Susie Q, la de los múltiples rostros

Por Aurelia Cortés Peyron

En México, si no sabes inglés, lo inventas. Aprenderlo o manejarlo medianamente tras un curso exprés, se ha vuelto indispensable en la mente de negociantes, publicistas, educadores y más: baste recordar la iniciativa y panacea del presidente Vicente Fox de llevar computación e inglés a todos los rincones de la república (aquí me imagino unas PCs viejas, abandonadas en la bodega de una escuela en la que lo que faltan son sillas y conexión eléctrica).

Pero más allá del impacto social de aprender el idioma hegemónico de este continente, y más allá de los efectos del bilingüismo en nuestro cerebro y psique, en la relación de los mexicanos con este idioma hay que tomar en cuenta la moda y el estatus. No importa que no signifique nada en inglés, que sea un balbuceo sin concordancia sintáctica, que más parece el inicio de una improvisación poética experimental, mientras esté impreso en una sudadera en letras doradas bien grandes. Me extraña y a la vez me fascina la idea de portar así de visiblemente un sinsentido: lo siento como una traición a lo que, para mí, le da estructura a la realidad, aunque, a veces, me gusta como transgresión. En China las traducciones absurdas al inglés se han vuelto tan comunes que hay incluso libros con fotografías de los mejores momentos del “Chinglish”. Al ver las fotografías donde personas asiáticas llevan camisetas con insultos en inglés sin saberlo aparentemente, pienso si tendrá algo que ver Google Translate y sus todavía rudimentarias soluciones, o si será maldad deliberada.

No siempre fue así, sin embargo. Cuando el rock irrumpió en Estados Unidos con los falsettos de Buddy Holly y las ondulaciones de Elvis, México no quiso quedarse atrás. La estrategia fue distinta y mucho más creativa que la de la fayuca. Los músicos hicieron covers con traducciones que respetaban la melodía, el ritmo, pero casi nunca el significado literal de las canciones. En poesía, esto sería un caso de traducción libre extrema e incluso, de una reescritura.

Así, la canción de sabor folk Last Kiss, que compuso Wayne Cochran en los sesenta y que actualmente muchos conocen en la versión de Pearl Jam, pasó al español en México en las versiones de César Costa y Polo, y en Perú, en la de Los Doltons, bajo el nombre “Por qué se fue y por qué murió”, por mencionar sólo algunas. Under the Boardwalk, de The Drifters, se convirtió en “Fue en un café”, de Los Apson. Mientras que en español esta canción narra el recuerdo, culpígeno y arrepentido, de una separación: «Oh yo no sé / qué voy a hacer / su ausencia me mata y yo / no puedo volver: / fue en un café / donde yo la dejé / fue en un café / donde la abandoné», la original es sólo un paseo, un paisaje sin trama y sólo la emoción de la cercanía entre dos enamorados: «under the boardwalk / down by the sea, yeah / on a blanket with my baby / is where I’ll be. // We’d be falling in love / under the boardwalk». Lo único que une a ambas versiones, más allá de la música y la melodía, son algunas coincidencias fonéticas en la letra: sea en inglés se alarga en una nota aguda, que en español es la queja «yo no sé», que marca la pauta para las rimas en “e” al final de cada línea (algo muy parecido a lo que sucede con “Wooly Bully”, que en español es el grito absurdo en el estribillo de “Bule bule”).

Un ejemplo extremo es el cover de Juan Gabriel de Have You Ever Seen the Rain?, de Credence Clearwater Revival, llamado “Gracias al sol”, donde la frase en inglés «I wanna know» (que introduce la pregunta central de la canción en inglés) reencarna en español en «Y ahora no». La estrofa en inglés:

I want to know
Have you ever seen the rain?
I want to know
Have you ever seen the rain
Comin’ down on a sunny day?

se convierte en voz de Juan Gabriel en:

Ahora no,
no ha llovido el día de hoy,
y ahora no,
no hace frío ni hace calor:
hace buen tiempo
gracias al sol.

De esta ágil manera, se conservan todas las rimas de Credence en el sonido “o” y la luz del sol se mantiene como una especie de símbolo de esperanza o bonanza en la versión mexicana.

Encontrar las semejanzas dentro de todas las asimetrías es un ejercicio muy entretenido. “Susie Q”, de Dale Hawkins, se hizo famosa en varias versiones en inglés, por lo que hay una variedad de covers en español. Pero en este caso, cada una cuenta una historia muy distinta, habla de diferentes figuraciones de “Susie”, un nombre comodín para conquistar o reprochar a alguna mujer:

Los Apson (México):

Oh, Susie Q,
¿qué sucedió,
qué te pasó
que ya no ríes tú,
mi Susie Q?
No se te ve pasar
con ese caminar,
no se te ve cantar,
no se te ve reír,
mi Susie Q.

Los Sputniks (México):

Oh, Susie Q,
oh, Susie Q,
vete de mí,
oh, Susie Q.
No quiero verte más,
no quiero hablarte más;
no quiero verte más,
no quiero hablarte más,
oh Susie, Q…

Los Rockin’ Devils (México):

Oh, Susie Q
oh, Susie Q,
como te quiero yo,
mi Susie Q
yo te quiero a ti
tú me quieres a mí
tú me quieres a mí
y yo te quiero a ti
mi Susie Q

Y Los Yorks (Perú), con un sonido más garage, aunque con una letra igualmente primitiva:

Oh, Susie Q
oh, Susie Q,
yo soy tu amor
muy triste estoy.
Oh, Susie Q,
oh, Susie Q,
ven por favor
ven junto a mí
y comprenderás
lo que es vivir.

La práctica de traducir los éxitos como parte del valor del cover se fue descartando, quizá por una especie de pudor de ser diferentes, un afán por fundirnos con la cultura estadounidense, una vergüenza del español como idioma para la música rock y pop (¿será que terminó por ganar el imperativo «búscate una chica ye-ye que tenga mucho ritmo y que cante en inglés»?). Aun así, persiste la costumbre democratizante de traducir los títulos de las canciones: en el Club de los Beatles, de Universal Stereo, todavía se puede escuchar a Manuel Guerrero anunciar “Ella tiene un boleto para viajar”, “De vuelta a la URSS” o “Yo, mí, mío”.

Yo tengo la esperanza de algún día acudir a un establecimiento de karaoke de traducción simultánea.