‘Reflecciones’ sobre “Alguien vivió aquí”

alguien vivio aqui Alguien vivió aquí / Someone Lived Here, por Aurelia Cortés Peyron, traducción de Robin Myers

Por María Richardson

Permanencia y agua 

Alguien vivió aquí, el primer libro de la poeta Aurelia Cortés Peyron, publicado este año por la editorial Argonáutica, abre con pasos precisos, agraciados, cautelosos. El primer poema, ‘Funambulista’, nos invita a caminar con la voz poética en la cuerda floja. Los lectores alentamos el paso para unirnos a ese avance atento, «tarareado en línea recta». El plano físico y el lingüístico se vuelven uno. Hay que mantener la vista al frente, no perseguir «el rastro/ de las vocales y otros sonidos/ que se despeñan, pierden el hilo/ sin red que los rescate».

Esta obra de Aurelia Cortés Peyron describe huellas en el aire, huellas que no se marcan en el pasto mojado, pero también huellas más duraderas, como fósiles y fotografías. La colección orbita, como indica el título, los temas de presencia y ausencia, de permanencia vs impermanencia. Nos presenta radiografías médicas que a la vez que capturan y guardan la imagen de un ser querido, nos revelan que esa persona no vivirá aquí por mucho tiempo más.

La preocupación por la muerte en estos poemas no es tanto el miedo a no ser, a no cumplir las promesas de un bucket list, sino el miedo a que no quede eco de nuestra estancia. Pide la voz en ‘Plegarias’: «Si me debo despedir/ que surja mi despedida en la mañana/ como hierba persistente entre las losas». Nos recuerda, en ‘Consideración egocéntrica de la muerte’, que no solo perdemos el cuerpo y el gesto, sino todo lo que reunimos en vida, nuestra curaduría íntima de la experiencia: «pensar que en esa caja, esa ceniza o esos huesos/ se anularán todas las cosas que cayeron/ dentro de mis ojos».

Pero sería misleading decir que el libro se enfoca solo en la pérdida final de la muerte. La pérdida es constante en la vida; varía en magnitud y forma. El poema ‘Año Nuevo’ pide «una urna para todas las horas/ que murieron por combustión espontánea» pero sorprende luego con esta imagen: «y también las que reptaron/ bajo la tierra y como topos/ depredaron la flor por la raíz». Este twist revela una tensión esencial en el libro. No siempre es mala la pérdida. A veces celebramos o buscamos desaparecer las cosas. A veces descubrimos que las cosas que creímos borradas siguen aquí, hurtando color.

Alguien vivió aquí retrata, junto al deseo de que las cosas permanezcan, el impulso de destruirlas, de querer borrar huellas, de ser pulidos. Comienza el poema ‘Desde la ventana’:

Quise diluvios feroces
que borraran los caminos
largas horas repasados,
que borraran todos los rostros,
los dejaran suaves,
truncos, sin nombre
y en ruinas,
como ciudades olvidadas.

El elemento elegido para la destrucción es el agua. Expresa el mismo poema: «La lluvia es un incendio / más lento, / una nota sostenida». Si bien comienza el libro en el aire (y a veces nos lleva más lejos, al absoluto silencio del espacio exterior) volvemos muchas veces al agua, pues después de destruir, el agua serena. Es, dice en ‘Celacanto’: «noche y descanso para el pez de tierra».

En el agua, el movimiento, si no el tiempo mismo, transcurre lentamente. Esta calma, casi pausa, es tanto Ars Poetica (‘Poema como Parque’) como manera de vivir (‘Vocho Blanco’). Leer Alguien vivió aquí es adoptar esa velocidad, internalizar los ritmos de la voz poética, flotar y mirar cómo la luz se filtra de manera distinta en este medio.

Traducción e imagen

Entre los primeros poemas del libro se encuentran ‘Ciudad de Niebla’ y ‘Apuntes para una primera niebla’. Quienes conocemos la historia de la escritora reconocemos la ciudad como San Francisco, California. El detalle no es particularmente relevante en un libro donde, como dice Elisa Díaz, se trazan «experiencias destiladas hasta su naturaleza simbólica”, pero vale la pena notar que la escritora vivió en Estados Unidos, que es también angloparlante.

Alguien vivió aquí / Someone Lived Here es una edición bilingüe particular, pues la poeta, Aurelia Cortés Peyron, al igual que la traductora, Robin Myers, han vivido tanto en inglés como en español. Ambas aprecian a profundidad ambos idiomas, y comparten una sensibilidad poética sonora y filosófica. En este libro, intento expresar, hay una colaboración compleja entre las lenguas, aunque estén en hojas opuestas.

Sospecho, además, que los poemas en esta colección, labrados cuidadosamente en las sonoridad del español, son más traducibles que otros por ser intensamente visuales. Los poemas de Alguien vivió aquí nos invitan a ver el mundo como fotografía, película, acuarela o pintura. En ‘Liturgias’, la voz saluda a los automóviles como si estuvieran en una pieza impresionista: «Buenos días, manchas multicolor / que me rebasan / a prisa y sin convicción». 

El enfoque visual del libro se refuerza con títulos tomados de las artes plásticas (‘Retrato’, ‘Naturalezas muertas’). En inglés, fiel a la traducción de la categoría pictórica, ‘Naturalezas muertas’ se convierte en ‘Still Lives’, o vidas pausadas, vidas inmóviles. El poema hace lo que prometen ambas versiones del título: congelar el momento (las mujeres pintándose en el transporte público, las mujeres eligiendo vestidos de novia) y recordarnos que morirán.

El poemario también hace lo opuesto, da vida a las imágenes. En ‘Mapamundi’, las alas de una mariposa se vuelven ventana o pantalla. Los versos nos guían en un vuelo por paisajes imaginados como recordados, como si la memoria viviera en la imagen, en el fósil, en la fotografía.

Hacia el final del libro encontramos poemas más clásicamente ecfrásticos, referentes a obras de arte particulares (‘Suéter naranja’, ‘Exposición de caligrafía china (Huai Su)’). Entre estos últimos, se encuentra un poema que, para mi, da pie a la pregunta implícita en todo el libro: ¿cuál es el rol de la escritura en la búsqueda de la permanencia?

Aunque el poema en realidad no lo pregunta.
El poema en realidad no lo contesta.
(El poema, por cierto, se titula ‘Tinta sobre agua’).