Adoradores del círculo

Por Aurelia Cortés Peyron

I miss the earth so much

I miss my wife

It’s lonely out in space

On such a timeless flight

 

La primera canción que me hizo llorar fue «Rocket Man» de Elton John. Iba en la primaria y mi inglés se componía apenas de cimientos (verbos básicos y las contorsiones de su sintaxis); completaba los significados con lo que me sugería el sonido de las palabras. La tristeza de la separación (todo tipo de separación o, puede ser, la separación más arquetípica y la más cercana para mí en esos años: la primera bocanada de aire, el grito que marca, supersIMG_1052ticiosamente, la entrada al mundo y el corte del cordón umbilical) estaba implícita en el estribillo «…and I think it’s gonna be a long long time». Las vibraciones de la guitarra trazaban la escenografía; se iban extendiendo hasta romperse, como me imagino que se propagan las ondas sonoras en el agua o en el aire, hasta llegar al silencio. O como va dejando su rastro lumínico un cometa en el tiempo.

Se supone que todo es silencio en el espacio exterior: estar sumergidos en el mar es lo más cercano que estaremos, nosotros los «de a pie», a ser astronautas. No obstante, no hace falta serlo para temer y desear simultáneamente la sensación de ingravidez, el vértigo de la separación paulatina de la Tierra. No hace falta ser astronauta para identificarse con la soledad del que vaga en el vacío. Hay muchos indicios terrestres de esa misma soledad y de la ansiedad de la materia que se distancia: los edificios que se hunden, los continentes que se separan, las partículas que conforman el universo y que supuestamente están en pulsación constante casi siempre nos recuerdan a otros derrumbes, cismas y traslados.

La polémica sobre la llegada del hombre a la luna, entonces, no es solamente un suceso importante en términos políticos y tecnológicos (en relación la incesante necesidad humana de ir poniendo banderitas donde el mapa sólo marcaba Terra ignota); también lo es en términos poéticos. Tengo que admitir que me enteré tarde de la teoría de conspiración en torno a esta empresa humana. Es decir, nunca cuestioné su verdad y en la infancia había pocos hechos científicos más sólidos que éste. La imagen (en mi mente aparece como una diapositiva decolorada por el sol) del «gran paso para la humanidad», que fue televisada en vivo y desde entonces ha sido reproducida millones de veces, ya tiene para mí la pátina de lo histórico; el nombre Neil Armstrong, que aparecía en todas las trivias, tenía el mismo estatus que Cristóbal Colón; y las fotografías autografiadas por la tripulación del Apollo 11 que podían pedirse por correo a la NASA formaban parte de esa documentación que solamente le suma asombro a la posibilidad de que fuera una simulación.

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La duda, la posibilidad de que sea un mito me atrae por lo que dice de nuestra relación con la luna. Por un lado, imaginar que los astronautas en la superficie lunar son sólo figuras de acción que un equipo de profesionales (o incluso, Stanley Kubrick) colocó en un montaje (yo me imagino un collage-instalación como los que hizo Joseph Cornell), un distractor muy ingenioso que reconforta al ser humano en su pequeñez, cumple sus fantasías más infantiles, como los padres recién divorciados que compensan su ausencia y alivian su culpa con regalos costosos. En otras palabras, un descreimiento que puede venir de razones políticas concretas, pero también, del respeto a una serie de «límites» humanos, a la furia de los dioses; el repudio a la soberbia o hibris que W.H. Auden expresa en su poema «Moon Landing», que publicó en el New Yorker en 1969. Este poema podría alinearse con otro deseo conspiracionista: dejar intocado el ideal: «Unsmudged, thank God, my Moon still queens the Heavens».

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Por el otro lado está el empirismo: pensar que nada es sólido si no se toca, que la luna, aunque sea inhóspita por su atmósfera y condiciones, es más humana desde que la huella de una bota de hule marcó su superficie. Si la luna ha sido un tópico literario que relacionamos con lo inalcanzable y lo incognoscible, pero también con la locura, la naturaleza desbordada y la parte animal del ser humano, ¿dónde cabrían estas dos posturas dentro del canon de las imaginaciones lunares?

Como breve ejercicio, propongo esta lista:

Llegar a la luna: finalmente tocar el cuerpo deseado.

No llegar a la luna: imaginar su realidad física.

 

Llegar a la luna: lenguaje denotativo

No llegar a la luna: lenguaje connotativo

 

Llegar a la luna: el final del viaje, «a magnificent desolation».

No llegar a la luna: el viaje es el destino.

 

Llegar a la luna: entender la esfera, las gradaciones de su sombra.

No llegar a la luna: ser adorador del círculo.

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