Los perros del cosmos

Por Isabel Zapata

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Sarajevo Songs of Woe (2016), de Fred Kelemen, es un tríptico que contiene dos cuentos, “Balada azul para amantes” y “Rondó azul para sobrevivientes”, conectados por un eslabón documental, “Salmo azul para lobos”.

Es ese eslabón lo que me interesa, no los cuentos ni el director ni el cine.

“Salmo azul para lobos” es una pieza de video, pero también es otra cosa a la que no es posible ponerle nombre. Si me acerco a ella rodeándola (no hay otra manera), puedo decir que dura más o menos veinte minutos, que está filmada en blanco y negro y que en ella hay muchos perros parecidos entre sí que viven en las calles de Sarajevo.

Algunos heridos, seguramente todos hambrientos, caminan por la ciudad buscando comida y calor en una danza tan independiente de los ojos detrás de la cámara que parece fuera de la realidad. Como si su andar remitiera al pasado, al presente y al futuro al mismo tiempo.

(Además de los perros, aparecen un par de personas que no pronuncian palabra. No me extraña: en ese universo paralelo que es la vida nocturna de los animales, los seres humanos no tenemos nada que decir.)

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No sé de qué otro modo ponerlo: lo que me atrapa no es una película, es el mundo contenido en una película.

Quiero hablar del lenguaje del movimiento de los perros y de cómo de pronto hay momentos en los que queda muy claro que todo es reflejo de otra cosa, y esa verdad sacude tanto que uno se parte la cabeza buscando las palabras para decirla. El vaivén de esos perros hurgando entre la basura remite al movimiento de los cuerpos celestes, aunque suene a barbaridad, y remite también a algo que se agita dentro del hombre sentado en la butaca junto a la mía, un hombre al que amo y a cuyo oleaje interior me siento vinculada.

Al salir del cine, vamos al único lugar que queda abierto en la ciudad. No hablamos, o hablamos de otra cosa. ¿Cómo poner en orden lo que acabamos de ver? Pienso solamente en la Tabla Esmeralda de Trismegisto: lo que está abajo es como lo que está arriba, y lo que está arriba es como lo que está abajo, para consumar el milagro de la Unidad.

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Los perros de este salmo azul son perros comunes y corrientes: tienen cuatro patas, un hocico más o menos puntiagudo que remata en una nariz periscópica, un par de orejas que se levantan en señal de atención y un sentido del olfato en contemplación constante.

Pero también son animales esféricos, en el sentido platónico en que la esfera es el más uniforme de los cuerpos sólidos y por lo tanto una forma a la que hay que aspirar.

Son esféricos en tanto que son perfectos.

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Para Giordano Bruno, los planetas eran grandes animales de sangre caliente. Me gusta pensar que el organismo que es el mundo está contenido en el organismo que es el perro.

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La película no ha tenido estreno comercial en México y no tengo idea si pueda conseguirse en internet. Pero para ver la parte que importa no es necesaria la sala de cine.

Sal de noche a algún parque cerca de tu casa donde haya perros reunidos, callejeros o no. Descansa la mirada en ellos: considera el movimiento de sus patas traseras cuando corren sin correa, observa detenidamente a esos animales esféricos suspendidos en el espacio.

Hay una música: escúchala. Ésa también es la película.

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