Hola, existes

Por Aurelia Cortés Peyron

“Principio, desarrollo y fin” fue de las primeras cosas que se enseñaban en la clase de español, al pasar de la morfología (las piezas de Lego), a la construcción de bloques mayores (la sintaxis). Desde una edad todavía más temprana, a los niños los incitan a otras formalidades: literalmente, cuestiones de forma en la comunicación. No hablar con la boca llena es una muy recurrente, pero quiero referirme a otro elemento de la “cortesía básica”: saludar y despedirse. Saludar para abrir el canal de comunicación, iniciar un intercambio o solo al pasar, para reconocer que en ese segundo estamos en el mismo lugar, aunque nuestras trayectorias sean divergentes. Saludar por obligación o por gusto auténtico de encontrarse a un conocido, como saludan los perros en el parque. ¿Por qué es tan importante esta puntuación de la comunicación oral?

Alguna vez lo hablé en una sesión de psicoanálisis. ¿Será un afán por controlar, por conocer los límites de las cosas? ¿Será una necesidad de reconocer o ser reconocida? Creo que todos alguna vez nos hemos visto, inesperadamente, en el reflejo de algún vidrio o parabrisas y hemos tardado un instante largo y deforme en reconocernos. No es lo mismo estar preparado para encontrarse con la imagen duplicada en el espejo que ver un rostro primero familiar y, después, casi ominosamente propio, el mismo: vernos durante un instante como nos ven los demás; ver nuestro rostro descompuesto por la sorpresa es como el pellizco que se dan los personajes incrédulos en las caricaturas para asegurar que no es un sueño.

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Encontrarse así es como comenzar un párrafo in medias res (por lo demás, un recurso retórico que puede ser muy efectivo y, creo, muy explotado cinematográficamente). No a todos nos gusta esa sorpresa. Algunos, como yo, preferimos estar prevenidos. “Hola” significa: existes. El intercambio “hola, ¿cómo estás?”, “bien, ¿y tú?” tiene como subtexto: “existes”, “existo”, “¿aquí?”, “sí”.

En ese sentido, leo el poema largo de Inger Christensen, Alphabet como saludo exhaustivo, metódico y alfabético, que reconoce y nombra todos los elementos que conforman la experiencia humana, quizá para asegurarse de que están allí. El mismo hilo los ensarta, aunque sean dispares; el hilo de la letra inicial de cada palabra, que la autora usa al inicio de verso y predominantemente en cada fragmento, en orden alfabético, y el hilo menos evidente entre creación y destrucción (conforme avanza el poema, nos damos cuenta de que construye un mundo para acercarse a su destrucción a manos del ser humano, con la bomba atómica).

Para mí, esta búsqueda estructural es reconocer que el lenguaje está formado por un repertorio cerrado, finito, de grafías y sonidos, así como la vida en la Tierra resulta de la combinación de muy pocos elementos químicos, la unión en la disparidad me regresa al orden:

doves exist, dreamers, and dolls;
killers exist, and doves, and doves;
haze, dioxin, and days; days
exist, days and death; and poems
exist; poems, days, death

Sin mayúsculas ni puntos finales, los fragmentos de Alphabet se encadenan, son lo contrario a los saltos en el tiempo, los comienzos abruptos, fuera de contexto, y los finales inesperados. Es una lección cordial y está asociada a la búsqueda de una simetría u orden mayor. La autora combina el orden lineal del alfabeto con el de la sucesión de Fibonacci, la misma que subyace a la forma en que las suculentas organizan sus hojas o las piñas, sus escamas. Es lineal pero exponencial, le añade una dimensión distinta al poema, que no es la de “principio, desarrollo y fin”.

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El séptimo poema o sección comienza con una declaración: “given limits exist” que transmite calma: la calma del orden y la repetición, la que gratifica a la parte obsesivo-compulsiva que motiva subterráneamente mi firme creencia en saludar y despedirme. La prominencia del orden alfabético se va diluyendo al final, como se van separando las hojas de una planta, y la temporalidad se vuelve más elástica. La destrucción va permeando sutilmente la estructura del poema.

Si el saludo es un reconocimiento metafísico (estamos aquí y ahora), ¿el final es necesariamente un eco de la muerte? Y, en ese caso, ¿qué pasa con las personas a las que no les gusta despedirse? ¿Creen en un Más Allá en el que nos reencontraremos? Iniciar y terminar con la misma frase o verso quizá sea una forma de no despedirse. Como en “Piedra de sol”, de Octavio Paz, donde los primeros versos se repiten al final, con la misma puntuación, los dos puntos que en vez de dejar el poema “abierto” son los colmillos con los que la serpiente hiende su propia carne y recomienza:

un sauce de cristal, un chopo de agua,
un alto surtidor que el viento arquea,
un árbol bien plantado mas danzante,
un caminar de río que se curva,
avanza, retrocede, da un rodeo
y llega siempre:

El poema de Paz es, al igual que el libro de Christensen, exhaustivo, pero se distingue en que su ímpetu de abarcar espacio y tiempo le impide despedirse. También es un reconocimiento, pero al final propone una curva cíclica (el circuito del río) en vez de una espiral exponencial. En Alphabet hay constantes nacimientos y muertes, que crecen encadenados en una especie de secuencia vegetal: hay semillas, aves, migraciones, recuerdos y sueños que forman un continuum, como en esta comparación con las esporas que, en su calidad de semilla, marcan el paso del tiempo:

[…] hear the tranquil
and the undermost brown
seconds of the spores, ticking

still; perhaps they remember
how hidden we lay, how
hidden in places where

no people ever go we lay,
before we were born at last
and crept out […]

En estos dos poemas largos hay diferentes formas de saludar y despedirse, maneras de evitar el fin o prolongarlo (como en el refrán, que describe muy bien un temperamento acaso cultural, “el que mucho se despide, pocas ganas tiene de irse”). Como lectora y como escritora, no tengo una preferencia, pero considero importantes estos dos límites (hola y adiós), pues son una brújula para saber navegar cada texto.

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