La persecución de los cuerpos distintos

Por Aurelia Cortés Peyron

Cuando pienso en retrospectiva en lo que aprendí en la carrera de Letras Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras, me vienen a la mente momentos de iluminadas anagnórisis (la misma palabra anagnórisis es una de ellas). Mis mejores recuerdos tienen que ver con notas marginales, momentos de reconocimiento en los que lo que se decía en esos salones se conectaba de formas extrañas con mi vida, con pensamientos que hasta antes no habían encontrado forma.

Dentro de esa marginalia, recuerdo la aclaración de la etimología de ‘monstruo’. Del latín monstrum, que significa ‘aviso’ (se entiende que proviene de los dioses), del verbo monere, advertir (que pasó por algunas transformaciones antes de llegar, por ejemplo, a nuestra palabra ‘admonición’), un monstruo, a diferencia de otras formas de presagio, es una señal de peligro y se manifiesta en una anormalidad de la naturaleza; la deformidad exterior, del cuerpo, es señal de la deformidad del alma. La palabra monstrum dio origen al verbo monstrare, del que nació el español ‘mostrar’.

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Un monstruo, entonces, es una señal explícita a la vista de que algo está mal. Como las ranas anuncian su veneno letal con sus colores vivos y contrastes dignos de un traje de buzo o un outfit para ir al gimnasio (¿qué dice eso de nuestra especie?), a través de un comportamiento, que quizá deberíamos implementar socialmente, de nombre aposematismo, los dioses mandan signos fluorescentes para anunciar lo maligno o demoniaco. Es inquietante pensar en las implicaciones de esta creencia, muy arraigada en múltiples religiones y subyacente, hasta nuestros días, a varias supersticiones. Porque, ¿quién define lo anormal?

La imaginación humana ha encontrado en la frontera entre los vivos y los muertos una tierra fértil para la monstruosidad, quizá porque llegar a este territorio muchas veces requiere un temperamento sacrílego: superar, suplantar o negar a Dios (como el joven Victor Frankenstein y, frente a la mesa quirúrgica, su creadora Mary Shelley). Este atrevimiento, que amalgama las fantasías más básicas como no morir, regresar de la muerte o resucitar a un ser querido, conlleva un castigo. Parece que, en la monstruosidad ficcional, laque colma los cuentos de hadas o la que encontramos desde mitologías muy arcaicas hubiera una especie de justicia divina o una tendencia a recuperar el orden, la simetría original. De ahí todos los príncipes y princesas atrapados en cuerpos de bestias, sapos, cisnes, pájaros vistosos; de ahí los rituales que hay que cumplir al pie de la letra para restaurarlos a su verdadero ser.

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La realidad es más cruel y caótica. La asociación entre deformidad y mal augurio, y la confusión de anormal, feo, distinto y deforme promueven comportamientos de segregación entre cuerpos. Nuestro cuerpo es nuestro conocimiento más íntimo de lo material y la experiencia corporal de cada quien es distinta. Pero los porcentajes siempre influyen en la percepción y los rasgos más «raros» siempre han inspirado creencias y supersticiones que, por desgracia, no han sido. Desde la Antigüedad un aura de peligro rodea a los pelirrojos, gemelos, enanos e individuos cuya apariencia denota alguna enfermedad. Lo paradójico es que su «extrañeza» los hace malignos y benignos simultáneamente: si para una cultura estos signos implican mala suerte, para otros son un buen augurio. La persecución de las brujas nos da un buen ejemplo de esta dinámica de rechazo y atracción: una bruja podía ser una anciana horrenda, cuyo cuerpo mostrara los estragos no sólo de la edad, sino de su pacto con el Diablo, y al mismo tiempo ser una mujer seductora, hermosa, temible por estar en control de su cuerpo y su placer.

La persecución de los cuerpos distintos (o mejor, contrastantes, disonantes) continúa. Basten dos ejemplos. En Tanzania hay un alto porcentaje de albinos, a quienes nombran con la palabra swahili zeruzeru, que significa ‘fantasma’. El nacimiento de un bebé albino es una maldición para toda su familia y sus propios padres buscan deshacerse de él o matarlo. Aunque lo mejor es mantenerlos lejos de la sociedad, también se cree que si se hace una poción con sus huesos u otras partes del cuerpo esto traerá buena suerte. Su uso en magia negra es muy común y la mutilación es un miedo que enfrenta la población albina de estas regiones. El segundo ejemplo es una práctica muy semejante: en Madagascar, entre la tribu amtambahoaka es casi obligatorio abandonar a los gemelos recién nacidos o, al menos, separarlos, porque traen la desgracia a la comunidad.

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Foto: Jacquelyn Martin, proyecto Tribe of Ghosts

La noción de que un individuo duplicado es otra manifestación de lo deforme-maligno me hace pensar en lo monstruoso como un error de dedo o un glitch; no importa que se trate del plan divino o el genoma humano, siempre hay un impulso conservador (en varios sentidos) que rechaza las desviaciones del prototipo. Abrir esta puerta conduce a un pasillo muy largo en el que los monstruos no sólo son los freaks que exhibían en las carpas de circo apenas hace un siglo; también lleva a las fronteras entre países, a las puertas de los manicomios y los asilos: los monstruos de nuestra época son los inmigrantes, los enfermos mentales, los ancianos y en general, los que no ostentan la simetría de lo bello.

Vuelvo a pensar en los cuerpos fosforescentes de las mujeres reptilianas que abundan en el gimnasio. Pienso en el reflejo de sus cuerpos perfectos en los que las cicatrices de las cirugías plásticas ya sanaron. Luego pienso en la cara verde que escandalizó a la crítica de arte en Mujer con sombrero, de Matisse (1905), un cuadro que sólo los Stein valoraron en ese tiempo; pienso en las contorsiones de los poemas de la misma Gertrude Stein. Y no logro definir, en este vaivén entre simetría y asimetría, dónde situar una voz poética moderna.

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