Los títulos: clave, etiqueta, adorno, mecanismo.

Por Aurelia Cortés Peyron

Elegir un título es un proceso misterioso. Es cierto que hay reglas básicas que se hacen explícitas en las clases de redacción: el título debe contener y delimitar el tema principal; los seminarios de tesis: el título debe expresar el objetivo general de la investigación; o en espacios publicitarios: el título debe ser llamativo, fácil de retener, contener palabras clave, preguntas, instrucciones. En la obra literaria, sin embargo, se trata de una decisión personal, subjetiva, en la que solo a veces intervienen los editores (que normalmente lo hacen para asegurarse de la venta de los ejemplares ante un título peligrosamente complicado o aburrido). Cuando no es así, el autor está solo ante su obra. Puede ser que desde el comienzo le haya puesto un nombre provisional, como a una mascota que aún no sabe si va adoptar permanentemente, que esté esperando el momento en que el título se le “revele” o simplemente surja de una de las frases o versos que todavía no ha escrito. Puede ser que tenga el nombre desde el principio o que esté esperando a poner el punto final. Hemingway menciona en entrevista con George Plimpton que al terminar un cuento o libro hace una lista de títulos posibles, «a veces son más de cien. Después empiezo a eliminarlos […] más de una vez los eliminé a todos».

La comparación entre un libro y un hijo cada vez me parece más injusta; sé lo arduo que es terminar un libro, sin embargo, aunque no he vivido en carne propia un parto, no es difícil darse cuenta de que las consecuencias, para la madre y para el hijo, son mucho mayores y más permanentes que la creación de una obra. No compararía jamás el dolor del parto con el de la dificultad del escritor; de esta analogía tan manida, lo que me interesa es el bautizo. Las veces que uno escucha: «no quiero pensar en el nombre desde ahora, lo voy a saber cuando lo vea» o «habíamos pensado ponerle [el nombre de su abuela], pero no tiene cara de Ana», etcétera, se equilibran con las certezas de quienes saben los nombres de sus hijos incluso antes de saber si realmente quieren o podrán tenerlos. Creo que ambos casos aplican al bautizo de los libros.

Virginia Woolf, por ejemplo, tituló The Moths al libro que después sería The Waves, planeando una escena en la que las polillas entraran por la ventana como símbolo de algo más, quizá la arbitrariedad de la vida, como expresa en su diario: «the contrast might be something of this sort: she might talk, or think, about the age of the earth: the death of humanity: then moths keep on comimg» (sábado 18 de junio de 1927). Pero después un detalle lógico derrumbó el simbolismo: «Moths, I suddenly remember, don’t fly by day. And there can’t be a lighted candle. Altogether, the shape of the book wants considering» (lunes 16 de septiembre de 1929); después de que decidiera compactar algunas secciones y darle mayor fluidez a las diferentes voces, The Waves se convirtió en el único título adecuado: «Suppose I could run all the scenes together more? By rhythm, chiefly. So as to avoid those cuts; so as to make the blood run like a torrent from end to end» (Martes 30 de diciembre de 1930).

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A veces sólo existe el título y con sólo el título se puede hacer una micronarración, se puede aludir a una obra inexistente. Un ejemplo es el poema vacío de Don Paterson, cuyo largo título es «On Going to Meet a Zen Master in the Kyushu Mountains and Not Finding Him», un tema recurrente de la poesía china tradicional. El poema no dice nada y nos deja igualmente decepcionados que el personaje, quizá en un intento por representar que la enseñanza principal no la puede dar el maestro o en un gesto nihilista y provocador. Hay títulos tan efectivos que pareciera que siempre existieron, que no había otra manera de nombrar a la obra (The Heart is a Lonely Hunter es uno de mis favoritos, aunque al parecer iba a llamarse The Mute, o Hills Like White Elephants).

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Incluso el paso de llamarle “mi libro” a una aglomeración de páginas que se asemejan más a un edificio en construcción es difícil. “Sin título” suele ser una buena escapatoria para los que carecemos del “don”, pero también cristaliza una superstición, expresa una postura ante el acto de nombrar. “Sin título” se ajusta a una idea de anonimato, pero también puede ser un acto de resistencia: al nombrar algo, lo delimito y puedo coartar su existencia si ésta todavía es tentativa. Detrás de esta decisión está la misma lógica por la que algunos evitan dar una buena noticia hasta que no sea algo seguro o anunciar un embarazo (vuelvo al ámbito de la obstetricia) antes del primer trimestre. Colocar en la posición privilegiada del título un comodín o una oración vacía como “sin título” también puede ser una forma de dirigir la atención del lector al cuerpo del texto, diluir la jerarquía  o bien, dejarlo encontrar por sí solo un título.

Claro que puede haber un grupo de amigos-lectores que, desde fuera, puedan sugerir un mejor título. Es el caso del título tentativo de The Waste Land, He Do the Police in Diffrerent Voices, que T. S. Eliot tomó de un diálogo de Charles Dickens y que se refiere a la voz coral de su famoso poema. Me pregunto cómo habría cambiado su lectura a través de las generaciones (o si habría cambiado) con ese título.

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Los títulos pueden revelar todo (A Good Man is Hard to Find) o casi nada, ser obscuros y periféricos, como si estuvieran allí para demostrar su imposibilidad de contener el texto. Pueden ser una clave intertextual, una indicación de cómo debe leerse la obra, o pueden ser un chiste. Para mí pocas veces son el inicio o motor de un poema, suelen ser más un accesorio y una manera en que los puedo distinguir entre mis documentos o en lecturas en voz alta. Los pienso incluso como una cortesía con el lector, una invitación a un mundo que para mí podría permanecer innombrado.