Scott Esposito entrevista a César Aira

airaScott Esposito: Roberto Bolaño escribió «Si hay actualmente un escritor que escapa a todas las clasificaciones, ese es César Aira». Tras leer varias de tus novelas no puedo sino estar de acuerdo. Aun así, me gustaría intentar y clasificarte, así que quisiera comenzar por tu método. Se ha discutido mucho y, me parece, subyace a la gran diversidad de tu trabajo. Así que, para empezar, ¿de dónde vienen «el continuo» o «la constante huida hacia adelante»?

César Aira: Son dos cosas distintas. El continuo es una idea, o apenas una aspiración, teórica: poner en una misma línea del relato, sin interrupciones ni cortes ni diferenciación de niveles, los distintos elementos que conforman el trabajo literario: la ficción, la realidad que inspira a la ficción, la escritura, la lectura, ideologías, afectos, caprichos, temores, teorías; también el trabajo y la obra, la producción y el producto. La figura correspondiente es la cinta de Möbius. Lo encontré hecho, y me sedujo, en el libro de Deleuze sobre el cine, cuando, por ejemplo al hablar de la película Cleopatra, hace intervenir en el análisis a Shakespeare, el sistema de producción de los estudios de Hollywood, el montaje, el uso del color, el flashback, la historia romana, los divorcios de Elizabeth Taylor, la filmografía de Mankiewicz. Yo siempre había querido hacer algo así en el relato literario. En fin. Todo esto, como toda teoría, cae del lado de las intenciones, y en la literatura las intenciones no cuentan. Más que eso: creo que la literatura empieza a valer la pena cuando supera el estadio de las intenciones.

La «huida hacia delante» debería ser la actitud mental de quien quiera cabalgar el continuo. Pero me temo que tiene menos de teoría que de excusa para evitarme lo penoso del trabajo de corrección, la autocrítica, etcétera. Escribir para mí siempre ha sido la busca de la felicidad, y siendo así hay que ir rápido, recorrer la mayor distancia posible, y no frenarse con escrúpulos profesionales.

SE: Quisiera retomar tus referencias al continuo, tu noción de «la producción» y «el producto», ya que veo que tus libros frecuentemente giran en torno a un proyecto inacabado, o inacabable. Escribes en El congreso de literatura que «…el retroceso de una idea a sus condiciones de producción es la condición necesaria de su seriedad». ¿Aspiras a escribir libros que se perciben como si estuvieran constantemente en construcción?

CA: Nunca pretendí deliberadamente provocar esa impresión, pero me da gusto haberla provocado en usted. Me gusta que mis libros le hagan pensar al lector que todavía los estoy escribiendo, que las opciones siguen abiertas. La libertad que trato de preservar durante todo el proceso perdería algo si el producto final estuviera demasiado bien terminado. No es que adhiera con tanto entusiasmo a un trabajo «orientado al proceso», como se dice ahora; eso siempre está al borde del solipsismo o el narcisismo.

SE: Es verdad, tus libros a menudo le prestan poca atención al proceso. Varamo, por ejemplo, que trata sobre una obra maestra ficticia de la literatura en español que es esencialmente escrita por accidente en una sola noche por un burócrata panameño. ¿Qué libros consideras como obras maestras reales?

CA: Tendría que hacer una lista interminable, porque soy de entusiasmo fácil, y me las arreglo para que todo lo que leo, con las inevitables excepciones, termine gustándome. Creo que ahí está lo creativo de la lectura: encontrarle a cada libro su posibilidad, realizada o no, de obra maestra. Respondo a su pregunta por la negativa: nunca logré que me gustara Flaubert, seguramente por el acabado perfecto que tiene todo lo que escribió. Pero sí me gusta Bouvard y Pécuchet, seguramente porque Flaubert se murió antes de darle ese letal final cut.

SE: Es difícil que un final quede bien, pero es solo una manera de terminar un libro. ¿Cómo sabes cuándo una novela está terminada?

CA: Lo que yo escribo no son verdaderas novelas. No sé en qué género habría que clasificarlas, y no creo que tenga ninguna importancia. Yo preferiría llamarlas invenciones o ficciones. Las doy por terminadas cuando dejan de comenzar. Todo el placer está en comenzar, en la excitación y la intriga de iniciar una aventura nueva. A las pocas páginas ya se establece una rutina, se vuelve un trabajo, una obligación profesional, y me asalta el deseo furioso de empezar algo nuevo. Eso explica, creo, por qué mis libros son tan breves.

SE: Entonces, en estas invenciones o ficciones, ¿un fin verdadero no es tan importante como mantener esa sensación de excitación?

CA: Podría objetarse eso de «fin verdadero». Las buenas historias no tienen fin, o no deberían tenerlo, en tanto la función de una historia es abrirnos a lo ilimitado, al «continuará» tan prometedor y misterioso de los comics de antes. Creo que esa obligación de proveer un final es un producto de la comercialización de las historias, un modo de dejar satisfechos a los que pagaron por ellas.

SE: Nunca me he sentido cómodo con los gusanos azules gigantes al final de El congreso de literatura. Su aparición parece algo abrupta, debido a la manera en que se había ido construyendo la historia hasta ese punto. ¿Son un caso de que estuvieras acosado por este deseo de empezar un libro nuevo?

CA: No. Ahí, por excepción, creo haber hecho un buen trabajo, a conciencia. Son gusanos porque en el clonador puse una célula de la corbata de seda de Carlos Fuentes, y la seda la producen gusanos. Son azules porque la corbata era azul. Y son gigantes porque al clonador lo puse a funcionar en modo genio, que es el máximo de su potencia. O sea que la lógica del argumento no puede objetarse. Y, además, esos gusanos gigantes azules deslizándose por la ladera de las montañas son una buena imagen visual. Yo diría que ahí están las dos condiciones que trato de cumplir en lo que escribo: fidelidad al verosímil de la historia, y creación de imágenes.

SE: Quiero volver a una imagen que evocaste previamente, cabalgar el continuo. Implica una cierta ocurrencia, una espontaneidad, una apertura a las circunstancias, lo cual me parece es una de las características de tu escritura. En Un episodio en la vida del pintor viajero escribes que los dos artistas cuya historia narras tendrían que «ser muy cautos, y a la vez muy audaces». ¿El arte está en la intersección de estas dos cosas?

CA: Yo usaría otro par de palabras, que acentúan la misma oposición: razón y locura. Muchas veces me he preguntado por qué hay tan pocos escritores realmente buenos. Esa escasez no debería darse por sentada. Creo que se debe a que un escritor (un artista, en general) necesita tener al mismo tiempo dos cualidades opuestas e incompatibles: ser inteligente y razonable, y estar loco. Lo primero es necesario para aprender a escribir libros, que no es tan fácil como parece, para hacerlos publicar, y hasta para organizar su vida de modo de poder seguir escribiendo. Pero para que valga la pena tiene que haber esa chispa de locura, o al menos de rareza, de la que puede salir lo nuevo. Es muy difícil que las dos cosas se den en el mismo individuo. O es sólo inteligente y razonable, en cuyo caso escribirá convencionales libros inteligentes y razonables; o será sólo loco, y no podrá llegar a escribir. Cuando es las dos cosas superlativamente, hay un Kafka.

SE: En ese caso, ¿cuál es tu tipo de locura?

CA: Le aclaro que yo no me postulo como uno de los «realmente buenos». No podría serlo. Me falta locura. Soy desesperadamente normal y razonable. Quizás por eso, como sobrecompensación, mis libros están llenos de locura.

SE: Un tema recurrente en tu obra es la ciencia (loca o de otro tipo), y tus personajes frecuentemente conducen experimentos científicos.  Incluso ocasionalmente te has referido a ti mismo como Dr. Aira o como un científico loco. ¿Has trabajado en algún campo científico, más allá de la literatura experimental?

CA: No, nunca hice ningún trabajo científico de ninguna clase.

SE: Entonces, ¿qué es lo que la ciencia le ofrece a tu literatura?

CA: De la ciencia podría decir lo que dijo Borges de la filosofía: que para mí es «una rama de la literatura fantástica». Eso no es sólo una broma, porque lo que nos llega de la ciencia a los no científicos son palabras nada más, las que leemos en los diarios cuando se anuncia un descubrimiento, o en los libros de divulgación. Es un relato, sugerente, mágico, inverificable. Cuando leo que las partículas de los átomos giran a toda velocidad en un ciclotrón y chocan y desprenden sus fotones y neutrones…  O que una hormona de la tortuga puede modificar la forma de una orquídea… ¿No se parece a un cuento de Las Mil y Una Noches?


Este es un fragmento de una entrevista que Scott Esposito le hizo a César Aira. La entrevista completa se puede encontrar en el libro Mixtape latinoamericano/The Latin American Mixtape.

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