La prueba de la memoria

Por Aurelia Cortés Peyron

Muerte sin fin de José Gorostiza tiene muchos momentos memorables, tanto por la profundidad de su pensamiento como por la plasticidad de su lenguaje. “Memorables” no en el sentido de “extraordinarios” o “notables”, un uso que ha desgastado el significado de la palabra, sino porque dejan una impresión casi tangible en la memoria desde la primera lectura: se convierten en un recuerdo como si se tratara de una experiencia propia.

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Así fue para mí con el verso “peces del aire altísimo”, donde la sola palabra “peces” en un contexto de “pájaros” crea un mundo alterno. Los versos “tiene el amor feroces galgos morados; / pero también sus mieses, / también sus pájaros”, sin embargo, se quedaron fijos en mi recuerdo por una razón distinta. Para mí estos versos son indisolubles de un libro que me acompañó en mis años de estudiante y me sigue acompañando: el Diccionario de retórica y poética de Helena Beristáin.

En la entrada sobre la metáfora, los galgos morados de Gorostiza ejemplifican la metáfora in absentia, la que tradicionalmente se considera como “metáfora real” o “metáfora pura” porque no se nota el andamiaje; como truco de mago, no se le ven los hilos. Son metáforas en las que las ecuaciones “A es como B”, del símil, o “A es B” de la metáfora in praesentia no aparecen de manera explícita. Los galgos morados no equivalen a un significado específico o, más bien, no significan una sola cosa: pueden ser los celos, la incertidumbre o la angustia; pueden ser una asociación que a mí no se me ocurre pero que otro lector pensará.

Me viene otra imagen a la mente: la del arco, la flecha, la cuerda tensa y el blanco, que explica la relación entre los dos polos (los dos objetos, seres, entidades) que entran en relación gracias a la metáfora. La cuerda se tensa gradualmente, mientras la punta de la flecha se aleja de aquélla. Mientras más tensa la cuerda, más audaz la metáfora. Mientras más audacia, mejor tino. La metáfora de la metáfora es efectiva: también la guardo en el recuerdo (no sucedió lo mismo con su autor, que podría ser Roman Jakobson, ni con el texto que la contiene).

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Ayer platicaba con una amiga poeta acerca de la costumbre de memorizar versos. Creo que requiere mucha disciplina y, aunque me gusta la idea de ser mi propia biblioteca o mi propio Kindle, en casos de aburrimiento, tengo que reconocer que me sé pocos poemas completos y me gusta guiarme caprichosamente por la prueba de la memoria: si recuerdo un poema, lo busco, lo releo y quizá me aprenda alguna parte. Sorteando el tráfico, mi amiga comenzó: “Let us go then, you and I, / when the evening is spread out against the sky / like a patient etherized upon a table”.

Ambas teníamos presente la extrañeza de la tarde comparada a un paciente anestesiado, de los primeros versos de “The Love Song of J. Alfred Prufrock“, de T. S. Eliot. Y nos emocionamos al recordar, más adelante, la niebla como un enorme perro amarillo que se restriega contra las ventanas de los edificios: “The yellow fog that rubs its back upon the window-panes, / The yellow smoke that rubs its muzzle on the window-panes”.

Más tarde, quizá como una secuela de la primera imagen, pensé en otra, igualmente fantasmagórica, de Marcel Proust: “el día de verano que descubría parecía tan muerto, tan inmemorial como una momia suntuosa y milenaria que nuestra criada despojaba cuidadosamente de toda su lencería antes de mostrarla embalsamada en su túnica de oro”.

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La comparación principal es directa, es decir, no es una metáfora, como lo muestra la estructura “tan… como…”, sin embargo, lo inesperado, lo audaz radica primero, en la personificación y luego, en la extrañeza de la escena: Francisca, la criada, retirando pacientemente las vendas, como una más de sus faenas domésticas; gracias a este contexto familiar, en el que la doncella viste y desviste a la señora, las vendas se convierten en ropa de mujer, lencería. La desnudez femenina se convierte en algo al mismo tiempo ominoso y sobrenatural: no aparecen los huesos de la momia bajo su vestimenta, sino luz pura, la “túnica de oro” que es luz solar, cadáver y piel desnuda.

Estas imágenes, sean o no in absentia, pasaron la prueba de la memoria, una prueba en la que confío porque, aunque sea poco teórica, se remite a las sensaciones como evidencia principal. Puede haber muchas razones por las cuales una metáfora funciona. Pero creo que la prueba final es si se adhiere o no a nuestro recuerdo. Mis preguntas siguen siendo múltiples: ¿el sonido es un elemento necesario para que una metáfora sea memorable? ¿es más interesante una metáfora que no define todos sus elementos? y ¿basta con la sorpresa de ver dos cosas disímiles unidas por una semejanza que sólo la observación aguda puede revelar?

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