Travestir la escritura

Por Aurelia Cortés Peyron

La incorporación de las mujeres al mundo del teatro, como actrices, fue paulatina durante los Siglos de Oro en España; en las puestas en escena de las obras de Shakespeare era inconcebible que una mujer actuara: en vez de esto, los actores jóvenes que comenzaban su carrera en el gremio se travestían para interpretar sus primeros papeles principales (y el público demostraba una enorme capacidad de suspension of disbelief). En las comedias de enredos de la época, además, era muy común que, en algún momento de la trama, la mujer se disfrazara de hombre para escaparse de su casa para cumplir alguna misión secreta o fugarse con su amante. Al parecer, el cambio de identidad de género no parecía ser tan escandaloso sobre el escenario.

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Mientras que el travestirse masculino parece más carnavalesco, el femenino siempre ha tenido algo de rebeldía y lucha. Desde Juana de Arco hasta Arya Stark, vestirse de hombre implica más libertad y protección inmediata. Implica que nadie les va a hacer preguntas incómodas ni intentar abusar de ellas, secuestrarlas o regresarlas a sus casas, como propiedad extraviada, e incluso, que las van a respetar como parte de un grupo privilegiado. Significa que las verán con otra mirada.

Muchas mujeres se hicieron pasar por hombres para entrar a la milicia, abordar un barco pirata, ser deportistas, ejercer carreras como el periodismo u ordenarse monjes. Un ejemplo que me encanta es el de la segunda mujer faraón, Hatshepsut, que fue una gran estratega. Ascendió al poder tras quedar viuda y después de su muerte, la élite poderosa trató de borrar todo registro de su reinado, aunque dejaron suficientes rastros para que los arqueólogos e historiadores reconstruyeran su legado. Hatshepsut gobernó en atuendo masculino, con el tocado y la barba postiza que distinguían a los faraones.

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El caso de Hatshepsut inevitablemente me hace pensar en uno actual: la fotografía del título universitario. Prácticamente hay que vestirse de hombre para cumplir con este requisito de titulación. Recuerdo haber ido al estudio de fotografía, vestida con una camisa prestada y saco, sin aretes, con el pelo relamido al ras de la superficie de mi cabeza. Me maquillé sólo para no parecer un extraterrestre andrógino o un ratón mojado. Se aseguraron de que no sobresaliera ni un pelo, aseguraban que eso haría que rechazaran mi trámite. Mi saco no les convencía. Se aseguraron de que hasta el último botón del cuello estuviera cerrado. Para casos de emergencia, contaban con un saco maltrecho, usado por cientos de futuras licenciadas (pero muy masculino) y un bote de gel de un kilo. El argumento es que deben distinguirse bien todos tus rasgos porque es un documento oficial muy importante. Pero creo que nadie me reconocería en esa foto.

Mi título de licenciada, sin embargo, funciona a veces como el disfraz de las mujeres que antes tuvieron que travestirse. Es una puerta abierta a algún tipo de beneficio (cada vez menos significativo, pero esa es otra historia). Alguna vez usé un seudónimo neutro para un concurso literario. El impulso era el mismo: no quería que juzgaran mi texto con la idea de que venía de una autora. Quería que me dieran el beneficio de la duda. Esconder una voz femenina es otra forma de esconder el cuerpo femenino bajo una capa holgada para huir.

Los casos de las hermanas Brönte y de Mary Ann Evans, mejor conocida por su nombre de pluma, George Eliot, son un gran ejemplo de la incidencia del género de un escritor en la recepción se su obra. No conozco la historia de la heteronimia en la literatura (quizá sea tan antigua como las máscaras del teatro griego), no obstante, me parece que los resultados se parecen a vestirse de hombre en el medio intelectual: inventar otra personalidad, con sus fallas y sus virtudes, que es una versión enrarecida de uno mismo, hiperbólica a veces, nos permite escribir, explorar temas y técnicas que no nos atreveríamos desde nuestra identidad. Ser otro es una pulsión que está detrás de muchos actos creativos. Quiero creer que muy pronto travestirse dejará de ser una necesidad para las voces femeninas y, en todo caso, será una elección, la creación de un doble.

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