Tres distopías reales

En medio del caos, las botellas rotas en el suelo, la música muy fuerte, el cuarto cerrado sin seguro, la morena movía sus curvas llenas: —Ay, dios mío, sigue, sigue, por favor —su cara enrojecida delataba el placer y hasta las patas del sillón hacían de coro a su disfrute—. ¡Sigue! … no pares justo ahora —Silencio—. Oye, te digo que no pares. ¿Qué te pasa?, ¿ya así, de plano?, ¿cómo que te vas? Oye, regresa. Regre…— El escritor, harto de fingir heterosexualidad hasta en su escritura, terminó de cerrar el cuaderno y nunca lo volvió a abrir.

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Sunrise with Sea Monsters, de J. M. W. Turner.

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—¿Oye, mamá, qué es eso que se ve verde, que se ve como que pica y que parece que está vivo? —dijo el niño, recién llegadito de la ciudad. La mamá, horrorizada, pensó en contestar que era pasto, pero temió que si el niño ponía nombre al fenómeno, luego ya no pudiera olvidarlo.

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Storm over the Mountains, de J. M. W. Turner.

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Y que la Pelos le dice: —No mames, carnalita, hora sí te pasastes. Ya bailó Berta. ¿Te acuerdas cuando jugábamos fucho con la raza de la 52? Éramos las únicas morritas y primero nos veían cagándose de la risa hasta que los barriamos en la cancha.

Y que la Negra le contesta: —Simón, manita, pero al children tú te pasastes primero.

Frente a los ojos de diez morritos de la cuadra, ambas sangraban en plena calle, fierro aún en mano.

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Conversion, de Egon Schiele.