Notas para una traducción de segunda mano

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Por Isabel Zapata

 El concepto de texto definitivo no corresponde sino a la religión o al cansancio.

Jorge Luis Borges

Se dicen muchas cosas de la traducción de Las mil y una noches que Rafael Cansinos Assens hizo en 1954: que es de una cursilería atroz, que parece un refrito, en español pomposo y estrafalario, de la versión francesa de Mardrus; que el señor no era lo suficientemente académico ni contaba con los conocimientos de árabe que se necesitan para traducir textos literarios. Para Gerardo Deniz, el problema es que se creía poeta, «por eso los cuentos están trufados de poemitas que son para correr y no parar».

El gran escritor y erudito sevillano, como la historia lo recuerda, tradujo buena parte de la literatura universal directamente de su idioma original para don Manuel Aguilar a mediados del siglo xx. Sé que Borges le tenía gran admiración (el único «hombre de genio» que conoció, dijo, junto con el pintor y místico argentino Alejandro Xul-Solar) y uno de los principales animadores del efímero movimiento ultraísta. Por lo demás, no estoy familiarizada con su obra y desconozco hasta dónde llegaban sus conocimientos lingüísticos, pero sí sé que no hay forma humana de que hubiera dominado a la perfección los diecisiete idiomas clásicos y modernos de los que tradujo.

También sé que eso no tiene importancia.

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No conocer a fondo la lengua de una obra literaria nunca ha detenido a los escritores a aventurarse a traducirla a partir de versiones, por así decirlo, intermediarias. Según sus propias palabras, Alfonso Reyes, cuya versión de la Ilíada es una de las más célebres en español a pesar de haber quedado inconclusa a su muerte, descifraba apenas la lengua de Homero. Sin embargo, sus primeros nueve cantos, traducidos en alejandrinos y publicados en 1951, constituyeron, en palabras del filólogo Luis Arturo Guichard, «un verdadero aporte a las letras hispánicas: una traducción fiel al texto pero al mismo tiempo legible y elegante». Acaso entender el mundo del que se traduce sea más importante que dominar su lengua.

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T. S. Eliot consideraba a Ezra Pound el mayor inventor de la poesía china de nuestro siglo. Su trabajo era, más que de traslado, de interpretación: hasta los expertos en sinología que han criticado a Pound por la falta de exactitud de sus traducciones han tenido que aceptar que éstas son, en cierto sentido, extraordinarias. Wi-lim Yip, por ejemplo, tras decir que habría que expulsarlo de la Ciudad Prohibida de los estudios chinos, admitió que ninguna otra versión ha asumido una posición tan única e interesante como Cathay en la historia de las traducciones al inglés de la poesía china.

No hay contradicción: las dos cosas son ciertas a la vez porque su trabajo no tiene el afán de colocar simplemente la información de una lengua de origen en una lengua de llegada, sino de derramar un mundo en otro. Así fue que el poeta tradujo al inglés desde más trece lenguas que seguramente no conocía a la perfección.

Lo dijo Eliot Weinberger en «19 maneras de ver a Wang Wei»: las traducciones tienen con su original una relación filial. Algunas versiones obedecen y otras protestan y se revelan, como los hijos con sus padres. Por eso, para todo gran escritor, el contacto con otra cultura es una posibilidad de para ensanchar su propia obra.

Al traducir, Pound no transforma: crea.

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Octavio Paz declaró en una entrevista que consideraba algunas traducciones suyas no meras traducciones, sino recreaciones poéticas: versiones que le gustaban tanto o más que lo que él había escrito.

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Sin conocer la lengua inglesa a profundidad, Baudelaire se entregó en cuerpo y alma a traducir los relatos de Edgar Allan Poe. Tal fue su obsesión que, para Cortázar, se convirtieron en un mismo escritor desdoblado en dos personas. Según el autor de Rayuela, que tomó mucho de la versión francesa para su propia traducción al español, Baudelaire jamás falla: incluso cuando se equivoca en el sentido literal, acierta en el sentido intuitivo. Y la identificación va todavía más allá: «Si usted toma las fotos más conocidas de Poe y de Baudelaire y las pone juntas, notará el increíble parecido físico que tienen; si elimina el bigote de Poe, los dos tenían los ojos asimétricos, uno más alto que otro».

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Para entender a Rusia hay que leer a sus escritores. Esto lo supo Nicanor Parra que, entre 1963 y 1964, pasó al menos seis meses la Unión Soviética dedicado a dos proyectos: escribir una serie de poemas líricos (raro en él), reunidos en el volumen Canciones rusas, y  traducir, desde una lengua que no conocía, la obra de treinta poetas.

Inventó en español a Anna Ajmátova, Marina Tsvietáieva, Vladímir Maiakovski.

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La primera vez que leí en inglés a Wislawa Szymborska me entraron unas ganas bárbaras de aprender polaco. Quería viajar a Cracovia, escucharla hablar, saber qué campanas le sonaban por dentro a esas palabras imposibles, atravesadas de acentos por todos lados.

No aprendí polaco, pero hice una búsqueda exhaustiva de las versiones de sus poemas en inglés: al menos por acumulación podría acercarme al original. Fue en esa época que tuve el atrevimiento de traducir a Szymborska al español a partir de dichas versiones, me sentí cerca de Cansinos Assens, de Pound, de Nicanor. Seguro que todas mis traducciones fueron muy infieles al original, pero no me arrepiento. Me gusta pensarlas como seres independientes: no clones del poema del que provienen, sino parientes lejanos con los que guardan cierto parecido. Un aire de familia, nada más.

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