Especialistas por defecto

Por María Richardson

Les comparto este acertijo en inglés: A father and his son are in a horrible car crash. The father dies at the scene and the son is rushed to the hospital. In the operating room, the surgeon says, «I can’t operate on this boy – he’s my son!» Explain.

Va de nuevo, en español: Un señor y su hijo sufren un terrible accidente de carro. El padre muere y el hijo, en condición grave, es llevado al hospital. En el quirófano, la persona que va a hacer la operación exclama: «No puedo operar a este niño. ¡Es mi hijo!»

¿Qué está pasando aquí?

¿Lo resolvieron? Mi impulso fue asumir que el niño tiene (o tenía, antes del  accidente) dos padres; que es hijo de una pareja del mismo sexo. Otros proponen que el niño es adoptado. Los más imaginativos sugieren que el padre en realidad no murió, o revisan las palabras para ver si ‘el padre’ puede referirse a un sacerdote. Resulta que la respuesta es más obvia: the doctor, quien está por operarlo, es la madre del niño. (Go ahead, leanlo de nuevo.)

Si, como a mí, no se les ocurrió pensar en la madre, están dentro de la mayoría. Solo el 15% de los que escucharon este acertijo como parte de un estudio de Boston University imaginaron a una cirujana. Los participantes eran, además, jóvenes: estudiantes a nivel licenciatura y niños de 7 a 17 años. Las investigadoras explican que aunque había hijas de doctoras y participantes que se identificaban a sí mismos como feministas en los grupos, la fuerza de los gender schemas, generalizaciones culturales sobre el género, vence a la experiencia personal.

Al traducir el acertijo al español tuve que evitar el sustantivo (doctora) y el artículo (la), porque hasta usando ‘especialista’ hubiera revelado el género de la cirujana. Algunos dirán que poder especificar el género nos ayuda a imaginar a más mujeres y por ende a normalizar su presencia en los quirófanos. Pero diferenciar  para buscar una mayor igualdad  tiene sus riesgos.

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En inglés, por ejemplo, se llama semantic derogation cuando en un par de términos supuestamente paralelos, uno de ellos se desliza, pierde valor. Lady y lord comenzaron siendo equivalentes, pero ¿quién ha visto un baño de restorán marcado ‘Lord’s Room‘? También está el ejemplo de governor, que gobierna sobre un pueblo entero, y governess, institutriz, que tiene una esfera de influencia menos amplia. O en un caso más dramático, que enfatiza el prejuicio sexual del lenguaje, consideremos la distancia entre master, el experto, y mistress, la amante.

Hay palabras que permanecen diferenciadas en inglés sin necesariamente cambiar de significado, pero es tan común la devaluación que yo prefiero evitarlas. Opto por llamar a mis amigas en el medio de actuación actors y no actresses porque no quisiera que me llamen poetess (o poetisa).

En español, muchas de nuestras palabras en femenino difieren del masculino solo en una vocal. Decimos la doctora, no la doctorisa. Pero hasta en palabras cercanas hallamos distintas asociaciones. Si yo hablo de un cocinero, no es inusual pensar en un chef, mientras que una cocinera nos lleva a recordar la cocina de una casa o cafetería.

Incluso cuando hombres y mujeres comparten el mismo título, como es más común en inglés, se evidencia el prejuicio al revelarse la identidad de género del portador. Un artículo en The Economist habla sobre un estudio reciente que muestra cómo se juzga con mayor severidad a a cirujanas que a cirujanos en Estados Unidos, aunque ambos lleven el título de surgeon. No basta, entonces, neutralizar el lenguaje para lograr asociaciones y actitudes equitativas.

Hace un par de semanas, en este mismo blog, Aurelia habló sobre distintos casos históricos en que mujeres se han disfrazado de hombres para poder acceder a ciertas esferas de poder, o para ser tomadas ‘en serio’. Quizá hoy en día nadie le diga a una escritora, como le dijeron a Charlotte Bronte, «Literature cannot be the business of a woman’s life, and it ought not to be», forzándola a ella y a sus hermanas a adoptar seudónimos masculinos. Aunque tenemos el caso reciente de la autora de Harry Potter, JK Rowling, a quien le dijeron que no firmara con su nombre completo (Joanna) y se inventara una segunda inicial (K) para que los niños (en masculino, específicamente) la leyeran. El nombre JK permitió a los primeros lectores imaginar a la autora como hombre, porque un libro escrito por un hombre puede ser leído por niñas y niños, pero un libro escrito por una mujer es un libro para niñas.

Tendría que documentarme más para entender la evolución de las actividades asociadas con lo masculino y femenino, pero es fácil ver, en la experiencia diaria cómo actividades tradicionalmente femeninas tienen un menor estatus. Es más común que niñas quieran participar en actividades tradicionalmente masculinas, como el fútbol, a que niños busquen participar en actividades típicamente femeninas, como el ballet. Y sigue siendo motivo de broma que un hombre tenga vocación de enfermero.

A mí me impacta reconocer (o traer a mayor conciencia) que no es necesario tener un nombre obviamente masculino para que otros asuman que eres hombre. No tengo que fingir ser Mario Richardson. Con solo llamarme M. Richardson y hablar con cierta autoridad, seguramente recibiría correos dirigidos al ‘Estimado señor Richardson’. El especialista por defecto es hombre. El humano por defecto es hombre. ¿Será que el escritor por defecto es hombre? (De acuerdo con la RAE, tanto mujeres como hombres debemos identificarnos con el ‘masculino gramatical’, pero dudo que la realidad apoye esa suposición.)

Estas semanas he estado más atenta a lo que asumo cuando leo un artículo sin saber el nombre de la/el periodista (o cuando un artículo está firmado “la redacción”). Muchas veces me freno a medio texto y, si no hay detalles personales en la narrativa, caigo en cuenta que tengo la voz de un hombre en mente.

¿Qué hacemos, entonces, si estamos todos contagiados de estos esquemas? Las autores del estudio de BU dicen que un buen comienzo es simplemente reconocer nuestros prejuicios, para no actuar sin antes considerarlos. También me parece sensata la recomendación de buscar leer una mayor diversidad de voces (sano ejercicio en cualquier contexto).

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Para atacar al problema de raíz, claro, habría que buscar mayor representación de género en todos los ámbitos. Si algo nos indica el inglés es que simplemente decir the senator, aunque haya ejemplos excelentes de senadoras poderosas, no cambia lo suficiente nuestra asociación, cuando es tan abrumadora la mayoría de hombres en política (como las fotografías de la campaña #MoreWomen demuestran).

Para cerrar, dejo aquí otro ejercicio (que es también un experimento de incantación, pero ese es otro tema). Lee la siguiente frase en silencio, en tu propia voz:

Tengo buenas noticias.

Ahora en voz de alguien a quien le tienes cariño:

Tengo buenas noticias.

Now imagine it in the voice of a doctor.

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