La relectura: la gran ventaja de olvidar

The Dharma Bums

Por Aurelia Cortés Peyron

Mientras más acumulo libros sin leer, más pienso en la máxima ars longa, vita brevis. Es un recordatorio que a veces me lleva a leer parcialmente un libro, de pie, en la librería y no comprarlo. Bajo esta lógica de seleccionar las lecturas de acuerdo al tiempo que tengo en el planeta Tierra, que siempre es incierto (el otro recordatorio es memento mori), podría parecer un sinsentido la relectura. ¿Para qué “regresarse” si podemos seguir adelante con un libro desconocido?

Regresar a una lectura es una manera de constatar algo. Es un viaje hacia uno mismo, a través de los años y la memoria, en el que busco algún tipo de permanencia: al releer un libro, quiero averiguar si lo que sentí y pensé al leer ese libro sigue allí, si sus cualidades son o no intrínsecas.

Todos los lectores dicen, decimos, como una certeza sacada del I Ching, que para cada libro hay un momento. Y no la pongo en duda. Creo que no hay mejor momento que la adolescencia para leer The Catcher in the Rye (El guardián entre el centeno), de J. D. Salinger, aunque lo releí hace unos años y pasó la prueba; y que El Quijote, como bien dijo un profesor al que admiro mucho, Aurelio González, sólo puede leerse tras una decepción. Otro profesor muy querido, Federico Álvarez, siempre se refería a La Chartreuse de Parme (La cartuja de Parma), de Stendahl, como un libro de juventud y aunque nunca me animé a leerlo, intuyo que, como el de Salinger, ha de ser una narración de búsqueda y formación de la identidad, y que por eso es muy distinto leerlo a los quince años que a los treinta.

La lectura sucede en el tiempo y en eso se parece al río heracliteano. Los obsesivos experimentamos algo cercano al horror al “volver a entrar al río” porque justamente nada es igual, nada se conserva. Tuve la costumbre de escribir en diarios desde los diez años hasta los veintipocos y en algún momento se me ocurrió releerlos. Y no sólo eso: releerlos y editarlos. Mis notas marginales iban de la autocensura a la expansión de ideas, de la aprobación a la broma. Pero la sensación al final siempre era insatisfactoria, la de estar remendándome a mí misma. Esa ha sido la peor relectura hasta ahora.

Pero releer entonces, como forma de constatar o auscultar algo en el pasado, puede ser un ejercicio muy fructífero. La relectura es concebible e incluso deseable gracias a dos factores:

  1. El ser humano es una criatura de memoria limitada
  2. Nuestra atención es selectiva.

1. Nuestra memoria es limitada, por eso Funes es una monstruosidad, que sin embargo acalla la ansiedad que provoca el prospecto de ir olvidando todo hasta el propio nombre. Recordarlo todo es un anhelo muy humano y un poder sobrehumano. La ventaja de olvidar es que podemos revisitar un lugar, un libro, una historia. Hay libros, incluso, que olvidé por completo: en cambio, recuerdo el momento y el lugar en que los leí. Recuerdo que eran vacaciones, que estaba en el patio trasero, tomando el sol de invierno. Recuerdo que era un libro muy pesado que insistí en llevarme a la playa y sólo leí en el aeropuerto.

2. Hay veces, creo que todos lo hemos hecho, en que deliberadamente impostamos una mirada perdida, distracción o concentración total en la pantalla del celular cuando queremos evitar un encuentro inesperado o indeseado. Y esta táctica funciona, es verosímil, porque, de hecho, muchas veces la distracción (o la concentración) impiden que notemos a alguien entre la multitud, que nos perdamos de los detalles. “Iba distraída, pensando en mis cosas” es una coartada que no falla.

Con la lectura pasa algo similar: cada quien, o uno mismo en sus diferentes edades, fija en su memoria solo los detalles que resuenan con su experiencia, que en ese momento le parecen excéntricos, perversos, geniales, etcétera. Yo puedo recordar de una novela que la relación entre la narradora y su esposo estaba teñida por la opresión y los celos, y una amiga, que tenían buen sexo (me sucedió hace poco, platicando sobre Los ingrávidos, de Valeria Luiselli). Los escritores, además, somos aves de rapiña: recordamos lo que nos habría gustado haber escrito.

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PortadaDharmaBums

Uno de los libros que más ha marcado mi historia como lectora y escritora, pero también, simplemente, como individuo, es The Dharma Bums (Los Vagabundos del Dharma), de Jack Kerouac, que leí por primera vez en tercero de secundaria, a los catorce años, aproximadamente. Ahora, me propongo el experimento terrorífico de volver a entrar en sus aguas, y como todavía no sé si lo que me espera es una decepción, primero quiero hacer una remembranza, al estilo del poema-autobiografía de Joe Brainard (1975) I remember (Me acuerdo), para tener un sustancia de la cual asirme durante y después de la relectura.

The Dharma Bums

Recuerdo que mi conocimiento del inglés era muy básico, pero mayor que el de mis compañeros de clase, que no habían tomado inglés en la primaria. Recuerdo que me frustraba en clase con las conjugaciones y pronombres personales, y la negociación fue que yo leería un libro en inglés y haría un reporte mensual. Recuerdo que mi papá pensó que la mejor opción sería Jack Kerouac, ¿por qué no?, y me dio un libro de portada amarilla, las hojas aún más amarillentas, con un dibujo de una mujer en sandalias. Era el único de Kerouac que tenía en inglés y era fácil de seguir, lenguaje sencillo. Recuerdo que no lo terminé de leer durante el curso y me inventé toda la trama en los reportes. Recuerdo que el internet era lento, no podía usarse al mismo tiempo que el teléfono y la computadora estaba en el cuarto de mi hermano. Así que nunca lo usaba. Recuerdo el peso de las hojas de papel cebolla del diccionario Simon & Schuster de mi papá y que cuando terminé de leer The Dharma Bums el diccionario no tenía lomo. El libro también sufrió reparaciones quirúrgicas. Recuerdo que no sabía hasta qué punto era una novela autobiográfica, pero que el personaje de Japhy Ryder sí existía y era un poeta, Gary Snyder. Recuerdo que no sabía nada de geografía de Estados Unidos y sólo imaginaba montañas inconcebibles para un clima templado como el de mi país. Recuerdo que anhelaba una vida monacal, con petates en vez de sillones, té verde antes del amanecer y una estufa portátil. Recuerdo que el haiku parecía la forma más portátil de escritura.

Recuerdo que la amistad, una mezcla de hechos y palabras, era el centro emotivo del libro y también de mi vida. La amistad en mi vida era lo más cercano al enamoramiento. Que los personajes, desbordados por alguna emoción, gritaban entre las montañas. Yo también me desbordaba de emociones y a veces lloraba de gusto. Recuerdo que mi amiga R y yo, desde su azotea, imaginábamos que cada una vivía en un cerro y en vez de usar el teléfono nos comunicábamos telegráficamente, con gritos y señas, desde cada cima. ‘Se me acabó el café’ diría una; ‘yo te llevo un termo’, respondería la otra. Y eso encerraba para nosotras una idea de independencia y felicidad, de soledades acompañadas. I remember I started to write randomly in English on my diary. Recuerdo que muchas veces no entendía el slang de los años cincuenta (en ese momento, no sabía que eso era slang de los años cincuenta) pero que el sonido me iba llevando, como Huksy de trineo. Recuerdo que las metáforas de Kerouac eran divertidas, que la realidad siempre lo azoraba y a mí también. Que mis diarios se plagaron de exclamaciones e imágenes extrañas y montañas que nunca había subido, en lo que encontraba una voz propia. Que anhelaba ser un leñador o un trailero (incluso un poeta, pero hombre) en Estados Unidos, para poder pertenecer a ese mundo en extraña armonía, y no una niña de catorce años.

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Primera entrega de Aurelia Cortés Peyron de una serie de ensayos sobre relecturas de libros que la impresionaron cuando los leyó en la adolescencia. “Kill Your Darlings”, revisitas a libros importantes de la generación beat por una de nuestras autoras.