Erizos, zorras y gatos; encinos, lápices y lapsus.

antonio deltoro

Por Aurelia Cortés Peyron

Sobre Rumiantes y fieras de Antonio Deltoro

Vivo en el Planeta Vivo, por ahora;
la vida, por simple y pobre que sea, es la abundancia.
Antonio Deltoro

 

I

En Rumiantes y fieras, el intercambio de papeles entre depredadores y presas, el juego de la supervivencia y las transformaciones de la materia son una constante. La voz del poeta, que observa las dinámicas salvajes y domesticadas que lo rodean, me causa en algunos poemas la misma fascinación que la voz de David Attenborough en los documentales sobre vida silvestre y ecosistemas. Es una visión aguda, analítica, que sin embargo siempre se sabe parte de esa cadena. Los seres vivos que pueblan este poemario no se dividen en una taxonomía fisiológica, no se separan en reinos, sino en una categoría que le es muy cara al autor: en erizos y zorras, como dividió Isaiah Berlin a los diferentes estilos de pensamiento. Los erizos, redondos, tienen un centro para todas sus espinas: tienen certezas. Las zorras son animales huidizos y alargados: inciertos. Dice Deltoro:

Si tuviera memoria y corazón podría datar mi vida en afectos: me componen perros, libélulas, rumiantes, piedras, vecinos, parientes y gatos, no los mismos de siempre; ay, se van muriendo. Yo que comencé como erizo me he vuelto zorra, mi querido Isaiah Berlin, sin teorías y con curiosidades. (En “A modo de introducción”)

Dentro del universo doméstico están los poemas dedicados a objetos. En éstos, el autor observa y narra la vida de los objetos inertes como si fuera un explorador en el Nuevo Mundo, al menos en cuanto al asombro e ingenio. Antonio Deltoro se convierte en Magallanes en su propia sala: hay un vaso sobre la mesa, que se vuelve el destinatario de un poema (“A un vaso”):

querido vaso
que me esperas
transparente
cóncavo y limpio
hospitalario y cilíndrico
en la confianza de la mesa;

La mesa que en el poema homónimo es «un cuadrúpedo de lomo hospitalario». En “Simpatía por el lápiz”, el objeto, además, es testigo de la biografía de su dueño, un hombre que «Vive años prestados / en los pupitres / de una escuela nocturna». El lápiz se va haciendo pequeño conforme se va desgastando y acaba su «vida útil»; el hombre también se vuelve niño, encorvado, escribiendo a tropezones.

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Si en los poemas anteriores los objetos están vivos sin moverse, en otros, la vida salvaje entra a la dimensión de lo doméstico. “El regalo” es la ofrenda del gato que irrumpe no sólo en el orden de la casa, sino en otro orden que hace que aquélla nos horrorice y a la vez, nos fascine: el tlacuache, recién nacido, presa del gato y ofrecimiento, se convierte en: «un ejemplo / de morir hacia dentro, / que tomé por el rabo».

Los rumiantes, por otra parte, no son sólo las vacas con sus cuatro sub-estómagos, sino todos los que masticamos pensamientos obsesivos, preocupaciones recurrentes, que para algunos pueden ser angustiosas y a la vez satisfactorias o, simplemente, inevitables. Un tono entre el miedo y el humor negro aflora a veces, con la ayuda del verso corto y acancionado de los versos de arte menor. Mientras que el “Rumiante”, siempre atento al peligro y a la escasez, masca, entre las hierbas, su propio esqueleto, el remordimiento, en el poema del mismo nombre, es otra manera en que el personaje se desgasta: «(me muerdo con dientes / fantasmas / que invento en ojos ajenos)».

Gran parte de la relación con el mundo se establece nombrándolo. Podría pensarse que Rumiantes y fieras es un libro acerca de envejecer, especialmente en los poemas que lidian (lidian, porque es una batalla) con la memoria. Mi favorito es “Duelo”, un poema breve que reproduzco a continuación:

Le llamo encino
al pino,
al ciruelo, al álamo…

 

Talaron el encino;
en su ausencia
le digo encino
a todo árbol.

La pérdida de la memoria o más bien, el desplazamiento, decirle a una cosa el nombre de otra, como las abuelas intercambian nombres de hijos y nietos, tiene algo de volver a un estado primordial. Este poema me hace pensar en dos mundos: por un lado, pienso en el crecimiento masivo de las ciudades que nos deja con pocas piezas léxicas para armar nuestro rompecabezas. Entre avenidas y puentes a veces hay árboles, pero desconocemos sus nombres; los citadinos somos mejores para identificar la marca de un coche que para nombrar una planta, a la que sólo llamamos “planta”. Los desmemoriados, en este caso, somos todos.

El otro mundo es totalmente opuesto, es el mundo de los seres concretos. Me imagino un grupo de cazadores-recolectores que sabe reconocer el paisaje por signos particulares: el pino chueco, casi muerto, o el lugar donde el río se hace profundo. Los tres cipreses alineados. No hace falta un idioma: la diferencia es crucial, indica cuál es su territorio y cuál no, dónde se puede sobrevivir y dónde no. “Duelo” tiene algo de ambos: en ambas estrofas, la ecuación es «el árbol más árbol es el encino», sin embargo, en la segunda estrofa, esta idea se vuelve epitafio o monumento.

El nombre de los árboles es un tema recurrente en este libro. La poesía de Antonio Deltoro es arbolada. Aparece un árbol, también arquetípico, despojado de toda su arboreidad: un árbol que «sólo se adhiere al blanco / por sus letras». Pero también es una manera de asirse al mundo exterior: «(es curioso cómo depende de sus hojas el nombre de los árboles, es curioso cómo dependo de sus nombres)».

El cuerpo no se escapa de las transformaciones a las que está sometida toda la materia. “Lo blando y lo duro” habla también del deterioro, pero más físico que mental. El poeta presenta una ley que me recuerda, en parte por lo sentencioso de su uso del futuro, a los endecasílabos finales del famoso Soneto XXIII de Garcilaso: «todo lo mudará la edad ligera». «Irá brotando, / desordenadamente, / el esqueleto;», dice Deltoro, y luego: «discreparán los órganos». La vejez va dispersando la carne, lo blando, extrayendo el esqueleto, lo duro, pero la muerte es más temible porque, como en los poemas medievales, es la gran igualadora: «querrás y no querrás / entregarte al Sueño / que igualará / lo blando con lo duro».

En este libro conviven poemas de observación empírica, serena, a poemas donde el impulso inquisitivo es la fuerza principal de la lucidez; poemas narrativos que habitan personajes y personas recordadas, y poemas que quieren acercarse a la canción popular o al refrán. Conviven la luz y con las estrellas muertas. Momentos de una crudeza estoica, como la carne del antílope hendida por el león, y momentos con sentido del humor, cuando se cuela lo absurdo del simple hecho de estar vivos.

 

II

Querido Toni:

Quizá te deba decir los nombres de los árboles para que los asocies con sus hojas. Pero no sé identificar los que viven en mi colonia. También me vienen a la mente palabras sofisticadas que debo rectificar en el diccionario: forma lanceolada, venas paralelas o radiales. Quizá sea más fácil mencionar el cielo para que veas en él sus ramificaciones. Me gustan los árboles de la Plaza Washington por su enorme sombra, pero también porque estoy casi segura de que son laureles de la India (¿los trajeron de la India?). Aunque quizá haya algún hule. Me gusta poder señalar y decir «colorín», «magnolia», «araucaria». Me gusta poder decir «floripondio», «pasionaria», «bromelia». Me hace sentir como un niño dictador.

Hace no tanto caminamos por la colonia Juárez, platicando acerca de qué puede decir un poeta sobre la ciencia. O algo así. Recuerdo que pensé en mi amiga bióloga que estudia el origen de la vida y que la envidié un poquito (creo que podría escribir mejores poemas si supiera cómo funcionan las mitocondrias, cómo las aletas se convirtieron en patas). No sé si hablamos sobre gatos, pero después de leer Rumiantes y fieras siento que sí. En tu poema dices:

Pero no soy un pájaro
ni él es un tigre,
es un gato:

 

La dosis de felino
que me toca.

Justo ahora me acompaña mi gato adoptivo. Ahora es mi gato, pero en realidad “vino” con mi novio. Ellos llevan quince años juntos. Respeto su relación, pero he sido hábil para colarme, formar parte de un triángulo en el que soy la madre humana de un felino anciano. Alternadamente le decimos viejito y bebé. A veces, pantera.

He estado pensando en lo de los erizos y las zorras. No he leído el libro de Berlin. No sé si se refiere a un erizo de mar o a un erizo mamífero.

De la ciencia, me interesa sólo lo poético. Me interesan las figuras perfectas de las diatomeas y su solidez. De la química, me gustaban las relaciones binarias entre los componentes de la molécula, cuando comprendía algo de química orgánica en la preparatoria. Lo que más me gusta son las imágenes de tejidos vivos vistos bajo el microscopio. Cómo un durazno podrido se convierte en un enorme bosque desolado.

También las palabras, la retórica que los científicos usan sin darse cuenta de lo maravillosas que son sus terminologías. Por ejemplo: la “cuadratura de la lúnula”.

Me gustó mucho el final del primer poema de tu libro: «La amistad no es un club, ni un partido, ni una secta, ni incluso un techo común: es la simpatía más pura y sutil, es una curiosidad misteriosa y cordial». Es cierto. Las amistades que yo busco suelen ser las que sostiene un cordón de empatía.

Y después uno le tolera casi lo que sea a estos amigos. Que no contesten llamadas o mensajes, que cancelen a última hora, que cambien los planes, que lleguen tarde o más temprano. Porque esa curiosidad misteriosa y cordial ya nos une y no vale la pena romperla. Me imagino que si nosotros hubiéramos compartido el recreo en la primaria nos habría unido un club, pero secreto, el de los que hurgan en la tierra o acercan lentamente el dedo la antena del caracol.

Con cariño,

A

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Foto de Antonio Deltoro tomada del video Antonio Deltoro (Ciudad de México, 1947) – Correo del Libro – Educal. La portada del libro Rumiantes y fieras, de Antonio Deltoro, es tomada del sitio web de Ediciones Era.