Qué hacer durante un sismo

Por María Richardson

Foto: Marco Ugarte/Associated Press

El 19 de septiembre, al suceder la ruptura en la placa de Cocos, provocando un sismo de magnitud de 7.1 en el centro de nuestro país, yo estaba con una amiga trabajando en un café en el primer piso de un edificio en la colonia Nápoles de la Ciudad de México. La alarma sísmica sonó a la par del movimiento, las paredes crujieron y mi amiga y yo hicimos lo aprendido: en seis pasos estábamos en la calle, evitando la sombra del árbol de magnolia, alejándonos de los nudos de cables que se mecían como hamacas flojas. A una cuadra se veía una nube de humo, pero había relativa calma alrededor. Cuando dejó de temblar, siguieron las muestras típicas de lo malo y lo bueno en el mundo: una conductora impaciente esperó menos de un minuto para acelerar por la calle donde permanecíamos como estatuas, un San Bernardo sereno llegó a ofrecernos su compañía.

Volvimos a nuestro departamento, notando solo una ventana rota en el camino, y no fue hasta que llegó la tercer compañera que empezamos a entender la magnitud del evento. Ella venía en bicicleta desde la colonia Roma, testigo temprana de derrumbes y caos en la colonia y a lo largo de la avenida Insurgentes. Pronto éramos varias amigas reunidas, una al menos cuyo departamento en la Roma quedó inhabitable, y al volver la electricidad y la comunicación se comenzaron a sumar historias. Conocidos que perdieron su hogar y bienes, poblaciones enteras devastadas, derrumbes en la capital que ocuparon nuestra atención y pesadillas los siguientes días.

Después de un sismo puede hablarse, además del horror, de la respuesta ciudadana, de la colaboración que inspira un amor particular por esta ciudad y nación y sus comunidades. Puede hablarse también de la realización colectiva de la mortalidad y calcular cuántas réplicas habrán pasado en la imaginación de cada ciudadano, los cuerpos ahora sensibles a cualquier vibración. O del cansancio que pega cuando la adrenalina deja de surgir y todavía hay mucho por reconstruir.

Pero antes de ahondar en estos temas, a mí me queda como prioridad entender qué conviene hacer durante un terremoto en esta ciudad. A dónde hay que dirigir el cuerpo durante esos segundos o minutos en que tiembla la tierra para incrementar la probabilidad de seguridad y supervivencia.

Al llegar a vivir a la ciudad de México intenté informarme sobre cómo reaccionar si estaba dentro de una casa o edificio durante un sismo. Escuché algunos consejos clásicos (pararse debajo del marco de una puerta, buscar el triángulo de la vida) pero el consenso social parecía ser que, a menos de que te hubieran dicho lo opuesto en tu edificio de oficina, había que salir a la calle. La alarma sísmica anuncia el sismo con cuarenta segundos de anticipación, y en ese tiempo, si estás en un tercer piso o más abajo, tienes que salir del edificio. Y entonces aplica lo que muchos recuerdan de sus días escolares: no corro, no grito, no empujo.

La idea de salir me asustaba por varias razones. Primero porque puede pegarte el movimiento en una escalera, donde parece bastante fácil tropezarse, además de ser un área, en ciertos edificios, menos firme estructuralmente. Segundo porque afuera pueden caer los vidrios de los edificios de oficinas, y las marañas de cables no inspiran confianza. Tercero porque era precisamente lo que te decían que no hicieras en San Francisco, California, donde viví hace un par de años.

En San Francisco, el 17 de octubre, aniversario del terremoto de Loma Prieta, en la feria de protección civil, además de darte souvenirs para tu mochila de emergencia o invitarte a experimentar el movimiento de un terremoto de magnitud 9 en un simulador, repetían una y otra vez la instrucción oficial: Drop, Cover, and Hold On. Drop: te bajas al nivel del piso, para andar a gatas si necesitas desplazarte. Cover: te acercas a una mesa firme para poner al menos la cabeza y el cuello debajo de ella, o te cubres la cabeza con los brazos. Hold On: sostienes las patas de la mesa, por si el movimiento es violento.

El inglés facilita esta creación de jingles instructivos, en parte por lo conciso que es su imperativo. La traducción al español resulta algo torpe. Me agacho, me cubro, me agarro suena a conducta sexual inapropiada. Abajo, Debajo, Sostén (todo me sale malpensado). Agáchate, cúbrete, agárrate.  El Instituto Geofísico de la Escuela Politécnica Nacional de Quito lo dice un poco más respetuosamente:¡Échese al piso, cúbrase y agárrese! No sé si sea esa la instrucción oficial en Ecuador, pero sí lo es en Nueva Zelanda, y en lugares de Canadá, Japón e Italia practican esta estrategia durante sus simulacros.

Cuando Drop, Cover, and Hold On es la indicación oficial, queda claro que los peligros mayores dentro de un edificio durante un sismo son que te tire el movimiento y que te golpeen objetos al mecerse o caer. El peligro mayor no es que te caiga encima el edificio. Habrá excepciones, pero la norma no es temer que la estructura entera se colapse.

imagen1sismoComparemos esto con lo que recomiendan las autoridades de nuestra ciudad. Protección Civil de CDMX twitteó una imagen después del sismo del 7 de septiembre de este año que indica “Si escuchas la alerta sísmica, mantén la calma, cuentas con 40 seg. aproximadamente para evacuar – si te es posible- o replegarte, esto dependiendo de tu Plan Familiar “. En la página de Protección Civil de la Ciudad de México hay un video con el mismo mensaje: “Toma en cuenta que tienes 40 segundos para actuar, por lo que si en ese tiempo no puedes evacuar el inmueble, repliégate en las zonas de menor riesgo. Es peligroso que durante el sismo te encuentres en las escaleras, ya no digamos en un elevador… Una vez perceptible el sismo, no intentes salir.’ ’

Este tipo de indicación inspira confianza a medias. Dice: lo mejor es salir. Aunque si ya empezó a temblar, no salgas. Pero si lo ideal es salir, ¿no significa que quizá colapse el edificio? Entonces, deduce el ciudadano, ¿no es mejor arriesgarse a tropezarse a que te aplasten cuatro losas? Además, es la estrategia más practicada. Levante la mano quien se ha quedado a medio camino o ha comenzado el proceso de evacuación al sentirse ya el movimiento del sismo…

Dice el saber popular que esta indicación es necesaria por la manera y material de construcción en México. Que no es lo mismo que se colapse el techo en un edificio de madera que uno de concreto. Y seguro aplica a distintos poblados dependiendo de su realidad de construcción y revisión. Pero la Ciudad de México tiene, a partir del sismo del 85, estrictas normas de construcción que incluyen cálculos para que el edificio no colapse con al menos ciertos tipos de movimiento sísmico. Y hay maneras de reforzar  distintos tipos de edificios más viejos, o al menos hacer peritaje para identificar riesgos. ¿Cómo es posible, entonces, que hayan colapsado más de 40 edificios en la ciudad de México a causa de este sismo?

Yuri Cortez/Agence France-Presse — Getty Images

En el blog de Protección Civil, se lee: “El daño en estructuras puede ser causado por fenómenos naturales o también por la acción humana al darle un uso inadecuado, poner peso excesivo para el cual no estaban diseñadas, por falta de mantenimiento o por construir de manera incorrecta y sin asesoramiento técnico.” La pregunta es hasta dónde se pueden deslindar las autoridades diciendo que fue ‘fenómeno natural’ (o ‘un acto de dios’). El representante legal de la constructora del Residencial San José en la colonia Portales, donde murieron dos personas, velozmente describió al sismo como ‘inédito’, cuando parece haber sido el grave incumplimiento de la norma lo que llevó al derrumbe. En el colegio Rebsamen y en Bretaña 90 el problema parece haber sido ‘peso excesivo’ (ilícitamente agregado).

Aunque la corrupción y negligencia criminal fueron importantes actores en esta reciente tragedia, un estudio preliminar publicado por profesores y estudiantes del John A. Blume Earthquake Engineering Center de la universidad de Stanford indica que alrededor del 90% de los 44 edificios colapsados estudiados fueron construidos antes de 1985. Postula que estos edificios se colapsaron por razones o características similares a los edificios que se cayeron en el sismo de 1985. Concluye, entonces, que no ha habido suficiente evaluación de estructuras construidas pre-1985 en nuestra ciudad.

¿Qué nos queda por hacer, entonces, a los ciudadanos? Como vivimos en México, ¿hay que resignarnos a la posibilidad de que nos caiga un edificio encima? ¿Habrá que visitar solo a los amigos que viven en zonas I y II? ¿Sentirnos afortunados si podemos elegir vivir y trabajar en edificios nuevos o revisados?

Lo que me queda claro, tras mi breve búsqueda de respuestas, es que nos conviene entender, como ciudadanos, los riesgos y requisitos de distintas áreas de la ciudad, insistir en el estudio de edificios más viejos, revisar los planos e identificar las ‘zonas de seguridad’ de los edificios que más visitamos y exigir de manera sostenida que esta ciudad sea lo más segura posible para todos sus habitantes.

Por lo pronto, en cuanto a qué hacer durante un sismo, si me atrapa el movimiento dentro de un edificio y no sospecho colapso inminente (o no me queda fácil y veloz la salida), yo seguiré las instrucciones que publica la UNAM y que vienen del Centro Nacional de Comunicaciones de la Secretaría de Gobernación. En lugar de colocarse debajo de una mesa o escritorio, sugieren ponerse de espalda a un muro de carga o debajo de un marco de puerta con trabe. Comparto esto solo como ciudadana intentando hallar respuestas verificadas.

 

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