2666 y el futuro de la novela

Por Isabel Zapata

Una novela es un ser brumoso: al acercarnos a ella, los límites de su definición titubean y surge de inmediato un ejemplo que contradiga lo que estábamos pensando. ¿Es necesariamente una obra de ficción? ¿Importa que haya personajes, un contexto, cierto tipo de trama o argumento? ¿Requiere una extensión mínima? ¿Debe estar, en algún sentido, en concordancia con el mundo real, retratar experiencias? En caso de que sí, ¿qué tipo de experiencias?

En su célebre Introducción a la novela inglesa, Terry Eagleton define la novela, justamente, como el género que se resiste a la definición exacta, más un anti-género que un género, un caníbal que combina y pega sus piezas libremente: poesía, diálogo dramático, épica, historia, tragedia. Elegía. Lo cierto es que no hay consenso siquiera en el punto de cuál fue la primera novela escrita. Si partimos de la definición tentativa de Eagleton, «una novela es una obra en prosa de una extensión considerable»ejemplos pueden encontrarse desde la antigüedad. Sin embargo, la mayoría de los críticos coinciden en que los orígenes de la novela moderna están en los romances, poemas característicos de la tradición oral que se popularizaron en Europa en el siglo XV y cuya temática pasó de ser radicalmente personal a expansivamente social.

En realidad estas notas son un pretexto para hablar de la muerte de la novela, tantas veces anunciada (ya Julio Verne decía que sería sustituida por los diarios a principios del siglo XX), y la muerte de la novela es un pretexto para hablar de 2666, una de las novelas que más me han impactado, que más me hacen volver a ella y cuya existencia, me atrevo a decir, es evidencia del (buen) futuro del género.

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Aunque la obra póstuma del chileno ha sido alabada por la crítica internacional (Scott Esposito abunda en el tema en su Mixtape latinoamericano, publicado en esta casa editorial), también se han levantado voces que aseguran que 2666 no es una novela porque ignora las convenciones más básicas de la misma. Pero, ¿cuáles son estas características y qué tan amplios deben ser los márgenes? Si bien casi todo en 2666 difiere de la idea que uno tiene de lo que una novela “debe ser” (no tiene una trama clara y definida y salta de un momento a otro en el espacio y en el tiempo), cumple con la intención principal del género de modo radicalmente original: es una documentación imaginativa de la realidad.

2666 se trata de un grupo de críticos y su búsqueda de un extraño autor alemán. O de la vida privada de un profesor de filosofía chileno. O de los brutales asesinatos de cientos de mujeres en una ciudad de la frontera entre México y Estados Unidos. Se trata del terror, especialmente del terror: no es casualidad que haya sido escrita en una carrera contra la muerte.

roberto bolaño

De las cinco partes que la componen, “La parte de los crímenes” es la más larga y ha sido por mucho la más controversial, aquella en la que Bolaño desafía con más descaro las convenciones propias de la ficción. En su última entrevista, declaró que le hubiera gustado ser detective de homicidios, y en La parte de los crímenes” en algo se acerca a ello cuando narra durante casi 300 páginas (o acaso sea más atinado usar el verbo documenta), con el detalle propio de un reporte forense, los hallazgos de una serie de cadáveres de mujeres en la ciudad fronteriza de Santa Teresa, es decir Ciudad Juárez, en donde feminicidios así han ocurrido desde 1993 y continúan impunes hasta la fecha. En este proceso de documentación, no expresa sentimiento ni opinión alguna sobre ellos, como rechazando el privilegio que como autor tendría de imaginarlos:

A mediados de febrero, en un callejón del centro de Santa Teresa, unos basureros encontraron a otra mujer muerta. Tenía alrededor de treinta años y vestía una falda negra y una blusa blanca, escotada. Había sido asesinada a cuchilladas, aunque en el rostro y el abdomen se apreciaron las contusiones de numerosos golpes. En el bolso se halló un billete de autobús para Tucson, que salía esa mañana a las nueve y que la mujer ya no iba a tomar.

O,

Cuatro días después apareció el cadáver mutilado de Beatriz Concepción Roldán a un lado de la carretera Santa Teresa-Cananea. La causa de la muerte era una herida, presumiblemente infligida con un machete o un cuchillo de grandes dimensiones, que la había abierto en canal desde el ombligo hasta el pecho. Beatriz Concepción Roldán tenía veintidós años, medía un metro sesentaicinco, era delgada y de tez morena. Tenía el pelo largo, hasta la mitad de la espalda. Trabajaba de mesera en un establecimiento de la Madero-Norte y vivía con Evodio Cifuentes y una hermana de éste, llamada Eliana Cifuentes, aunque nadie denunció su desaparición.

El resultado es una pieza de ficción que resulta en un reflejo casi idéntico de secuencia de eventos de las “Muertas de Juárez”: no una historia ficcionalizada ni un documental de ficción, sino una documentación imaginativa de la realidad. La intención de Bolaño permanece por descifrar; Lethem por ejemplo, en una nota sobre el libro para el New York Times, compara “La parte de los crímenes” con las narraciones que hace Haruki Murakami de la atrocidades cometidas por los japoneses en Mongolia en Crónica del pájaro que da cuerda al mundo; y acaso también recuerda al Guernica de Picasso o a la violencia descrita por Cormac McCarthy en Meridiano de sangre.

La violencia no como símbolo de otra cosa: sólo significándose a sí misma.

Otra posibilidad es que la intención de Bolaño fuera llamar la atención del lector hacia la incapacidad de las autoridades para resolver los crímenes, con la repetición constante de palabras como «ignorados y olvidados», «cerrados», «archivados y sin resolver» al final de cada párrafo que describía el hallazgo de un nuevo cuerpo. La reiteración para enfatizar la impunidad. Como señala un profesor que asiste en las investigaciones: «Ser criminólogo en este país es como ser criptógrafo en el polo norte. Es como ser niño en una crujía de pedófilos. Es como ser merolico en un país de sordos. Es como ser condón en el reino de las amazonas».

El interés personal que Bolaño tenía por el tema de los feminicidios, además, se sabe por el contacto que tuvo durante años con el periodista Sergio González Rodríguez, que incluso aparece como personaje en “La parte de los crímenes”. Escritor y periodista sostuvieron una correspondencia frecuente durante largos periodos de tiempo, y González Rodríguez llegó a decir en alguna entrevista que el interés con el que el chileno se adentraba en las investigaciones era auténtica, «una pasión verdadera».

La manera que Bolaño tiene de trabajar con la realidad lo distingue de otros escritores de su generación para los que la escritura fue una manera de posicionarse políticamente, una manera de alinearse al régimen o revelarse contra él. Bolaño en cambio escribió recuentos realistas de la violencia sin necesidad de intermediarios ideológicos:

(…) en Chile los militares se comportaban como escritores y los escritores, para no ser menos, se comportaban como militares, y los políticos (de todas las tendencias) se comportaban como escritores y como militares, y los diplomáticos se comportaban como querubines cretinos, y los médicos y abogados se comportaban como ladrones, y así hubiera podido seguir hasta la náusea, inasequible al desaliento.

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En “La deshumanización del arte”, el ensayo en el que expresa su preocupación por el futuro de la novela, Ortega y Gasset propone una definición del género que me gusta mucho. Una novela es una obra literaria escrita en prosa que produce el siguiente efecto: nos encontramos sentados en nuestro sillón favorito, o en el café de confianza, justo en el momento de interrumpir la lectura pero con el libro todavía entre las manos. Hace unos segundos estábamos en Parma con Conde Mosca y la duquesa de Sanseverina, comiendo con ellos, participando de las conversaciones, viviendo sus vidas a la par. Pero de pronto estamos en este sillón, en este café, en nuestro tiempo y de inmediato las preocupaciones regresan, lentamente pero sin pausa: hay que pagar el predial, se hace tarde para llegar a la oficina, otra vez falta leche en el refrigerador.

Volvemos a las limitadas costas de nuestra existencia.

Esto es justamente lo que hace Bolaño en 2666: crear una atmósfera compleja, rica, que rodea al lector por completo. Si la novela es, como la llamó Trilling, un agente de la imaginación moral, entonces debe darnos la posibilidad de imaginar otras realidades y con ella el impulso de cuestionar la propia. Si la novela cumple con brindarnos la libertad de ver el mundo desde otro lado, entonces está más viva que nunca.

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Ahora que empieza el año, una excelente primera lectura es 2666. Da clic en este vínculo donde la puedes leer completa y limpiecita en .pdf: no hay pretexto..

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