos de un tío de asesinar a Hoxha, te aisló aún más en un país de por sí aislado. ¿Qué recuerdas de esa época?

Luljeta Lleshanaku: Cuando tenía tres años, mi familia se mudó a la ciudad de origen de mi madre, Kruje. Ahí es donde pasé mi infancia. La ciudad tenía un paisaje hermoso, rodeado de montañas y con vista al Adriático. Era un lugar conservador, se sabía que ahí se negoció con Italia antes de la Segunda Guerra Mundial. Por eso ahí la gente era pragmática, reservada y escéptica. En mi familia no había charlas triviales, solo se hablaba sobre asuntos serios, como política global, intentaban interpretar las señales políticas desde lejos, buscando desesperadamente la esperanza de que las cosas cambiarían. La religión estuvo prohibida desde inicios de 1968, cuando nací. Mi comunicación con mi familia se limitaba a los asuntos de la vida cotidiana, que eran cuestiones de supervivencia.

 

Cuando estaba en el parvulario, no tenía ni seis años aún, yo era parte de un grupo de niños que estaban siendo preparados para dar un concierto en televisión; luego, me separaron de ellos, sin darme explicación. Cuando fui a casa, triste y enojada, mi madre me tuvo que explicar que nosotros éramos «diferentes». Nuestra familia tenía lo que se denominaba una «mala biografía», ya que, por ser una familia anticomunista, estábamos condenados. Después tuve que enfrentar esta clase de situaciones en todo momento. Nuestra familia estaba como en cuarentena: nadie podía escapar, nadie podía entrar. Éramos rechazados. Así que yo estaba preparada para una vida difícil, como la de mis padres y abuelos.

Albania era un país muy aislado en lo político, económico y cultural. Nuestra única conexión al mundo era a través de un programa de radio llamado Voz de América, y mediante las ondas televisivas provenientes de Italia, las cuales recibíamos ilegalmente usando unas antenas primitivas e improvisadas. La única forma de escapar de la realidad era leyendo libros. Cuando tenía doce años, yo ya había leído todos los libros infantiles en la biblioteca. Confundida, la bibliotecaria empezó a darme algunas novelas para adultos y me preguntó “¿Estás segura de que no los malinterpretarás?” Ahora sonrío cuando lo recuerdo. Creo que ella dudó porque temía que las historias de amor tuvieran una influencia negativa en mí. Así que mis libros estaban escondidos por todas partes, como «cartas de amor», como los llamo en uno de mis poemas. Tenía que esconder esos libros para que no los encontrara mi madre, pues lo que ella menos quería era que me convirtiera en una soñadora. En las circunstancias en que vivíamos, ella estaba en lo correcto al preocuparse.

 

Lucia: En uno de tus poemas escribes, «que una infancia sin promesas / es un pan sin levadura, aún dulce pero duro y seco.» ¿Cómo reconcilias la idea del futuro con una situación tan desesperanzadora?

Luljeta Lleshanaku: Usualmente se identifica a la infancia con la fantasía, la aventura y los sueños. Pero mi infancia no me ofrecía mucha esperanza. Podía leer mi futuro en mi palma. Todo auguraba: «¡No tienes futuro!» Una persona debe ser muy fuerte para seguir adelante sin tener esperanza. Mis primeros libros, especialmente Hijo de la naturaleza, son mis intentos de entender y explicar la esencia de la moral cuando se está en esa situación. Mi gente fue perseguida, estaba desesperanzada, abandonada por el mundo y por Dios («al filo de la tristeza», como solían decir), pero nunca se dio por vencida. Ellos nunca se traicionaron a sí mismos; fueron un gran modelo de moralidad. Entre tantos retos, uno debe preguntarse: ¿Qué le da sentido a la vida humana?

Lucia: Has vivido durante dos regímenes políticos muy distintos: la Albania comunista con su carencia de libertad, su escasez y falta de posibilidades, y en la Albania capitalista, con la supuesta libertad, abundancia y oportunidad. ¿Cuál ha sido tu experiencia de ambos regímenes y cómo han influenciado tu escritura?

Luljeta Lleshanaku: Los regímenes totalitarios producen un código moral y cultural que es completamente diferente de lo que sucede en una democracia. Hay dos categorías morales en una sociedad comunista: hombres honestos y hombres malos. Los «honestos» se resisten a comprometerse o colaborar con el régimen, mientras que los «malos» son los perseguidores y colaboradores. Uno puede elegir estar de un lado u otro, pero no hay punto medio. En una sociedad normal, otros factores pueden definir quién eres. Puedes ser un buen trabajador, social, tenaz, generoso, tolerante, colaborativo, amigable, etcétera.

 

Jean-Paul Sartre dijo que Francia nunca fue más libre que durante la ocupación alemana, cuando las personas no tenían más opciones que colaborar o resistirse. No estoy diciendo que hubiera algo bueno en ese sistema. Pero las personas más libres que he conocido, o de las que he oído hablar, pertenecieron a esa época. Por ejemplo, Musine Kokalari, una escritora albanesa que se atrevió a luchar por el pluralismo político y elecciones libres. Ella creó el primer partido socialdemócrata, a pesar de saber el precio tan alto que habría de pagar. Usualmente entendemos la libertad como la existencia de muchas opciones, pero ¿tener más opciones, o creer que las tenemos, realmente nos hace más libres?

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Jean-Paul Sartre

Lucia: Tu escritura se enfrenta con las ideas de feminidad y masculinidad, y tú misma a menudo escribes desde una perspectiva masculina. ¿Qué piensas sobre esa oposición binaria?

Luljeta Lleshanaku: A menudo escucho sobre literatura femenina, o sobre la feminidad en la literatura. Es una categorización de la cual no estoy segura. Quizás hay algunos elementos que distinguen las observaciones de una mujer de las de un hombre, por ejemplo, la capacidad de notar algunos detalles finos. Pero si uno esconde el nombre del autor, en la mayoría de los casos sería difícil identificar su género. Lo mismo se puede decir con respecto a los temas en la escritura de hombres y mujeres: se considera que la literatura escrita por mujeres a menudo es sentimental. Pero, si la profundidad y el intelecto se consideran características masculinas, ¿qué podríamos decir sobre escritoras como Wisława Szymborska o Emily Dickinson?

 

Cada vez que escribo desde la perspectiva de un hombre, un personaje masculino, no tengo una explicación clara de por qué. Puede ser porque mediante una voz masculina puedo satisfacer mi curiosidad sobre cómo sería pertenecer al género opuesto. Quizá pueda ser algo más subconsciente que eso, quizá me siento menos expuesta bajo la «piel» de un hombre, menos prejuzgada y más protegida.

 

Lucia: En Albania, con solo una estación televisiva, nacional, tú y otros aprendieron italiano al ver películas italianas recibidas ilegalmente por antenas. ¿Cómo se tradujeron estas imágenes después en tu poesía? ¿Qué efecto tuvo esta libertad limitada en tu escritura? 

Luljeta Lleshanaku: Siempre he sido una gran aficionada a las películas. Cuando estaba creciendo, solía ver la misma película diez veces. Iba a ver televisión a la casa de mi vecino antes de que mi propia familia tuviera una. En mi barrio, los niños pequeños se sentaban sobre las azoteas sin hacer nada más que posicionar las antenas para recibir los canales italianos. Así es como vi las películas de Bertolucci, Fellini, Tarkovski y algunas películas estadounidenses clásicas como Lo que el viento se llevó y Casablanca. Creo que mi primera conexión con la poesía vino de las películas. Al verlas, podía sentir el impacto y el lenguaje interminable de la imagen. Aprendí más de las películas sobre ritmo, gestos y el poder ilimitado de la expresión que de la poesía misma.

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Solaris (1972), Dir. Andrei Tarkovsky

Por supuesto, es mucho más fácil improvisar un momento vívido en el cine que en la poesía, porque la imagen habla por sí misma. Las palabras son instrumentos delicados: ¿cómo utilizarlas para que, después de leer el poema, el sabor que permanezca sea no el de las palabras mismas, sino el de un pensamiento, una situación o una realidad paralela? Si no se usan de forma apropiada, las palabras en la poesía son como los restos desagradables de la comida cuando uno termina de comer. Lo que quiero decir es que los lectores van a rechazar las palabras si no sirven para desviar su atención de sí mismos hacia otro sitio.

 

Lucia: Eres una poeta en un mundo globalizado, escribes en una lengua hablada por tan solo tres millones de personas en Albania (sin contar a los hablantes en Kosovo, Montenegro o Macedonia). ¿Qué significa esto para ti?

Luljeta Lleshanaku: Es una desgracia. Al principio no me molestaba, porque me parecía placentero compartir mis poemas con un grupo reducido de amigos y en revistas locales. Mis expectativas eran muy modestas. Pero cuando me hice más ambiciosa y empecé a escribir más, sentí como si el idioma fuera un obstáculo, una causa para el aislamiento. Cuando leo poemas en voz alta, las personas que no hablan albanés elogian el sonido del idioma, pero nunca he tomado eso como un cumplido. En mi opinión, la poesía no es un sonido y no debe ser percibida como musicalidad. Para mí, la poesía es un acto racional. Nunca escribo un poema si no estoy segura de lo que voy a decir o de lo que quiero comunicar.

 

Estoy agradecida con los traductores extranjeros que, por azar, han encontrado mis poemas y han hecho una labor tan heroica traduciéndolos de un idioma tan pequeño.

 

Lucia: ¿Cómo te sientes con respecto a tu obra traducida? ¿El cambio de idioma transforma la sustancia o sentimiento de un poema?

Luljeta Lleshanaku: Principalmente me siento afortunada, porque pertenezco a un idioma muy pequeño, y la probabilidad de llegar a las manos de editores extranjeros, especialmente de editores grandes, es muy pequeña, casi accidental. Ser traducida es la única forma de comunicarse con lectores alrededor del mundo. Mis poemas primero se tradujeron al inglés, y así es como otros editores encontraron mi obra.

 

A la vez, ser publicada en otros países e idiomas es un reto, ya que nunca se sabe cuáles son las expectativas del lector extranjero. Vengo de una cultura que estuvo aislada durante mucho tiempo; tengo mi propia historia que contar, mi propio estilo y un ángulo estético que ha sido principalmente autodidacta. Así que me pregunto, ¿Coincide esto con la curiosidad de lectores? ¿Cumplirá esto con sus expectativas?

Cada idioma tiene su propio temperamento, algunas lenguas hacen que un poema sea más dramático o triste, mientras que otras lo hacen más festivo. La traducción de mi obra al eslovaco significa mucho para mí. Checoslovaquia ha tenido una tradición literaria muy interesante, y en distintos momentos ha sido bastante vanguardista. Checoslovaquia y Albania comparten mucho en cuanto a historia y política, pero no mucho con respecto a la estética. Así que estoy entusiasmada y siento curiosidad por ver cómo mi poesía será percibida en Eslovaquia.

Cada vez que escucho uno de mis poemas en otro idioma, instintivamente me alejo un poco y los disfruto como si fuesen de alguien más. Es como admirar el envoltorio de un regalo cuando ya sabes lo que hay dentro.

 

Lucia: ¿Qué resonancias tienen la justicia e injusticia en tu obra y en tu diccionario personal? ¿Cómo lidias con la historia en tu poesía?

Luljeta Lleshanaku: Hace años yo pensaba que si una persona experimentaba injusticias en su vida eso conllevaría que ella sería justa, porque sabría qué significa ser una víctima de la injusticia. Pero ahora no estoy tan segura. Padecer la injusticia también puede hacer que una persona se vuelva peligrosa. Cargar con un sentido de venganza e ira puede hacer que una persona se victimice a sí misma. Yo fácilmente podría ser una de esas personas. Pero escribir fue lo primero que protegió a la niña dentro de mí, que me ayudó a lidiar con mis miedos, con el disgusto, el dolor, las heridas. Escribir fue el instrumento mediante el cual descubrí la belleza y el significado en medio de la miseria. Así que la poesía me protegió de mí misma.

 

Por otro lado, si la búsqueda del conocimiento nos da una razón para existir, las experiencias amargas nos ayudan a conocer el mundo a nuestro alrededor, entenderlo en un nivel más profundo. De cierto modo, una vida suave y fácil puede ser una especie de ignorancia inocente.

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*La versión original de esta entrevista se publicó en la revista Guernica.