Aterricé aquí

Por Isabel Zapata

Para Mariana Oliver, en complicidad

En alemán, la preposición correcta depende de si la cosa de la hablamos está o no en movimiento. Considérese ese dato al leer el texto.

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El artista Jimmie Durham se sorprendió al ver cuervos blancos cuando visitó Roma por primera vez. En su mundo, todos los cuervos eran negros. Cuando un ornitólogo le explicó que los cuervos del oeste son negros y los del este pueden ser blancos o grises, Durham, que había estado pensando en la división entre Asia y Europa, encontró en aquella clasificación la respuesta a sus cavilaciones. A los continentes no los determinaban sus estructuras sociales ni su producción cultural, la división no estaba marcada por montañas, ríos, fallas geológicas.

La frontera eran los cuervos.

Cuando leí esto en su libro «Entre el mueble y el inmueble (entre una roca y un lugar sólido)» pensé que tal vez el mundo entero pueda conocerse por sus pájaros. ¿Y si llevamos siglos buscando en el lugar equivocado? Habría que alzar la vista y mantenerla en constante movimiento para aprender a mirar los vuelos.

El idioma, por ejemplo.

Durante los años que intenté aprender alemán, me di cuenta de que hay algo que se pierde irremediablemente en las traducciones. Y no me refiero solo a las traducciones literarias, sino a la traducción que implica intentar pensar en otro idioma y acomodar en palabras extrañas ideas y emociones que están vinculados al lenguaje en que las sentimos. En el que la vivimos.

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En «La lengua de Ozdamar», uno de los ensayos del libro Aves migratorias, Mariana Oliver habla sobre una mujer turca que llega a Alemania sin boleto de regreso y debe reemplazar su lengua por el alemán. Si tanta gente empaca su vida en maletas de 23 kilos, dice, algún encanto debe tener despojarse, incluso, de la lengua madre. Aprender otro idioma te obliga, literalmente, a cambiar de ideas. Te obliga a migrar.

Pasa lo mismo con los espacios de una casa, siempre en construcción (más en un mundo como el que retrata Mariana en su libro, azotado por la guerra). A propósito de esto hay en «Koblenz» una cita de Natalia Ginzburg que me gusta mucho:

Hay algo de lo que no nos curamos, y pasarán los años y no nos curaremos nunca. Quizá tengamos una lámpara sobre la mesa y un jarrón con flores y los retratos de nuestros seres queridos, pero ya no creemos en ninguna de esas cosas, porque una vez tuvimos que abandonarlas de repente o las buscamos inútilmente entre los escombros.

Todos hemos buscado la casa inútilmente entre los escombros.

Los días previos a su muerte, por ejemplo, mi padre soñaba que había alacranes en su cuarto. Su penúltima noche la pasó en vela, despertando a mi hermana a cada rato para decirle que caían alacranes del techo, que subían por las patas de su cama, que por favor se levantara a ayudarle a matar alacranes.

En los meses que siguieron yo dejé mi vida en Nueva York y me mudé a esa casa para arreglar cuestiones familiares. Los asuntos que de lejos me parecían manejables se volvieron imposibles la mañana que escuché el primer martillazo. Demolieron mi infancia, sin metáfora. Después vendimos la casa y fue labor mía empacar en cajas de cartón la vida que había florecido en ella. Otro derrumbe. (Incluso para los que tenemos el privilegio de no vivir la guerra y su brutal aniquilación de hogares y familias, la casa es algo que se rompe, se construye y se vuelve a romper.)

Nueva definición de hogar: algo que se (re)construye todos los días.

¿Otra manera de migrar?