Variaciones sobre lo minúsculo

Por Aurelia Cortés Peyron

Todo lo pequeño, en especial lo que es más chico que lo que representa, como las miniaturas, ejerce una fascinación curiosa en los seres humanos. Pareciera que nuestro entorno geográfico y la medida propia de cada cuerpo rigen nuestra forma de ver el mundo y metaforizarlo. Los dioses griegos tenían la proporción de su poder: la fuerza de Neptuno se confunde con la extensión misma del mar y así sucede con muchos otros dioses que, en distintas religiones antiguas, se equiparan a los elementos naturales. Su enormidad es la de la Tierra, un mundo muy vasto y desconocido para la humanidad entonces. En escenas medievales, Dios, los santos y otras figuras divinas, pero también los miembros de la realeza, son más grandes que el resto de las figuras e incluso sobresalen entre castillos y murallas. Cuando el cuerpo humano ocupa por sí solo el lugar de la divinidad, quedan rasgos de este simbolismo, como las manos desproporcionadamente grandes del David de Miguel Ángel.

La historia de las miniaturas complementa la de la grandeza. Se necesitan animales que pasten en la lejanía para mostrar cuán extenso era un valle, un reino; aves que se pierdan entre nubes y torres para denotar su altura. Se necesitan conejitos junto al unicornio, blancos pero no fulgurantes, en los tapices, para poner en evidencia la relación de aquél con lo divino.

conejo

En las naturalezas muertas del siglo XVI lo “mínimo”, es decir, las hojas que garigolean los libros de oraciones, los insectos que sobrevuelan las flores y otras criaturas que enmarcan los preciados Libros de Horas, se vuelve central: la superficie escarchada de una uva o la pluma de un gallo son la excusa para representar el auge económico y mercantil y, al mismo tiempo, para que el artista haga gala de una técnica impecable, presuma cómo el efecto de su óleo sea indistinguible del golpe de la luz sobre la realidad. El detalle, ahora, es símbolo de lo magnánimo. En contraste con escenas sacras, retratos o paisajes, los bodegones son, a su manera, un homenaje a lo pequeño: se enfocan en la presencia inanimada de los objetos al interior de una casa, en lo que simbolizan pero también en su materialidad, para suspenderla en un tiempo eterno.

Felipe_Ramirez_Still_Life_with_Cardoon_Francolin_Grapes_and_Irises

En El jardín de las delicias, en cambio, mientras más minúscula la escena, más perversa: en las esquinas, bajo extraños artefactos, mitad caldero, mitad nave o embudo, suceden escenas pesadillescas de tortura, zoofilia y sodomía. Pareciera que en la pululación de humanos, animales, híbridos y monstruos de todos tamaños radican el caos y la locura: son un signo de un mundo en el que se ha perdido todo parámetro o jerarquía.

Lo pequeño no debe confundirse con lo humilde ni con lo breve. Las formas sintéticas en la poesía, como el haiku, no son miniaturas: no son un paisaje en un grano de arroz, sino la condensación de dicho paisaje en pocos trazos, con mucho espacio en blanco que el lector puede llenar con su interpretación. El haiku tiene más de arte abstracto: es una reducción de la realidad visible a formas, líneas, sonidos, sensaciones. El epigrama podría ser una mejor analogía para la miniatura; se parece más que el haiku a la fijación por reducir una realidad concreta a una sentencia universal, por coleccionar imanes que imiten perfectamente el brillo de unos huevos refritos sobre una cazuela de barro o una caja de cereal de Kellogg’s.

Y esta fijación no tiene nada de humilde. Este ir y venir de lo grande a lo pequeño indica que el afán miniaturista (que abunda, por ejemplo en la etapa en que los niños se percatan de los detalles y prefieren jugar con los botones de la ropa de los adultos que con muñecos que éstos les ofrecen) habla de nuestra relación con la divinidad. Orquestar la vida dentro de una casa de muñecas es organizar un universo, tener vista satelital y absoluta de éste, así como meter barcos a escala en botellas, alinear las casitas de un pueblo de porcelana o agitar la nieve sobre Central Park o el Monte Fuji en un globo de plástico es jugar a ser Dios.

leche y cereal

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