La culpa del sobreviviente

Por Aurelia Cortés Peyron

La culpa es un mecanismo de muchas piezas. Se desarrolla entre dos figuras o polos opuestos: el agresor y la víctima. Si lo pensamos en términos legales, el objetivo de identificar la culpa es señalar al culpable, para después determinar su crimen y las medidas necesarias para compensar la pérdida o el daño, y restablecer así el orden. Pero no todos los casos son tan claros y no todos los caminos llevan a un desenlace justo. Por ejemplo, en un desastre natural o un accidente hay víctimas, pero el lugar del agresor queda vacante. No sé si sea horror vacui lo que nos lleva a querer llenar ese espacio o un afán por encontrar un equilibrio, pero creo que éste es un impulso natural.

sismoaurelia1

La culpa y el remordimiento no son palabras intercambiables, aunque sean experiencias cercanas. Ser la única persona en salir con vida de un accidente puede condenarla a una vida de culpa en la que, sin embargo, no hay objetivamente de qué arrepentirse, como es el caso del remordimiento, pues nunca estuvo en sus manos provocar ni detener la muerte de los demás; no obstante, perduran el pensamiento obsesivo, el repaso de una cadena de decisiones que la llevaron a estar en ese lugar, la serie de situaciones que llevaron a los demás a estar en uno distinto. La suerte, desde esta perspectiva, parece ser como el petróleo: un recurso no renovable, cuya posesión forzosamente implica el despojo (la buena suerte que tuve se la estoy robando a alguien más).

La culpa del sobreviviente, un sentimiento que muchos veteranos de guerra han conocido y que agobia todavía a los sobrevivientes del tsunami en Japón (2011) entra en este espectro: tras un desastre natural, la vida parece arbitraria, para bien y para mal. El refrán de ascendencia dudosa «el hubiera no existe» es absurdo. La culpa del sobreviviente se conjuga, precisamente, en pretérito de subjuntivo. Sentir responsabilidad por un accidente letal («hubiera estado allí para ayudarlo», «me hubiera despedido de ella», «no le hubiera dado el paso», «hubiera tomado la desviación», «no hubiera salido tarde»…) es muy común y viene con mucha impotencia.

El sismo del 19 de septiembre nos dejó con un sentimiento colectivo de inutilidad. Los días inmediatamente posteriores al temblor llenamos las calles de la Ciudad de México tratando de ayudar y, en la mayoría de los casos, sólo estorbábamos. Cuando la adrenalina dejó de suministrar la energía necesaria, nos recluimos en casa, los que no habíamos quedado sin casa, y la culpa siguió aguijoneando. ¿Cómo disfrutar de cualquier cosa o simplemente descansar después de que tanta gente murió, perdió todo lo que tenía o tuvo que buscar refugio en lo que se decidía si su edificio era seguro para volver? ¿Cómo descansar con la inquietud de comprobar cuánta ayuda llegó realmente a quien la necesitaba, cuántos edificios se cayeron por negligencia y permisos chuecos, es decir, qué proporción de los daños se debió a prácticas corruptas?, ¿cuántas personas lucrarán con esto? Y la pregunta más dolorosa: ¿por qué no morí yo?

sismoaurelia2

Esta pregunta, en mi caso, no vino de un altruismo exagerado, sino de una parte muy irracional. De darme cuenta de la arbitrariedad de la vida. La otra interrogante que asedió a escritores y artistas fue: ¿de qué sirve nuestra profesión en un caso de emergencia? No podemos curar ni apuntalar ni rescatar. Podíamos, como cualquiera que tuviera un cuerpo saludable, ayudar a transportar y empacar víveres o pasarnos cubetas con escombros, y nos sentimos útiles de poderlo hacer. Pero ¿a largo plazo, a una, dos, tres semanas de la catástrofe? ¿para qué sirve escribir?

Yo me vi obligada a regresar a mi trabajo y a cumplir con un calendario establecido. La gente fue empática pero las fechas, inflexibles. Y de pronto fue como si no hubiera sucedido. Los que escribimos sólo podemos escribir, y por esa razón retomo este blog con este texto, para dirigirme tanto a los sobrevivientes con culpa, a los que ayudaron más activamente y a los que sufrieron pérdidas. Sólo puedo acompañar.

¿Para qué sirve la culpa del sobreviviente? Creo que al menos es una señal de que somos seres humanos que sienten empatía, que pueden compartir el dolor ajeno. Y también es un punto de partida para pensar en otra culpa, la culpa del privilegio, y en lo que se puede hacer desde el doble privilegio de haber sobrevivido y de contar con una profesión especializada, lo que se puede hacer con las palabras: denunciar.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s