Legibilidad cultural en este capítulo negro de Estados Unidos

Por Daniel Peña
Traducción de Efrén Ordóñez
El texto fue publicado originalmente en el blog de Plougshares el 5 de febrero de 2018

En el artículo “Buried Words” que Jiayang Fan escribió este mes para el New Yorker, la autora plantea la pregunta: ¿Qué tan literal debe ser una traducción? En el texto, Fan recuerda el caso de The Vegetarian, la primera novela escrita en coreano merecedora del premio internacional Man Booker. La autora, Han Kang, se la ofreció a la traductora Deborah Smith, quien la volcó al inglés. Luego de ganar el premio, del libro de Kan «se imprimió un tiraje veinte veces mayor al primero». Smith alcanzó el reconocimiento a escala mundial por derecho. Sin embargo, al poco tiempo, el éxito de Kang y Smith quedó «opacado por acusaciones de errores en la traducción», escribió Fan.

Fan da cuenta de cómo el HuffPost Corea desestimó la traducción. El pasado septiembre, Charles Yun, profesor y traductor coreano-americano afincado en Seúl escribió en The Los Angeles Times que la traducción de Smith es, en efecto, una reescritura total de la obra de Kang, y argumentó que su trabajo es como si alguien cambiara los textos de Raymond Carver para que sonaran como si hubieran sido escritos por Charles Dickens. La traducción de Smith, según Fan a partir de la opinión de Yun, no es “solo cuestión de precisión, sino de legibilidad cultural”. Fan reflexiona sobre el éxito de Kang y en si la libertad de su estilo, común en la narrativa coreana, habría conquistado a los lectores occidentales si Smith hubiera mantenido una traducción con menos floritura, más apegada a la prosa coreana original.

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Foto tomada de Dolce Bellezza.

Hace poco me puse a pensar en el concepto de legibilidad cultural, sobre todo cuando se trata de escribir sobre otros países, comunidades y culturas, incluso si se escribe de la propia. Pero, ¿qué significa ser culturalmente legible? Y, ¿qué significa que la legibilidad cultural se escriba sobre o desde la cultura propia? Creo que existen buenas traducciones transculturales, sólidas (mágicas incluso), y para prueba de ello basta leer el trabajo de Christina MacSweeney, Sophie Hughes, Howard Goldblatt o Efrén Ordóñez. Creo en la posibilidad de la legibilidad cultural ajena a la cultura propia.

La capacidad de leer la evolución de la cultura propia es uno de los factores que entran en juego al hablar de legibilidad cultural, para mí algo diferente a solo conocer la cronología de sucesos en su historia. En mi papel de novelista mexicoamericano me toca lidiar con la etiqueta del Chicanx. No me molesta llevarla –me parece, en todo caso, un honor–, pero siento que no tengo los méritos suficientes como para llevar ese título. Yo no arriesgué el físico durante el Movimiento chicano por los derechos civiles. Tampoco me expuse a la expulsión, encarcelamiento o a palizas a punta de macana en la preparatoria Garfield o en el estallido de las huelgas del Este de Los Ángeles. No encabecé, ni siquiera participé, en la Huelga de Delano Grape en 1965. No organicé movimientos antivietnam en el Suroeste de Estados Unidos. Mucho menos pinté murales en Boyle Heights, que son de los más hermosos del mundo.

Claro que conozco la historia de lo anterior, pero ¿podría considerarme culturalmente legible si escribo desde esos lugares y momentos? ¿Podría yo, o cualquiera de mi generación, ser culturalmente legible al crear obras que pertenezcan al canon del movimiento por los derechos civiles sin haber vivido las experiencias de aquellos que vivieron y lucharon por los derechos de los chicanos? También, ¿cómo podrían los escritores de mi generación tomar la estafeta de los escritores cuyo trabajo se gestó en el crisol de aquella lucha?

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Foto tomada de Latina Lista

Las próximas iteraciones de la literatura chicanx se sienten como un segmento de algo nuevo, no tanto como una reacción a lo chicanx, sino más bien el florecimiento de aquellas semillas en nuestro presente. Por eso, cuando leo nuestra literatura contemporánea, leo literatura cada vez más internacional, con más matices en temas de sexualidad y género, pero también cada vez más en contacto con el tejido de nuestro momento, un negro capítulo en la historia de Estados Unidos. Si nuestra literatura es reacción, me pregunto si reacciona a dicha oscuridad. Los rasgos de nuestro presente podrían cambiar de forma dramática la óptica o el género a partir del cual pudieran leerse sus obras.

Ahora, pareciera que prácticamente cada escritor o escritora proveniente de Latinoamérica con residencia en Estados Unidos (y muchos latinoamericanos que viven en sus países) tienen mucho en juego en este experimento estadounidense en su forma actual. Este podría ser el elemento unificador de un nuevo movimiento, una reivindicación radical en Estados Unidos de lo mexicoamericano, colombiano-americano, cubanoamericano o de los indocumentados para salvar a este país de sí mismo.

Esto no se alejaría mucho de las raíces del Movimiento chicano por los derechos civiles, cuyo objetivo era, básicamente, defender la dignidad de su gente. Por lo tanto, en ese sentido, supongo que existe un tejido que vincula, un puente que conecta el pasado con el presente. Me recuerda a la cita y a la traducción del poema de Gloria Anzaldúa «Borderlands/La Frontera: The New Mestiza»:

Caminante, no hay puentes, se hace puentes al andar / Voyager, there are no bridges, one builds them as one walks.