La maldición

Por Mark Haber

Traducción de Efrén Ordóñez

MI ESPOSA Y YO nos sentamos a la mesa para cenar. Últimamente mis ronquidos le han complicado el sueño, aunque no suelo roncar. De hecho, aquello era motivo de presunción cuando recién nos mudamos a vivir juntos: «Duerme como pajarito», le decía a la gente en fiestas, y yo me quedaba pensando en la analogía porque los pájaros son una especie a la que distinguimos precisamente por los sonidos que emiten. Pero bueno, son pequeños, y supongo que a eso se refería, porque además sería raro decirle a la gente que tu pareja duerme como nutria.

Anoche grabó mis ronquidos para respaldar su queja. Yo nunca dije que no le creía, sino que me costaba imaginarme roncando. Es difícil pensarse a uno mismo dormido porque el sueño nos expone, nos desnuda. Es una vuelta a la matriz.

–No reproduzcas la grabación, por favor.

–Pero quiero.

No alcancé a detenerla. Le dio play y escuchamos la marcha del ejército ruso, o japonés o alemán. No era yo. No podía ser yo. Sonaba a una sierra cortando madera o una tala de árboles. O como si una multitud enardecida pisoteara una enorme capa de mocos.

–No puede ser.

–Espera, empeora.

Llegamos a terapia de pareja porque mis ronquidos le recuerdan a los de su primer esposo. El hombre era una bestia barbuda que siempre vestía camisas a cuadros y se llevaba bastante mal con mi esposa, en principio porque él quería seguir casado y ella no.

–No sé cómo, pero se le pegaron los ronquidos de mi exesposo.

Esperaba que el terapeuta entendiera el absurdo de su alegato, pero no, porque se pone a escribir en su bloc de notas, asiente y dice que eso ya ha pasado.

–A ver…

–No es tu culpa –dice mi esposa mientras me acaricia la rodilla–, de verdad que no.

–Es cierto –dice el terapeuta–, pero es común que los hombres que nunca antes habían roncado, víctimas del estrés, hábitos recién adquiridos, relaciones laborales y otras cosas, terminen adoptando los ronquidos de personas desconocidas para ellos o también de amistades.

Pero yo no había hecho amistad con el exesposo de mi mujer. Hablamos una vez (de hecho, me limité a escuchar) y sentí que debía mediar algún intérprete. Una noche, ya tarde, el hombre se apareció borracho y alterado en el departamento. Emanaba alcohol y mala vibra. Recuerdo gritos, amenazas, promesas de violencia, una llamada a la policía y luego tres o cuatro semanas de estar alerta y de vivir con la preocupación o idea de que dentro de cada camioneta que pasaba frente al edificio iba él con la misma cruceta en mano con la que había prometido «causar dolor».

–Apenas el mes pasado –aclara el terapeuta–, atendí a un caballero que padecía un terrible caso de insomnio. Solo podía dormir con sedantes. Pues resulta que su esposa había comenzado a roncar como Einstein. Su esposo se dio cuenta mientras dormía, de forma inconsciente, luego de escucharla mascullar la teoría de la relatividad.

–Qué ridiculez. ¿Cómo pueden conocer el tipo de ronquido de Einstein? –digo.

–Testimonios.

Mi esposa saca una cinta que según ella grabó durante su primer matrimonio con el leñador gigante.

–¿Desde cuándo la tienes?

–Da igual.

Toma la grabadora del terapeuta y reproduce mis ronquidos junto con los del exmarido. Quedo paralizado. Son idénticos. Ambos pasan por un brevísimo redoble y luego bajan. Si no están bromeando, mis ronquidos tienen la misma cadencia que los del exesposo. Mismo ritmo, mismo patrón. Idénticos.

PortadaLasBarbasUSOSredes

En el centro para desórdenes del sueño nos sentamos en círculo para escuchar sobre la tortuosa relación de cada uno con el sueño. Nunca me había detenido a pensar en el sueño como tema de conversación, pero aquellas personas hablaban de eso como si fuera un problema común, un ente elusivo, abusivo, incluso subversivo. Un hombre se pone de pie y se acerca a la ventana:

–Sé que el hijo de puta me escucha en silencio. No se deja atrapar. Lo veo viéndome a través de la ventana, riéndose, me provoca… ¡vete a la mierda!

Los demás tratan de consolar al pobre tipo de ojeras –que más bien parecen producto de un puñetazo– con sus propias historias, algunas peores, otras no tanto.

Una mujer compara el sueño con una discoteca en la que ella sería la cadenera. Ahí, se hace creer a sí misma que es quien decide quién entra y sale del antro –a eso le dedica varias horas de la noche–, aunque ella entra hasta que está a punto de amanecer. Es la última en entrar. Duerme. Pero hay gente en peor estado que la cadenera del sueño: a algunos les da miedo dormir porque al hacerlo sienten como si un par de colmillos de elefante les atravesaran el estómago.

Me siento tonto al hablar de mi problema, por insignificante en comparación con los de aquellos insomnes; algunos dicen evitar (hay quienes abusan) el café y las anfetaminas, otros meditan y unos más se quedan idos frente al zumbido del televisor o suben las interminables escaleras de los rascacielos para cansarse y hacer sueño.

Una mañana de la siguiente semana me despierto y veo que mi esposa me observa sin parpadear. Por el brillo de su rostro me doy cuenta de que algo pasó.

–¿Dejé de roncar?

–No, roncaste, pero… diferente.

–¿Cómo diferente?

–Ya no sonabas como Dani (su ex).

El terapeuta dejó un mensaje en mi teléfono para decir que quería verme.

En su consultorio saca un reproductor de atrás del escritorio; esos aparatos me siguen a todos lados. La semana anterior le había pedido a mi esposa que comprara un equipo de grabación de más de mil dólares para obtener una grabación limpia, impecable, de mis ronquidos. Cubrimos las paredes de la habitación con cascarón de huevo, metimos cables en la manta eléctrica y colocamos una cámara análoga que el terapeuta recomendó alquilarle a la universidad local.

–Es necesario estudiar su nuevo ronquido –dice.

–¿En serio? No creo. Más bien pienso que usted y su negocio son una mentira.

–Me caen bien las personas escépticas.

–A mí los que respetan la privacidad del otro.

–No es tan fácil. Mire, parece que ahora sus ronquidos son similares a los de un personaje histórico importante. Debemos estudiarlo.

–¿Estudiarme?

–Le conté de usted a una amiga historiadora y se interesó de inmediato.

–¿En mis ronquidos?

–Va más allá.

–¿Más allá de mis ronquidos? ¿Qué hago ahora? ¿Me convertí en sonámbulo? Peor, ¿sonámbulo asesino?

Ríe.

–No, para nada, pero sus ronquidos…

–Quizá mis ronquidos sean míos. Míos.

–Parece que no.

Con toda confianza presiona play y escuchamos la que supongo es la grabación más reciente de mi esposa. Luego de un rato comenzamos a escuchar ronquidos y después mi voz hablando algún otro idioma.

–¿Qué es…?

–Usted. Analizamos la cinta y resulta que habla mandarín.

–¿Chino?

–Sí, una variante antigua del idioma. Parece que adoptó el ronquido de Genghis Khan.

–Genghis Khan…

–Líder de los mongoles.

–Sí sé quién es. ¿Qué dije en la grabación?

–Le ordenó a las tropas que atacaran sobre caballos sin montura. Genghis cree que así harán menos ruido.

Abre un cajón y de ahí saca otro casete que mete en el reproductor.

–Este es el ronquido de Josef Mengele.

Presiona play y escucho el suave retiemblo de, se supone, el malvado doctor que hizo experimentos con judíos en Auschwitz.

–¿Nota la tranquilidad? Así suena un hombre sin consciencia. Un imbécil de verdad. ¿Sabe quién adoptó los ronquidos de Mengele?

Me encojo de hombros.

–Una viejita de noventa años. Quedó sorprendida cuando supo a quién había canalizado a través de sus ronquidos. Sin embargo, su esposo, uno de los sobrevivientes del Holocausto, no quiso ni acercársele hasta que no hubiéramos resuelto la situación. ¿Se imagina?

Quiero quejarme, pero el terapeuta me dice que «me fue bien».

–Muchas de las víctimas de Mengele siguen vivas, o al menos sus hijos. Piénselo. A la gente no le importa qué fue de Genghis Kahn, ya pasó demasiado tiempo. De verdad, ¿quién odia ahora a Genghis Kahn?

Me irrito y empiezo a zapatear. Es un hábito recién adquirido.

–Una vez atendí a un niño que roncaba como el zar Nicolás, me presume.

Guardo silencio.

–¿Qué tal que Dios le habla a la gente en sueños? Al principio le hablaba a los hombres de frente, en persona. Sin embargo, ahora hay demasiado… ruido. ¿No es más lógico que comunique su voluntad en el lugar donde más presencia tiene? Muchos de mis colegas creen que Dios habla a través de la música de Orfeo. Todos sabemos que él es el alfarero y nosotros somos el barro. Imagine la intuición de Dios en sueños. Piense en…

Luego se pone a insistir en que pensara en cosas que no me interesan. Se me inflama la laringe. El terapeuta –no sé si es médico, profesor o especialista– llama a su secretaria.

–No sabía que tuviera secretaria.

–Medio tiempo y solamente la mitad del año. Sigue en nómina porque nos da lástima; su marido está en la cárcel por matar a sus dos hijos –se toca la cabeza con la punta de los dedos–, tontos como papas. En fin, se llama Sarah, pero aquí le decimos Ángela.

No alcanzo a preguntar por el cambio de nombre porque entra Sarah o Ángela. Es una morena robusta, vestida con falda, tacones y una blusa abierta que muestra un escote esculpido a mano en quirófano.

–Para usted los ronquidos deben ser un dialecto formal, casi tribal –dice al momento que Sarah o Ángela deja un fólder de manila sobre el escritorio–. Gracias, Eileen.

La secretaria sale del consultorio.

El sonido de la ciudad llega apagado, pero con claridad. Los cláxones de los carros llegan difuminados, pero los de la gente –gritan, braman y discuten– llegan con extraña precisión. Mi esposa llama al consultorio. El terapeuta contesta en altavoz.

–Hola, cariño –dice con buen humor, pero suena distante y tenebrosa.

–Hola –digo en voz alta–. Vuelvo a casa en una hora.

Justo cuando me pongo de pie para irme, el terapeuta le dice a mi esposa que la llamará y luego cuelga.

–La verdad es que ya es tarde. Ya envié el reporte.

–¿Reporte?

–No habrá pensado que hice todo esto sin alguien que me supervisara. Debemos pensar en nuestros benefactores: patrocinios, donaciones y demás. ¿Qué le dijo su esposa?

–Que roncaba como el demente de su exmarido.

Chasquea la lengua.

–Es apenas la punta del iceberg. Por favor, siéntese.

En cuanto vuelvo a quejarme entran unos hombres encapuchados con audífonos intrauriculares. Me inyectan.

Aquí en el centro hay arroyos que llevan agua en su punto. El pasto es tan corto que no pica y no necesita que lo poden. Una vez casi me desperté y alcancé a entrever las paredes de un cuarto blanco y un grupo de doctores con una enfermera alrededor de mi cama, riéndose todos de mí. Pero luego volví al centro, en donde dirijo a una tropa de mongoles sobre una montaña y los preparo para atacar. Mis oficiales creen que estoy loco, pero igual me son leales y, como siguen con vida, confían en mí. Los asusta mi exceso de confianza porque, además, el enemigo es mucho más numeroso. Somos apenas unas cuantas decenas contra miles de elementos del otro. Sin embargo, tengo de mi lado a Einstein, a un alemán que se nos unió ayer luego de eludir a Josef Mengele por una trinchera. Parece que sabe de números. Me dijo que estaremos bien

 

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